
'El Buscón en las Indias': La picaresca de Quevedo renace en el cómic
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La novela gráfica ‘El Buscón en las Indias’, fruto de la colaboración entre el guionista francés Alain Ayroles y el dibujante español Juanjo Guarnido, se presenta como una continuación apócrifa y magistral de la obra cumbre de Francisco de Quevedo, ‘La vida del Buscón llamado Don Pablos’.
Este cómic retoma la historia del pícaro Pablos justo en el momento en que el original lo dejaba partiendo hacia América, explorando las nuevas andanzas y desventuras de este personaje singular. Ayroles construye la narración como una autobiografía falsificada, imitando con gran destreza el lenguaje barroco característico de Quevedo.
El guion expande la estructura tradicional del género picaresco hacia un fresco de aventuras ambientado en el Nuevo Mundo.
Pablos llega a las Indias movido por la ambición y el deseo de reinventarse, creyendo que el cambio de continente le permitirá dejar atrás su pasado infame, o incluso, si lo prefiere, llevar su infamia a nuevas alturas. Sin embargo, pronto descubre que la corrupción, la desigualdad y el engaño también florecen en las colonias de ultramar.
Identidad e Impostura en el Nuevo Mundo
La obra aborda con decisión y precisión el tema recurrente en la literatura española de la identidad y la impostura.
El maestro del disfraz, tanto moral como físico, de la mentira social y la suplantación, se enfrenta a un territorio donde parece que todos comparten sus mismos defectos, virtudes que se antojan necesarias para la supervivencia en ese contexto. Pero, sin duda, Pablos es el maestro indiscutible.
Aquellos que se hacen pasar por nobles, conquistadores arruinados o clérigos en las Indias, no son más que un pálido reflejo de nuestro héroe, el auténtico exponente de las miserias humanas.
Así, Pablos, atrapado en sus propias artimañas, experimenta un rápido ascenso social.
Ritmo Narrativo y Detalles Visuales
El escritor trabaja con un ritmo narrativo ágil, que distingue lo memorable de lo efímero y que se deleita en resaltar la ironía de un clero excesivamente ambicioso y maltratador de los indígenas. Los trazos definidos retratan hasta los detalles más insignificantes, pues, como se sabe, el diablo se esconde en ellos.
Y, por supuesto, ensalzan la belleza de la selva y de las mujeres, que se muestran como un prodigio de inteligencia.
La audacia de nuestro pícaro es tal que, de regreso a España, llega a suplantar al propio rey hasta su muerte, e incluso funda su propio linaje, un final para el personaje que sin duda habría complacido al mismísimo Quevedo.













