
Separarse con hijos: Claves para minimizar el impacto emocional
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Cada año, numerosas familias inician procesos de separación, centrando la atención en aspectos legales como custodias y acuerdos. Sin embargo, para los hijos, esta experiencia comienza mucho antes, manifestándose en el ambiente familiar, cambios en la rutina e incertidumbre sobre el futuro.
Un estudio de 2024 publicado en *Pulso. Revista de Educación*, analizó investigaciones realizadas entre 2014 y 2024, evidenciando que la exposición a altos niveles de conflicto entre padres se relaciona con dificultades emocionales y académicas en los menores, aunque los efectos varían según la edad y el contexto familiar.
Entre explicaciones y silencios: Cómo abordar la situación con los hijos
Más allá de los datos, las familias describen cómo este proceso se manifiesta en actos cotidianos. Pilar, madre de dos niños, relata que tras una decisión meditada, ambos padres se sentaron con sus hijos para explicarles de manera sencilla que ya no vivirían juntos, pero que seguirían siendo una familia.
“Lo que mejor nos funcionó fue no cambiarles la vida más de lo necesario: el colegio, los amigos y las rutinas siguieron igual”, explica Pilar. Además, evitaron discutir frente a ellos, comprendiendo que esto los desestabilizaba.
En contraste, Isabel, madre de una niña, inicialmente optó por proteger a su hija guardándose información. “Pensé que lo mejor era no hablar demasiado para no preocuparla, pero fue un fallo”, reconoce. La terapia le enseñó que su hija necesitaba palabras para entender la situación. Desde entonces, han creado hábitos como cenar juntas y hablar para facilitar la transición.
Niños en medio del conflicto: La importancia de la flexibilidad
Uxía de Andrés, abogada de familia, destaca que acciones legales pueden tener consecuencias emocionales para los menores. Una situación frecuente es la instrumentalización de los tiempos y regímenes de visitas. “Ajustarse milimétricamente a lo pactado, sin flexibilidad, puede perjudicar al niño”, señala. Menciona, por ejemplo, la rigidez que impide a un niño asistir al cumpleaños de un amigo.
La abogada también advierte sobre la tendencia a priorizar los derechos de los adultos sobre las necesidades del menor. Expresiones como “me corresponde” desvían la atención de lo que el niño realmente necesita.
De Andrés considera perjudicial involucrar al menor en el proceso judicial, hablar mal del otro progenitor o convertirlo en mensajero. “Para proteger a los hijos es necesario un trabajo emocional que permita separar esas dos facetas, dejar a un lado el ego y los reproches y priorizar siempre el bienestar del menor”, afirma.
Iria, madre de dos hijos, vivió una ruptura tensa. “Cada cambio de custodia era una pelea y ellos quedaban en medio”, cuenta. Con el tiempo, los padres establecieron normas de comunicación y organización para reducir la tensión. “Lo que peor hicimos fue hablar mal del otro delante de ellos; lo que mejor, aprender a coordinarnos, aunque no nos lleváramos bien”, indica.
Construyendo seguridad: Estabilidad y rutinas
El malestar no siempre se manifiesta abiertamente. Rubén, padre de un niño, recuerda que lo más difícil fue la inestabilidad posterior a la ruptura. “Todo cambiaba: las casas, los horarios, los planes. Y el niño no sabía a qué atenerse”, revela. “Lo que más nos ayudó fue dejarle expresar la tristeza sin intentar arreglarla rápido”, dice.
María José Sánchez Ayuso, psicóloga, explica que la separación impacta a los niños de manera global, influyendo en su neurobiología, emociones, pensamientos y conducta, especialmente en las primeras etapas del desarrollo. “La separación es un evento que influye en su neurobiología, sus emociones, sus pensamientos y su conducta, especialmente en las primeras etapas del desarrollo”, subraya.
En la primera infancia, el cerebro infantil interpreta la falta de una figura de referencia como una amenaza. En los primeros años, la vivencia es sensorial, detectando la falta de disponibilidad emocional de los padres, lo que puede manifestarse con alteraciones del sueño, rabietas o cambios de conducta.
A partir de los siete años, los niños comprenden mejor la situación, facilitando el desarrollo de estrategias de regulación emocional. La psicóloga advierte sobre la importancia de no solo prestar atención a los cambios llamativos de conducta, sino también al aparente “apagado” o inhibición.
Para que los niños superen la ruptura sin miedo ni culpa, es crucial que los adultos actúen como reguladores emocionales. “Para ello es importante que el niño sienta seguridad, esto es, mantener estructuras y rutinas predecibles que ayuden a calmar su sistema de alerta”, explica Sánchez Ayuso. Acompañarles emocionalmente implica validar sus sentimientos y fomentar una relación sana con ambos padres. “Lo que les protege es la presencia de una base segura que permanezca estable pese a la reestructuración familiar”, concluye.
Cada separación es única. Más allá de los acuerdos formales, es en el día a día donde se define cómo se afronta el cambio y qué recuerdos deja en los hijos.













