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Claves de las destituciones en la cúpula del Ejército en China: el partido manda al fusil
Xi Jinping ha completado el ciclo iniciado en 2015 con la mayor reforma del Ejército Popular de Liberación (EPL) desde 1950. Los últimos movimientos incluyen el cese de Zhang Youxia, vicepresidente primero de la Comisión Militar Central, y Liu Zhenli, jefe del Departamento de Estado Mayor Conjunto. El objetivo principal de estas maniobras es reforzar el dominio del Partido Comunista de China (PCCh) sobre las Fuerzas Armadas.
Desde su llegada al poder en 2012, Xi Jinping ha priorizado el fortalecimiento del liderazgo del PCCh en todos los ámbitos. Inicialmente, se centró en las estructuras del Estado, eliminando cualquier debate sobre la separación Estado-Partido, una idea que había fluctuado desde los años 80.
En cambio, se intensificó la presencia del Partido en todas las estructuras estatales, fortaleciendo su rol ejecutivo y reduciendo la autonomía que había ganado durante el mandato de Deng Xiaoping, un periodo conocido como *denguismo*, donde el Partido establecía la línea general pero permitía mayor flexibilidad en la gestión.
Históricamente, Xi rompe con la ambigüedad funcional que caracterizó las décadas posteriores a Mao, cuando se toleró cierta diferenciación entre Partido y Estado para facilitar la gestión económica y la profesionalización administrativa. Xi considera que este modelo generó fragmentación del poder, laxitud ideológica y riesgos sistémicos. Su respuesta fue construir un Estado altamente modernizado, pero subordinado orgánicamente al Partido, donde la eficiencia técnica no cuestiona la primacía política.
Esta “repartidarización” responde también a una lectura del contexto internacional. En un entorno percibido como hostil e inestable, Xi apuesta por un Estado-Partido cohesionado capaz de movilizar recursos, imponer disciplina y sostener una estrategia a largo plazo. Desde esta perspectiva, la separación Estado-Partido no es un ideal deseable, sino una vulnerabilidad estructural.
El Estado no se debilita frente al Partido, sino que se redefine como su brazo operativo, cerrando el ciclo abierto con las reformas de Deng Xiaoping y restaurando el principio fundacional del sistema: la idea de que el Partido es el núcleo dirigente absoluto.
En el Ejército manda el Partido
El Ejército es el laboratorio más acabado de la “repartidarización” bajo Xi. A diferencia del aparato civil, donde aún existen inercias tecnocráticas, en el ámbito militar Xi ha actuado con claridad doctrinal y contundencia política, porque ahí se juega el nervio último del poder.
Cuando Xi asumió el liderazgo en 2012, el Ejército ya no era el ejército maoísta de “soldados rojos”, sino una fuerza altamente profesionalizada con mandos que acumulaban poder corporativo, redes clientelares y una cultura de autonomía funcional. Aunque formalmente el principio de que “el Partido manda al fusil” nunca se abandonó, en la práctica se había relajado el control político, especialmente durante las décadas de Jiang Zemin (1989-2002) y Hu Jintao (2002-2012).
Bajo los dos dirigentes anteriores, primó la estabilidad interna y el desarrollo técnico-militar. Xi interpreta esta evolución como un riesgo estratégico, ya que, en la tradición del PCCh, un Ejército eficaz, pero políticamente tibio es una contradicción peligrosa.
Desde el inicio de su mandato, Xi ha evitado cualquier invocación acerca de la “nacionalización” del Ejército, una idea que circuló en círculos académicos chinos en los años 90, y reitera que el Ejército es el ejército del Partido, no un ejército nacional en sentido occidental. Xi enfatiza la lealtad absoluta al PCCh y a su “núcleo” dirigente.
Uno de los instrumentos más decisivos de este proceso es la consolidación del sistema de responsabilidad del presidente de la Comisión Militar Central (CMC). Aunque este principio existía formalmente, Xi lo convierte en un mecanismo de mando real y personalizado.
En la práctica, todas las decisiones estratégicas clave (operativas, doctrinales y organizativas) se concentran en la figura del presidente de la CMC, es decir, el propio Xi Jinping. Se diluye así la autonomía colegiada del alto mando y se refuerza una cadena de mando vertical y política antes que profesional.
La gran reforma militar que lanzó a partir de 2015 persigue modernizar el Ejército y desarticular cualquier centro de poder autónomo. Entre los cambios más relevantes destacan la disolución de las cuatro grandes direcciones generales (Estado Mayor, Política, Logística y Armamento), que habían acumulado enorme poder burocrático; la creación de 15 departamentos directamente dependientes de la CMC, para reforzar el control central y reducir la intermediación jerárquica; y la reorganización territorial, sustituyendo las antiguas regiones militares por comandos conjuntos, limitando el arraigo local de los mandos.
El efecto político que se persigue es claro: menos redes personales y más dependencia del centro partidario.
Xi refuerza explícitamente el sistema de doble mando (comandante y comisario político), inclinando el equilibrio hacia este último. El comisario deja de ser una figura ideológica decorativa y se reafirma como garante de la ortodoxia política y de la lealtad al Partido. Además, se intensifica el trabajo político en las unidades apelando al estudio ideológico, juramentos de lealtad, campañas de educación partidaria y vigilancia interna.
El objetivo final no es debilitar al Ejército, sino hacerlo más capaz a nivel operativo y menos autónomo a nivel político. Xi busca un ejército preparado para “librar guerras y ganarlas”, tecnológicamente avanzado y capaz de llevar a cabo operaciones conjuntas, pero incapaz de actuar como actor corporativo independiente.
La corrupción como argumento
La campaña anticorrupción desempeña un papel decisivo en la “repartidarización”. Más allá de su dimensión moral o administrativa, funciona como un mecanismo de recentralización política al someter a los cuadros estatales a la disciplina del Partido y reforzar la autoridad de la Comisión Central de Control Disciplinario, un órgano estrictamente partidario que actúa al margen del sistema judicial ordinario. La rendición de cuentas se produce primero ante el Partido, y solo secundariamente ante el Estado.
La campaña anticorrupción en el Ejército Popular de Liberación es especialmente reveladora. La caída de figuras como Xu Caihou y Guo Boxiong, ambos exvicepresidentes de la CMC, demuestra que ningún rango militar está por encima de la disciplina del Partido. Esta onda expansiva también alcanza ahora a Zhang Youxia, junto a Liu Zhenli, y antes a otros nueve generales en octubre del año pasado.
Se refuerza el papel de la Comisión de Control Disciplinario Militar, subrayando que la rendición de cuentas es, ante todo, política. Además, Xi impulsa una proliferación de reglamentos, códigos disciplinarios y normas internas que regulan no solo la conducta profesional, sino también la expresión política, el uso de redes sociales y las relaciones personales de los oficiales. La legalización del control busca institucionalizar la subordinación al Partido bajo el lenguaje de la gobernanza moderna.
Autonomía militar mínima
Xi Jinping ha llevado al extremo el principio fundacional del sistema chino que preconiza la primacía absoluta del Partido sobre el fusil. La novedad no está en la idea, sino en su ejecución sistemática y centralizada, reduciendo al mínimo los márgenes de autonomía del estamento militar e integrándolo de lleno en la arquitectura del Estado-Partido.
El PCCh alcanza su máximo grado de centralidad institucional desde 1978 y probablemente el mayor control efectivo sobre el Estado, el Ejército y la sociedad desde la muerte de Mao, pero sin el caos ni la fragmentación de aquella etapa.
Durante la era Deng Xiaoping, el PCCh actuaba como instancia suprema de arbitraje, fijando los grandes límites, pero dejando amplios márgenes de gestión al Estado, a los gobiernos locales y a los tecnócratas. Hoy, el Partido es el núcleo operativo que decide, coordina, supervisa y sanciona. El PCCh nunca había estado tan orgánicamente presente.
A diferencia de los años 80 o 90, la separación Estado-Partido o la nacionalización del Ejército han cedido paso al enaltecimiento del liderazgo indiscutido del Partido con el propósito de blindarse al máximo frente a hipotéticas vulnerabilidades. El Partido *repartidariza* Estado y Ejército para asegurar su continuidad.













