Así se forjan las mentes criminales: del narco al asesino en serie, un viaje a la psique del mal

Así se forjan las mentes criminales: del narco al asesino en serie, un viaje a la psique del mal
Imagen de archivo: https://www.cope.es/

Así se forjan las mentes criminales: del narco al asesino en serie, un viaje a la psique del mal

En ‘La Noche de Adolfo Arjona’ nos adentramos en un territorio incómodo: la mente de personas que hicieron del crimen su forma de estar en el mundo. No se trata de monstruos de película ni de enfermos encerrados en un manicomio, sino de seres humanos reales, inteligentes y funcionales que tomaron decisiones. A través de historias de narcotráfico, asesinatos, sectas y veneno, se explora un mismo hilo conductor: el poder, el control y la ausencia total de límites morales. Un monográfico en COPE para entender, que no justificar, cómo se construyen algunas de las mentes criminales más perturbadoras de la historia.

Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo Guzmán, representa una de las figuras más frías y calculadoras del crimen organizado.

En un cuerpo de solo 1,68 metros, habita la maldad de quien ejecuta y ordena ejecutar, haciéndose rico con las adicciones de millones. Su historia es un reflejo de una realidad donde, como él mismo admitió, las drogas destruyen, pero donde para muchos no parece haber otro camino para sobrevivir. Tras su última detención, El Chapo permanece en una prisión de alta seguridad de Estados Unidos, cumpliendo cadena perpetua más 30 años adicionales sin posibilidad de libertad condicional.

Para entender su mente, es clave su origen. Carlos Meza Peraza, periodista mexicano de Sinaloa, explica a ‘La Noche de Adolfo Arjona’ que Joaquín Guzmán crece en una familia humilde del triángulo dorado mexicano, una región marcada por la pobreza y el cultivo de amapola y marihuana.

Según Meza Peraza, es a finales de los setenta cuando El Chapo, ya conectado con traficantes locales, empieza a perfilarse como alguien destinado a mandar. La posterior división del Cártel de Guadalajara fue un momento decisivo. El periodista señala que el Cártel de Sinaloa acabó imponiéndose porque “la mayoría, si no es que todos los integrantes del Cártel de Guadalajara son de Sinaloa o provenían todos de Sinaloa”. La organización se fortaleció tras ser expulsados a Jalisco en los años 70 durante la llamada Operación Cóndor.

La magnitud de su imperio es difícil de dimensionar.

Se cifra en miles de millones de dólares lo que ha generado El Chapo por el tráfico de drogas. Meza Peraza recuerda que en el escrito de culpabilidad contra su socio, Ismael ‘El Mayo’ Zambada, se le exigía un abono de 15.000 millones de dólares. Además, la revista Forbes llegó a situar al Chapo entre los hombres más ricos de México, con estimaciones que ascendían a los 12.000 millones de dólares.

 Este es un mundo donde la vida no tiene valor y las traiciones se pagan con la tortura y la muerte.  Su liderazgo no se basaba en su presencia física. Meza Peraza lo describe como una persona con “una impronta muy, muy, muy dura, una impronta muy agresiva”.

No siempre recurría a la violencia directa, pero su modo de pedir las cosas dejaba claro que una negativa tendría consecuencias. “Era un modo de decir ‘quiero esto porque te lo pido yo’, y eso casi siempre iba acompañado de ‘quiero esto porque te vas a beneficiar obteniendo esto y aquello’”, explica el periodista. Si había una negativa, “entonces sí se imponía ya un modo muy duro y violento”.

Aunque vivió rodeado de lujos, su vida como fugitivo lo obligó a alternar estos periodos con la clandestinidad. Uno de los episodios más insólitos ocurrió tras su fuga del Altiplano en 2015, cuando impulsó una entrevista con el actor Sean Penn para la revista Rolling Stone.

Según Meza Peraza, el contacto se dio a través de la actriz Kate del Castillo. Pese a que el cártel confiaba en la mensajería encriptada de los teléfonos Blackberry, las autoridades estadounidenses rastrearon sus comunicaciones, lo que “concluyó con la detención suya en la ciudad de Mazatlán”. Actualmente, sus abogados revelan que El Chapo Guzmán vive en un régimen de completo aislamiento, lo que podría estar afectando su salud mental.

Casi sesenta años después, la identidad del Asesino del Zodíaco sigue siendo un misterio. Este criminal, que se cree era un hombre blanco, corpulento y de gran inteligencia, aterrorizó el norte de California a finales de los años 60.

En ‘La Noche de Adolfo Arjona’ intentamos  colarnos en su mente. Su primer ataque conocido ocurrió el 20 de diciembre de 1968, cuando asesinó a los jóvenes David Faraday y Betty Lou Jensen en un área apartada del lago Herman. El asesino se acercó a su vehículo y, sin mediar palabra, disparó a David en la cabeza y persiguió a Betty Lou para acabar con su vida con cinco balas.

El Zodíaco se jactó en sus cartas a la prensa de haber matado a 37 personas, aunque oficialmente solo se le atribuyen siete víctimas confirmadas, cinco de ellas mortales. La profesora de Derecho Penal Ángela Casals explica que su modus operandi no era sofisticado, pero sí “muy estratégico”.

Atacaba a parejas jóvenes en lugares aislados donde “sabía que la respuesta policial iba a ser lenta”. Su verdadero sello no era cómo mataba, sino lo que hacía después: enviar cartas a los periódicos. En una de ellas, dirigida al director de un diario, afirmaba: “Estimado director, soy el asesino de los 2 adolescentes de la Navidad pasada en Lago Elena, y de la chica del 4 de julio, cerca del campo de golf de Vallejo. Para demostrar que les maté, yo expondré algunos hechos que solo la policía y yo sabemos”.

Fue él mismo quien se puso el apodo de ‘Zodíaco’, firmando sus cartas con un símbolo circular cruzado, similar a un punto de mira.

Casals destaca que no fue un apodo mediático, sino “una autodenominación narcisista” con la que se convirtió en un personaje, casi una figura mítica. El FBI nunca pudo detenerlo, probablemente, según la experta, por la limitada tecnología forense de la época y errores de coordinación policial. Hoy, con el ADN, la geolocalización y el perfilado conductual, “alguien así hoy tendría muchísimas menos oportunidades de permanecer invisible”.

Sobre por qué dejó de matar, se barajan varias hipótesis: pudo morir, ser detenido por otros delitos o simplemente envejecer. Casals subraya que “el silencio nunca implica redención en este tipo de criminales”.

Aunque el caso sigue formalmente abierto, en la práctica está archivado. En 2021, un equipo de expertos afirmó haber descubierto su identidad, señalando a Geri Francis Post, fallecido ese mismo año. Sin embargo, Casals advierte sobre el peligro de convertir a estos perfiles en leyendas, aunque insiste en la importancia de estudiarlos para “ver dónde estaban los errores”.

A veces, el criminal no mata, pero es igual de peligroso. Es el caso del neoyorquino Keith Raniere, condenado a 120 años de prisión, quien bajo la apariencia de un gurú del crecimiento personal, construyó una secta basada en la manipulación y el abuso.

Raniere, que se presentaba como el hombre más inteligente del mundo, filósofo y genio matemático, fundó NXIVM, una organización que prometía éxito y liderazgo a sus miembros.

En veinte años, llegó a captar a 16.000 alumnos. La abogada penalista María Martos Chica explica que el éxito de NXIVM radicaba en que vendía una promesa intangible: convertirte en “una mejor versión de ti mismo”. La captación era progresiva, con cursos cada vez más avanzados que generaban una fuerte inversión económica y psicológica, y una sensación de pertenencia a algo exclusivo. La actriz mexicana Ana Cecilia Stiglich, que logró salir de la secta, relata la sensación de formar parte de “algo que va a cambiar el mundo”.

Pero detrás de esa fachada se escondía un círculo de secretos, abusos y un control absoluto por parte de su líder.

El núcleo más oscuro de NXIVM era una sociedad secreta llamada DOS, formada exclusivamente por mujeres. Martos Chica explica que para acceder, las mujeres debían entregar “garantías”: material íntimo o información comprometedora para asegurar su lealtad. Una vez dentro, eran sometidas a un ritual en el que, desnudas y sujetas, eran marcadas a fuego en la piel con las iniciales de Keith Raniere. Se les presentaba como una prueba de fortaleza, un símbolo de pertenencia a un grupo de élite, reforzando así la dependencia y el control.

La estructura se sostenía gracias a figuras como Clare Bronfman, heredera del imperio licorero Seagram.

Martos Chica señala que Bronfman fue una “figura clave” en el plano económico, financiando la organización con millones de dólares que servían para pagar abogados y perseguir judicialmente a los disidentes. Aunque ella misma era una víctima de la manipulación de Raniere, el tribunal la consideró una “colaboradora esencial”. El fin de NXIVM llegó cuando varias exmiembros hablaron con la prensa, lo que desató una investigación federal. Raniere huyó a México, donde fue detenido en 2018 y extraditado a Estados Unidos.

Su condena a 120 años hace que su salida de prisión sea “prácticamente imposible”.

En la historia criminal de los Países Bajos, Maria Catharina Swanenburg, conocida como Goede Mie (‘la buena Mie’), ocupa un lugar destacado. A simple vista, era la vecina perfecta en el Leiden del siglo XIX. Cuidaba a enfermos, vigilaba niños y ayudaba en las tareas del hogar. Sin embargo, detrás de esa fachada de bondad se escondía una de las envenenadoras en serie más letales.

El criminólogo Pascasio Hinojosa explica a Adolfo Arjona el contexto: una ciudad industrial donde la pobreza y la enfermedad hacían de la muerte algo cotidiano, lo que la hacía “prácticamente invisible”.

Fue condenada en 1885 por cuatro asesinatos, pero se sospecha que envenenó a más de 100 personas, de las cuales al menos 27 murieron. Su móvil, según Hinojosa, era “puramente económico”. Goede Mie contrataba seguros de vida a nombre de sus víctimas sin su consentimiento y luego las envenenaba lentamente con arsénico para cobrar las pólizas. “No salía a cazar, era paciente, era muy reflexiva”, comenta el experto.

Sus víctimas eran personas de su círculo cercano: pobres, enfermos crónicos y ancianos, gente “cuya muerte no sorprende a nadie”.

El arsénico era el arma perfecta para la época. Hinojosa señala que era un producto doméstico, usado como matarratas, y sus efectos imitaban a la perfección los síntomas de enfermedades comunes como el cólera o la disentería. En un tiempo sin análisis de sangre ni autopsias sistemáticas, “la gente no moría envenenada, moría prácticamente de lo que le tocase”. La investigación comenzó cuando la familia Frankhuizen empezó a morir de forma muy seguida, pero, a diferencia de otros casos, hubo supervivientes que pudieron hablar.

Sus síntomas idénticos y la presencia constante de Mie levantaron las primeras sospechas.

La policía descubrió que todas las víctimas tenían seguros de vida contratados a nombre de 
Maria Catharina Swanenburg. Fue arrestada en diciembre de 1883 y, tras un largo proceso, condenada a cadena perpetua. Murió en prisión en 1915. Su caso, concluye Hinojosa, sigue siendo perturbador porque “el peligro no siempre viene de quien da miedo”.

Su historia obligó a cambiar la legislación sobre los seguros de vida y supuso una evolución en la toxicología forense, demostrando que la confianza puede ser el arma más letal.