
Cómo fomentar una competencia sana en los niños
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Los niños se encuentran frecuentemente en ambientes competitivos. Aunque para muchos esto puede ser motivador y una forma de desarrollar resiliencia, para otros puede ser perjudicial si no se gestiona adecuadamente. Es crucial comprender la función de la competencia para encontrar un equilibrio que promueva una autoestima sana y el crecimiento personal, en lugar de la comparación y la presión.
La psicóloga Alejandra García señala: “Hay padres que cometen el error de dejarles ganar siempre, pero no les enseñan que en la vida algunas veces se gana y otras muchas se pierde”. Sin embargo, tampoco es beneficioso el extremo opuesto: “que pierda siempre para que sepa que la vida es así, porque, como niños, en algún momento también necesitan ganar para no sentir que no valen para nada”. García enfatiza la dificultad de encontrar el equilibrio entre una competitividad sana que motiva y ayuda a mejorar.
Los niños se enfrentan a la competencia en situaciones cotidianas como partidos de fútbol o comparaciones de resultados en exámenes. Como padres, es natural querer protegerlos de la decepción, pero es importante recordar que perder es una parte inevitable de la vida.
Qué hay detrás de la derrota
Perder no solo ocurre en juegos, sino también cuando no logramos nuestros objetivos. Aunque es una experiencia común, a los niños a menudo les resulta difícil reaccionar con calma y cortesía ante la derrota. La clave está en la regulación emocional.
Dado que es imposible ganar siempre, es fundamental enseñar a los niños a perder con dignidad. Esto les ayudará a afrontar desafíos futuros en la vida. Al experimentar tanto el éxito como el fracaso, aprenden a gestionar sus emociones de manera efectiva en diferentes áreas.
García explica: “Hay niños que son muy competitivos, que necesitan ganar siempre para seguir obteniendo esa falsa seguridad, incluso porque son muy exigentes con ellos mismos y se lo imponen”. Además, es importante abordar la frustración asociada con la derrota, ya que algunos niños pueden interpretar la pérdida como una señal de que no son lo suficientemente buenos, lo cual puede estar relacionado con una baja autoestima.
García añade que la sociedad a menudo promueve la idea de ser los mejores y destacar siempre, lo que puede intensificar estas presiones.
Aprendiendo a perder
¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos en casa? García sugiere: “Hay que modelarlo, es decir, en niños muy competitivos puede ayudar acudir a juegos cooperativos, en los que nadie gana”. Jugar con ellos ofrece la oportunidad de modelar situaciones a las que se enfrentarán más adelante. Por ejemplo, si ganamos en un juego de mesa y el niño se enfada, es importante evitar reírnos o celebrar de forma exagerada. En su lugar, podemos decir: “A veces se gana y otras se pierde”.
Es crucial validar las emociones del niño, ya que es normal sentirse frustrado o decepcionado al perder.
En el caso de un niño que celebra demasiado sus victorias, es importante hacerle ver que su reacción puede incomodar a los demás y, como adultos, debemos mantener la calma. García señala que a menudo los padres son los que reaccionan de forma exagerada, enfadándose cuando su hijo no logra un objetivo.
Para fomentar una competencia sana, la especialista propone las siguientes pautas:
- Jugar mucho con ellos en casa, permitirles ganar a veces, pero también ganar nosotros.
- Acompañar sus emociones cuando pierden.
- Moderar la celebración de la victoria.
- Ayudarles a entender que ganar o perder no los hace mejores o peores personas.
- Fomentar la valoración del tiempo en familia o con amigos.
- Establecer límites a las expresiones de enfado.
- Enseñarles a tolerar los errores.
Aunque es natural querer proteger a los niños de la tristeza, es importante no sobreprotegerlos de la competencia. En lugar de amortiguar sus caídas, debemos ayudarles a desarrollar una mentalidad saludable al respecto. Un enfoque equilibrado de la competencia puede enseñar valiosas lecciones de resiliencia, deportividad y superación personal.
García concluye que cuando la competición elimina el disfrute, puede ser necesario abandonar la actividad, especialmente si implica un nivel de exigencia para el que el niño no está preparado.













