
La crianza de los hijos es una de las tareas más complejas para una pareja, una fuente de conflictos y problemas que, aunque inevitables, pueden afrontarse de una manera muy diferente si se trabaja en equipo.
Así lo explica el psicólogo y formador Javier de Haro, con más de 15 años de experiencia, quien subraya que sentirse respaldado por la pareja cambia por completo la perspectiva. Según el experto, muchos padres no es que “lo hagan mal, es que lo hacen agotados, y al final eso influye mucho en la crianza”.
El punto de partida es grabarse a fuego una idea: al tener hijos, la pareja se convierte en un equipo para siempre, sin importar si están recién empezada, consolidada o incluso separada. “Siempre vamos a tener una labor como equipo”, insiste De Haro.
Esto no significa que ambos deban pensar o actuar igual en todo momento. “No es necesario que seamos iguales, es necesario que seamos compatibles y que podamos coordinarnos bien”, aclara.
De hecho, los roles como el del “poli bueno y poli malo” o los diferentes estilos de los abuelos pueden ser sanos, ya que enseñan a los niños a adaptarse a distintas circunstancias y personas.
Para que la dinámica de equipo funcione, Javier de Haro propone cuatro pilares fundamentales. El primero es la humildad para saber disculparse. Reconocer los errores es clave, ya que sentir que el otro falla pero nunca pide perdón daña la confianza. El segundo pilar es el respeto mutuo, que implica buscar el momento adecuado para tomar decisiones en lugar de reaccionar instintivamente y faltar al respeto.
Los otros dos aspectos clave son la valoración y el autocuidado.
Es fundamental “reconocer lo bueno que hace el otro”, porque, según el psicólogo, “eso es como una gasolina, una energía que le va a ayudar también a afrontar lo negativo”. Finalmente, destaca la importancia del autocuidado: para ser un buen jugador de equipo, primero hay que ser un jugador que se cuida y está disponible física y emocionalmente.
Aunque lo ideal es evitar discusiones delante de los hijos, De Haro señala que es bueno que los niños vean que sus padres también se equivocan, siempre y cuando sean testigos de cómo se repara ese error. “Alguna vez por nervios, por agotamiento, yo le he gritado a mi hijo”, confiesa el experto. Lo importante, explica, es la reparación posterior: “que mi hijo pueda ver, como le digo, ‘mira, Javier, siento haberte gritado, no está bien’”.
Esta actitud enseña al niño que, cuando él se equivoque, también puede y debe rectificar.
Además de una buena actitud, ser un equipo requiere tiempo, trabajo y, sobre todo, organización. Para ello, el psicólogo propone tres ejercicios prácticos. El primero es el “claustro familiar”: una reunión mensual de 15 minutos donde cada uno expone dos o tres cosas que le cuestan para, en equipo, decidir cómo afrontarlas. Esta simple práctica ayuda a poner los problemas en común y buscar soluciones conjuntas.
Otra herramienta clave es la gestión de la corresponsabilidad real para evitar el desgaste de uno de los miembros.
De Haro recomienda usar una “lista compartida de tareas pendientes” en el móvil. Esta solución, que puede parecer una tontería, “regala tiempo” y evita que toda la carga mental recaiga sobre una sola persona, fomentando una colaboración más equitativa en las labores cotidianas.
Finalmente, el experto introduce el concepto del “semáforo emocional”, una forma de comunicar el estado anímico de cada uno. Consiste en poder decir abiertamente a la pareja: “Cariño, hoy estoy en rojo, por favor asume tú un poquito más de peso”.
Saber reconocer la propia debilidad y pedir ayuda permite que el otro miembro del equipo dé un paso al frente y asuma más carga temporalmente, demostrando así que la pareja funciona como un verdadero equipo de apoyo mutuo.













