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Las microbatallas diarias que desgastan a padres e hijos
En muchas familias, el desgaste no proviene de grandes conflictos, sino de pequeñas fricciones constantes que aparecen en las rutinas y se acumulan, marcando la convivencia. Estas tiranteces cotidianas pueden pesar más de lo que parece.
Momentos críticos del día
A lo largo del día, estas microbatallas adoptan diversas formas, pero comparten una sensación común de bloqueo. Por ejemplo, en algunas familias la tensión surge al sentarse a la mesa, complicándose por acciones como levantarse o retrasar el inicio de la comida. Una madre, Estela, de 38 años, comenta que comienza con paciencia, pero a menudo termina alzando la voz al no encontrar otra manera de reconducir la situación.
Para otros, la fricción se encuentra al finalizar actividades. David, de 39 años, padre de un niño de nueve, experimenta tensión al apagar la tableta, a pesar de establecer tiempos y avisos previos. Anticipar esta lucha diaria resulta agotador.
Lo más agotador es anticipar que cada tarde acabamos en un tira y afloja que ya sabes cómo empieza y cómo va a acabar.
David, 39 años — padre de un niño de nueve
Irene, de 44 años y madre de un niño de diez, encuentra en los deberes el principal foco de malestar, donde la frustración se instala debido a la dificultad de su hijo para concentrarse y la tensión en la comunicación.
Almudena, de 36 años y madre de dos niños, ve cómo la hora de dormir se alarga cada noche, alimentando una tirantez constante por la recurrencia diaria de pequeñas peticiones antes de acostarse.
¿Qué hay detrás de estos roces?
La psicóloga Nerea Larumbe explica que, cuando se discute diariamente por lo mismo (comer, ducharse o acostarse), confluyen varios factores emocionales. Uno común es la dificultad para diferenciar el mundo adulto del mundo infantil, donde conductas interpretadas como provocación o desobediencia son, en realidad, procesos evolutivos normales, como la dificultad para cortar el juego o tolerar la frustración.
Cuando estas situaciones se repiten sin cambios, la relación cambia. El adulto deja de ver al niño real que tiene delante y se relaciona desde lo que la situación le despierta internamente, instalándose una sensación de lucha, cansancio y desconexión emocional.
No puedo decir que se trate de problemas serios, sino de una tirantez constante que se va alimentando de la recurrencia diaria.
Almudena, 36 años — madre de dos niños
Es importante elegir las batallas y dónde se pone la energía para evitar el desgaste, permitiendo centrarse en acompañar la gestión emocional, ayudar en la regulación y sostener el proceso evolutivo del niño.
Alicia Banderas, psicóloga, resalta que a menudo se exige a los niños rapidez y eficiencia como si pudieran adaptarse a las rutinas con los mismos tiempos y expectativas que un adulto. Esto ocurre en familias donde la percepción de no llegar nunca a tiempo genera frustración en el niño.
Muchas conductas que los adultos viven como provocación, desobediencia o falta de respeto responden, en realidad, a procesos evolutivos normales: la dificultad para cortar el juego, para hacer transiciones, para tolerar la frustración o para autorregularse.
Nerea Larumbe — psicóloga
A menudo no se tienen en cuenta las necesidades de los niños, ni se percata que incorporar rutinas forma parte de un aprendizaje. En el caso de las pantallas, los padres a veces las usan como un recurso para poder hacer otras cosas, conviviendo la negociación con el establecimiento de límites y la oferta de alternativas como el juego libre.
Puede suceder que el adulto se centre más en imponer el control que en acompañar la construcción o fomentar el aprendizaje en sus hijos, llevando al niño a sentir que debe luchar por su autonomía mientras el adulto intenta imponer su autoridad.
Banderas considera que los conflictos deben abordarse desde la empatía, fortaleciendo el desarrollo del niño al reparar los desajustes en la relación y flexibilizando los límites cuando sea posible. Es importante respetar el “no” y el límite de los hijos, aprendiendo a poner límites a uno mismo.
Un gesto pequeño pero significativo que dispara las tensiones es que el adulto mire el móvil mientras el niño habla, generando una falta de conexión emocional que puede escalar microbatallas evitables y cerrar al adolescente al no sentirse escuchado.
Las fricciones frecuentes no desaparecen por completo, pero cuando dejan de vivirse como una amenaza constante, pierden peso en la dinámica familiar. A veces no es cuestión de imponerse, sino de reconocer lo que está pasando y elegir no convertirlo en otro frente más del día.













