
Entre el desierto y la sabana africana, entre lo inhóspito y el hábitat de algunas de las criaturas más maravillosas de la Tierra, entre la mortalidad del desierto y la vitalidad del ecuador, ahí se sitúa una de las regiones más complejas, duras, violentas y críticas del mundo. El Sahel es una franja que cruza África de Oeste a Este entre el desierto del Sáhara y la sabana subsahariana.
Cruza países como Sudán, Chad, Níger y Mali, escenarios de golpes de estado, rebeliones, alzamientos militares e incluso guerras civiles cruentísimas como la de Sudán. Todo ello conforma un cóctel mortal que ha provocado varias de las crisis humanitarias más graves de los últimos años, hambrunas, matanzas, terrorismo, limpiezas étnicas, miles de desplazados forzosamente…
El Sahel se ha convertido para muchos en un infierno en la tierra.
Ante una situación tan extrema, los gobiernos, cuando existen como tal, no son capaces de hacer frente a la magnitud de la crisis humanitaria. O bien la inestabilidad es demasiado alta, o bien una junta militar ocupa el poder tras un golpe de estado o directamente el gobierno está inutilizado por una guerra civil como en Sudán.
Como no se puede hacer frente al desastre humanitario, las ONG y, entre las instituciones solidarias, especialmente la Iglesia, son fundamentales para ayudar a las familias y a las personas de ese lugar.
Entre esas organizaciones eclesiales está la labor misionera de tantos y tantos hombres y mujeres dispuestos a dedicar su vida a su fe, a Dios y al prójimo. Una de las organizaciones que realiza una labor más extensa y reconocida es la Fundación Juan Pablo II para el Sahel.
Esta institución nació en el año 1984, 4 años después de que el Papa visitara Uagadugu, la capital actual de Burkina Faso y pronunciara en su discurso las siguientes palabras, animando a los cristianos a tomar acción contra la injusticia: «la voz de los que no tienen voz: la voz de los inocentes que murieron por falta de agua y pan; la voz de los padres y madres que vieron morir a sus hijos sin comprender»
Desde entonces, la Fundación se dedica en cuerpo y alma a “promover la formación de personas dedicadas al servicio de su país y de sus semejantes, sin discriminación, con un espíritu de desarrollo humano integral y solidario, para combatir la desertificación y sus causas, y para brindar asistencia a las víctimas de la sequía en los países del Sahel”. Ahora, el Papa León XIV les ha otorgado un nuevo Estatuto en un trabajo conjunto con la Secretaría de Estado y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.
De esta forma, la organización se ha situado jurídicamente en el marco que establece la Santa Sede, una circunstancia que les permitirá un impulso mayor a su actividad.













