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EL ARTE TAURINO: UN ARTE DE VERDAD, PASIÓN Y LIBERTAD
La vida se compone de etapas, un viaje en el que nuestra voz interior se vuelve más fuerte con el tiempo. Aprendemos a observar con atención lugares que antes pasaban desapercibidos. Aunque todo pasa, nada se olvida. El corazón de un artista siempre retorna al lugar que marcó su camino, donde nacieron sus sueños y donde, con suerte, pudo hacerlos realidad.
Un camino de entrega y verdad
En este mundo, o se es, o no se es.
A veces las cosas salen como se sueñan, y a veces no. Pero nunca nos arrepentimos de actuar desde el amor. El arte nos enseña a mantener la mirada fija, sin apartarla, nos libera y nos permite valorar la vida, precisamente porque sabemos que es frágil. En ese equilibrio entre la luz y la sombra, entre el aplauso y el silencio, surge la entrega verdadera: dar todo lo que tienes y todo lo que eres.
Vivimos en un mundo acelerado, material y ruidoso, que a menudo intenta silenciar lo más puro: lo que nace del alma, lo que brota de las entrañas y lo que grita verdad.
Esa verdad fue la que forjó mi camino.
El recuerdo del primer paseíllo
Recuerdo salir de un hotel de Madrid, el Vincci de Goya, camino a mi primera tarde como novillero en la plaza de toros de Las Ventas. Sentía que el futuro se tambaleaba, que los sueños por los que lo había dejado todo podían escaparse entre las manos. Fue entonces cuando aquel niño que soñaba con hacer el paseíllo en esta plaza me habló con fuerza, pidiéndome que me entregara a la verdad, a la pasión, al toro, a la vida y también a la muerte.
Ese niño rompió el miedo, derribó las voces que no creían y se entregó por completo. De pronto, el futuro se convirtió en presente.
Crucé por primera vez ese arco de Madrid, esa puerta que conduce a la gloria.
Un arte que estremece el alma
Es un privilegio pertenecer a este mundo único: el del toro. Un arte vivo que estremece el alma, que va más allá de lo que se ve y crea un huracán de emociones que atraviesa la vida. Un arte que habla de verdad, tan real como la propia existencia. Lo exige todo, pero también te lo da todo.
Nace, vive y, como la vida, permanece incluso cuando termina: en el recuerdo, en la nostalgia de las grandes faenas, en los maestros que nos hicieron ser y en los sueños de quienes algún día vendrán.
La fragilidad del artista
Pero la verdad también duele, porque el artista no existe sin la persona, y muchas veces la persona queda relegada, arrastrada, olvidada detrás del traje de luces, hasta que un día se rompe. Y cuando se rompe, no se rompe el torero, se rompe el hombre, el que calla, el que aguanta, el que se exige no fallar nunca. Y ahí no hay aplausos, no hay música, no hay luces, solo silencio. Un silencio que pesa y que te enfrenta a ti mismo, a tus miedos, a tus dudas y a la persona que habías dejado atrás mientras el mundo miraba al artista.
Duele, claro que duele, pero también limpia.
Cuando se apaga el ruido, por fin escuchas tu verdad. Ahí entiendes que todos somos más frágiles de lo que aparentamos y más fuertes de lo que imaginamos. Y entonces te reencuentras contigo, con el niño que soñaba, con el que amaba esto antes de saber lo que costaba, con el que no buscaba gloria, sino verdad: la verdad de la vida, la verdad que nos hace libres, la verdad que a veces incomoda, pero que nunca debería silenciarse.
Un legado para todos
Porque este arte no le pertenece a nadie, no es de unos pocos, no entiende de colores ni de ideologías. No lo reduzcamos a eso.
Es un arte que durante siglos no solo se ha inspirado a sí mismo, sino que ha latido e inspirado el corazón de otras artes. Por eso, que nadie le robe los sueños a un niño, que nadie le quite a un joven la libertad de descubrir por sí mismo lo que le conmueve, que nadie cierre la puerta a quien siente la llamada de este arte incluso antes de entenderla. Porque lo contrario al progreso no es la tradición, es que alguien decida por ti cómo sentir, qué mirar o qué amar.
La tauromaquia es la vida sin máscaras, es la conciencia de nuestra fragilidad. Respetemos, aprendamos a convivir y miremos más allá, porque este arte no se impone, se ofrece.
No se explica del todo, se siente.
Mientras alguien se emocione ante un gesto de entrega de verdad, este arte seguirá vivo, no por costumbre, no por inercia, sino por libertad.













