Educar en la era digital: acompañando a los niños en un mundo de pantallas

Educar en la era digital: acompañando a los niños en un mundo de pantallas
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Educar en la era digital: acompañando a los niños en un mundo de pantallas

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Durante mucho tiempo, los adultos, padres y educadores, fueron los principales mediadores del conocimiento para los niños, explicando y filtrando el mundo. Sin embargo, este esquema ha cambiado radicalmente.

La pantalla como fuente de respuestas

Hoy en día, muchas preguntas infantiles encuentran respuesta en una pantalla. Los niños pueden descubrir quién fue Marie Curie, cómo funciona un volcán o qué es la ansiedad con solo teclear una frase o escuchar una voz que responde al instante.

Estamos aprendiendo a convivir con esta fuente de información siempre disponible. No se trata de demonizar las pantallas, pero tampoco de elogiar ingenuamente el acceso ilimitado al conocimiento. Nos enfrentamos a la pérdida del monopolio parental sobre la información. La tecnología no solo informa, sino que también interpreta, ordena y prioriza, decidiendo qué se muestra primero y qué se pierde rápidamente.

La sensación de no llegar a tiempo

Este cambio se percibe como una sensación íntima de no llegar a tiempo, de descubrir que conversaciones importantes ya han comenzado sin nosotros. No es una pérdida de autoridad, sino un desplazamiento sutil: seguimos presentes, pero entramos en escena más tarde, cuando el proceso ya está en marcha. A menudo, la educación digital ocurre sin interacción humana, sin tono de voz ni matiz emocional.

La tecnología no solo informa; interpreta. Ordena, prioriza, decide qué aparece primero y qué se pierde tras dos segundos de ‘scroll’. Su autoridad no proviene de su verdad, sino de su disponibilidad y velocidad.

Nuevas habilidades para la era digital

La alfabetización actual implica aprender a orientarse en flujos de información constantes, contradictorios y, a veces, abrumadores. Los niños y adolescentes acceden rápidamente a contenidos complejos, como salud mental, relaciones afectivas, sexualidad y consumo, superando la capacidad de las conversaciones familiares.

En muchos hogares, los deberes se hacen con un ordenador, varias pestañas abiertas, vídeos explicativos y consultas a la inteligencia artificial. Algunos niños encienden la tablet y avanzan solos, no porque no necesiten ayuda, sino porque han aprendido a buscar respuestas por sí mismos. El adulto entra después para revisar y ordenar, pero a veces no lo hace, lo que puede ser tanto una ventaja como una desventaja.

Educar en casa: un nuevo enfoque

Todo esto nos obliga a replantearnos qué significa educar en casa. Ya no se trata solo de transmitir conocimientos, sino de acompañar a los niños en lo que aún no sabemos. La autoridad basada en el conocimiento se debilita, mientras que la basada en el vínculo se fortalece, no porque sepamos menos, sino porque ya no somos los únicos que saben.

Existe un desajuste generacional: muchos adultos fueron educados para producir verdades, mientras que los niños crecen en un entorno donde las respuestas abundan, pero el criterio escasea. Pueden encontrar miles de explicaciones, pero lo difícil es aprender cuáles son fiables.

Todo esto obliga a revisar qué entendemos hoy por educar en casa. Si antes consistía, en gran medida, en transmitir lo que una sabía, ahora implica algo distinto: aprender a acompañar lo que una todavía no sabe

Conversación y duda reflexiva

La crianza en la era digital no consiste en controlarlo todo, lo cual es imposible, ni en ignorarlo, lo cual tiene consecuencias. Quizás la única vía sea la conversación, no como sermón, sino como práctica cotidiana. Si un niño aprende a cuestionar quién publica un vídeo, qué interés hay detrás de un clic o de dónde sale un dato, estará entrenando la duda reflexiva, una habilidad que la inteligencia artificial aún no posee.

Debemos aceptar que la tecnología educa con nosotros, cuando no estamos disponibles. Es paciente cuando vamos justos de tiempo y no exige reciprocidad emocional. Es fácil confundir esta disponibilidad con autoridad, pero detrás solo hay patrones estadísticos. La tecnología educa sin cuerpo, sin memoria, sin contradicción.

El papel insustituible de la familia

En este escenario, la familia conserva un papel fundamental, no como fuente de datos, sino como espacio donde el dato se convierte en experiencia. Un vídeo puede explicar qué es el *bullying*, pero un profesor puede contar cómo fue vivirlo. Una IA puede describir la depresión, pero una madre puede hablar de un día en el que levantarse de la cama fue imposible. Este traspaso no se encuentra en un tutorial.

El reto no es competir con el algoritmo, sino ocupar el terreno que no puede replicar: el de la vulnerabilidad, el de decir “no sé, pero lo vemos juntos”, el de sostener el silencio cuando no hay respuesta inmediata. Pensar más lento, pero más profundo. Compartir contenidos con nuestros hijos abre el diálogo y preguntar qué piensan ellos desarma evidencias prefabricadas.

Igual que no evaluamos la alimentación solo por la cantidad, sino por los nutrientes, la tecnología no debería evaluarse únicamente por duración, sino por calidad

Calidad sobre cantidad

La educación tecnológica no se mide solo en minutos, sino en lo que ocurre en ese tiempo. Una hora viendo cómo construir un cohete casero no es lo mismo que una hora deslizando contenido diseñado para retener la atención. La calidad debe primar sobre la duración.

No hay recetas cerradas, pero sí una orientación clara: más acompañamiento y menos delegación, más conversación y menos instrucción. La tecnología seguirá ahí, cada vez más integrada. El desafío es domesticarla, convertirla en herramienta y no en tutor.

Quizás nuestros hijos recuerden menos lo que les explicamos y más la manera en que pensamos junto a ellos. No se trata de transmitir certezas, sino de ofrecer un método para sobrevivir al exceso de ellas. Un algoritmo puede responder en un segundo, pero necesita que alguien enseñe a un niño a preguntarse por qué esa respuesta merece ser creída.