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Nuevos Toreros Desafían la Prohibición y Defienden su Pasión
Ocho jóvenes aspirantes a toreros de la Escuela Taurina José Cubero ‘Yiyo’ alzan sus voces en defensa de su vocación, desafiando los intentos de prohibición y reclamando su derecho a perseguir sus sueños. Con edades comprendidas entre los 11 y los 17 años, estos estudiantes demuestran una madurez y una pasión que contrastan con la cultura del éxito fácil imperante en la sociedad actual.
Una Lección de Vida en el Albero
Juan, Daniel, Carla, Óscar, José Luis, Jaime, Jacobo y Alberto, nombres que resuenan con la promesa de futuras glorias en el ruedo, llegan puntuales a su encuentro, saludando con respeto y escuchando con atención cada palabra de su maestro. El frío de Madrid cala hondo, pero sus miradas reflejan la esperanza de la primavera. En la Escuela Taurina, ubicada en la Venta del Batán, aprenden no solo a manejar la muleta, sino también a forjar su carácter, inculcando valores como el esfuerzo, el respeto y el compañerismo.
“Aquí se hacen hombres y mujeres de bien y mejores personas.
Aquí hay un respeto y una educación que me cuesta trabajo ver fuera en el día a día”, afirma Fernando Robleño, director de la escuela, quien recientemente rindió homenaje al recordado Yiyo.
“Déjennos Torear, Déjennos Ser Felices”
Los jóvenes toreros claman al unísono por su derecho a torear. “Si vivimos en una democracia y hay libertad, ¿por qué quieren robarnos nuestro sueño? Déjennos ser felices”, expresan con vehemencia. Para ellos, la tauromaquia no es solo una profesión, sino una pasión que les impulsa a superarse y a vivir con intensidad.
Daniel García, de 16 años, se pregunta: “Si de verdad hay libertad para hacer lo que a cada uno le gusta, ¿por qué no voy a poder cumplir mi sueño de ser matador de toros?” Los más jóvenes no entienden por qué el gobierno quiere prohibir su afición.
“No hacemos nada malo, es lo que nos apasiona, queremos trabajar de ello”, aseguran.
Valores y Sacrificio en la Escuela Taurina
En la escuela, los alumnos aprenden que sin sacrificio no hay gloria. Se les inculca la importancia del esfuerzo en cada entrenamiento, el amor propio, la humildad en el éxito y en la derrota, y el compañerismo. “Si uno sufre una voltereta, hay que tirarse de cabeza para ayudar al compañero”, recalca Juan Morales, de 15 años.
Robleño destaca los valores que se transmiten en la escuela: “Aquí hay verdad, hay autenticidad, hay unos valores, hay una educación, hay una disciplina, hay un trabajo, hay un sacrificio, hay un esfuerzo. Aquí uno se juega su propia vida.
¿Qué profesión da eso? ¿Hay algo más grande que ser torero?”
La Tauromaquia como Cultura y Arte
Óscar Campos, de 16 años, defiende la vertiente cultural de la tauromaquia: “Quiero ser torero por el arte”. Considera que prohibir la tauromaquia o la entrada de menores a las plazas atenta contra la cultura española. “Déjennos ser felices, por favor.
Si se adentran en este mundo, descubrirán lo bonito que es y que no hacemos daño a nadie”, añade.
Carla Plaza, de 17 años, asegura que no hay nada que le haga “más feliz en la vida” que torear. Rechaza la idea del maltrato animal: “Vivo con caballos, he convivido con los animales y nunca les haríamos daño; son unos más de la familia”.
Un Llamamiento a la Libertad
Estos jóvenes toreros, lejos de la imagen estereotipada de los jóvenes adictos a las pantallas, demuestran una madurez y una pasión que inspiran. Reclaman al Ministerio de Juventud que se preocupe por los problemas reales de los jóvenes, como la vivienda, y rechazan los intentos de prohibición que atentan contra su libertad y su vocación.
Frente a los que hablan de traumas infantiles, Robleño afirma: “Yo no he tenido ningún trauma y desde los nueve años quise ser torero”. Y añade: “El Gobierno nos ha hecho un favor, porque con tanto querer prohibir han provocado un efecto rebote y cada vez van más jóvenes a las plazas”.
En medio de tanta prohibición, estos jóvenes héroes responden con valentía y sensatez.
No piden privilegios, sino libertad para elegir su camino, para expresarse y para que la educación siga en manos de sus padres. “Señores políticos, déjennos ser libres, déjennos ser felices”, claman con fervor.













