
En La Rioja existen 23 veterinarios rurales, profesionales que pisan barro a diario para cuidar de la salud del ganado y, en consecuencia, de la nuestra. Sin embargo, el relevo generacional es complicado en una profesión tan dura y sacrificada, hasta el punto de que solo cinco de estos profesionales tienen menos de 35 años. Sus batas no están impolutas y su consultorio es un botiquín portátil en un coche listo para recorrer kilómetros hasta donde haga falta.
María Marín, de 35 años, es una de estas jóvenes veterinarias. Junto a su hermana, lleva desde 2015 trabajando en el campo, sin una clínica fija.
Su trabajo es ambulante y su vida transcurre feliz entre caballos y ganadería extensiva, desplazándose por buena parte de La Rioja y territorios limítrofes como Burgos.
Desde pequeña supo que quería dedicarse a esto, inspirada por el amor a los animales. Para ella, lo más bonito de su trabajo es “todo el proceso de la cría y la reproducción, desde que se mira una yegua, ves que se preña, que la gestación avanza sin problema, nace el potro, incluso a veces tenemos la suerte de que ese potro se queda y lo podemos ver crecer y hacerse mayor”.
Pero la profesión también tiene sus sombras. Los momentos más duros llegan cuando las cosas se tuercen, como en los partos complicados. “El problema es cuando sí que hay que atenderlo.
Ahí ya siempre, muchas veces llegamos, el potro ya se ha muerto, y lo que vamos es un poco contrarreloj a salvar a la madre”, explica María. A esto se suma la difícil tarea de tener que sacrificar animales, un momento que describe como “violento de ver”, especialmente en el caso de los caballos.
La relación con los ganaderos es una pieza fundamental. “Es una relación profesional pero con confianza, para poder tratar de todos los problemas”, detalla Marín. En esa interacción se ponen en juego no solo los animales, a los que los ganaderos conocen y tienen cariño, sino también su dinero, por lo que deben confiar plenamente en los tratamientos propuestos.
Esta labor es muy valorada, como confirma el ganadero Enrique, para quien el apoyo del veterinario ha sido “una ayuda extra”, especialmente al no venir de una tradición ganadera.
“Cualquier complicación acudía, y disponibilidad horaria, urgencias, potros que no maman… La verdad que es un elemento a conservar para el desarrollo rural”, agradece.
Pese a la pasión, el futuro de la profesión es incierto. La falta de horarios, la inestabilidad y una carga administrativa cada vez mayor hacen que la parte más vocacional se vea ensombrecida. “Es una rama, la de la veterinaria rural, yo creo un poco romántica también”, admite María, pero el “mogollón de papeleos” al llegar a casa termina por agotar.
Joaquín Zalaya, un veterinario rural más veterano, coincide en la dureza pero reivindica la parte gratificante del oficio.
A pesar del estrés y las dificultades, asegura que es un trabajo que le ha compensado. “Es un trabajo muy, muy vocacional, reconozco, pero a mí me ha dado más alegrías que tristezas”, concluye.













