
VIAJE EN EL HIKARI: UN RECUERDO JAPONÉS A BORDO DEL TREN BALA
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Asociar los viajes en tren a imágenes y sensaciones es algo común. En mi último viaje en el Hikari, el tren bala japonés que conecta Tokio con Kioto, aún recuerdo la sucesión de casas de tejados a dos aguas. Estas generaban la impresión de que la vía atravesaba una enorme urbe de más de 400 kilómetros, la distancia entre ambas ciudades.
Solo algunas granjas rompían la monotonía del paisaje, donde se podía vislumbrar desde los amplios ventanales a alguna mujer ataviada con un kimono. Una visión fugaz en un expreso que alcanzaba los 280 kilómetros por hora y cubría el trayecto en poco más de dos horas.
He viajado en el Hikari, que significa “rayo de sol”, en tres ocasiones.
Es una de las siete líneas de alta velocidad que recorren Japón de norte a sur y de este a oeste. La más extensa une Tokio con la isla de Hokkaido, atravesando un túnel submarino de 50 kilómetros, una verdadera proeza de la ingeniería.
Un viaje al pasado
Mi último viaje en el Hikari fue en 1989, cuando Japón deslumbraba al mundo con sus avances industriales y tecnológicos. En aquella ocasión, visité la planta de Nissan en la bahía de Tokio, ya entonces totalmente robotizada, de donde los vehículos salían para ser embarcados rumbo a Estados Unidos.
Los vagones del Hikari eran espaciosos y luminosos, con cómodos asientos reclinables. Proyectaban películas en una pantalla y servían refrescos y canapés.
Durante el trayecto, ofrecían toallitas húmedas y calientes para aliviar el cansancio. Me sorprendió el silencio del tren, que se deslizaba sobre plataformas de hormigón armado en lugar de balasto. Me comentaron que nunca había habido un accidente mortal, algo que sigue siendo cierto.
El Shinkansen: sinónimo de puntualidad
El Gobierno japonés decidió construir las primeras líneas de alta velocidad a principios de los años 60. Al igual que en España, optó por cambiar el ancho de vía para garantizar la seguridad y reducir los tiempos de viaje.
El Shinkansen, o tren bala, entró en servicio en 1964 para conectar Tokio con Osaka, coincidiendo con los Juegos Olímpicos. La red cuenta hoy con 3.000 kilómetros, una extensión menor a la de España.
El Shinkansen se ha ganado una merecida reputación por su legendaria puntualidad. Los billetes indican la puerta de acceso a los trenes, señalizada en los andenes. Las paradas duran poco más de un minuto y todo se desarrolla con una meticulosidad absoluta.
Parece que todo obedece a un guion escrito por una mano invisible que guía cada pieza del engranaje.
El tren bala alcanza actualmente velocidades cercanas a los 350 kilómetros por hora, gracias al trazado de sus vías, que discurren por túneles y viaductos que cruzan montañas y ciudades. La JNR, la compañía estatal de ferrocarriles, ha instalado potentes baterías de litio en las locomotoras para asegurar la circulación en caso de fallo eléctrico.
Kioto: la belleza en la fugacidad
Tuve la suerte de llegar a Kioto el día en que florecieron los almendros. Recuerdo estar frente al estanque del Templo Dorado, observando cómo los árboles se cubrían de blanco. Experimenté la sensación de la fugacidad del tiempo y la imposibilidad de atrapar ese instante.
Por la noche, me senté en una casa de té, llena de hombres compartiendo confidencias después del trabajo. Al día siguiente, regresé a Tokio. Iba leyendo ‘País de la nieve’ de Yasunari Kawabata y me encontré con esta frase: «La belleza no está en el paisaje sino en los ojos del que lo mira».












