
El pueblo de La Rioja al que le quedan "meses decisivos" para restaurar la torre centenaria que se desplomó en segundos, "pasos cruciales"
Hace un año, el silencio cayó sobre un pequeño municipio riojano. A las 21:42 del 23 de febrero de 2025, el estruendo de piedra al romperse interrumpió una noche tranquila, la torre de la iglesia de la Asunción de Vigera se desplomó en cuestión de segundos, dejando tras de sí una nube de polvo, lágrimas y una herida difícil de imaginar.
Era el corazón del pueblo, su símbolo más querido, reducido a escombros.
Hoy, doce meses después, lo que domina el paisaje ya no es el miedo ni la tristeza, sino la firme esperanza de volver a levantar lo caído. La Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño mantiene vivo su compromiso con los vecinos y con el patrimonio, avanzando en un plan integral de restauración que devolverá la vida al histórico templo.
Desde aquel día, la Iglesia no ha estado sola.
El Gobierno de La Rioja y el Ayuntamiento de Viguera colaboran estrechamente en la recuperación del edificio, declarado Bien de Interés Cultural. La hoja de ruta es ambiciosa, no se trata solo de reconstruir, sino de garantizar la estabilidad futura del templo, afectado por filtraciones subterráneas, empujes del terreno y deslizamientos en el talud que originaron el colapso.
En los últimos meses se han logrado avances decisivos, sellado de grietas, seguimiento estructural, recuperación de la calefacción y la aprobación del proyecto para una nueva espadaña, que permitirá escuchar de nuevo el sonido de las campanas.
Una de ellas, recuperada de los escombros, volverá a marcar el tiempo en el pueblo, símbolo de que la fe y la historia siguen vivas.
En el horizonte se dibuja la siguiente fase, la construcción de un muro de contención hacia el barranco, un nuevo sistema de drenaje y la modificación de las soleras de hormigón para neutralizar los efectos del agua subterránea. El objetivo es claro, que lo ocurrido hace un año no vuelva a repetirse.
Pero la reconstrucción más importante no es solo material.
Durante este año, la Diócesis ha acompañado a las familias que perdieron sus hogares y sus rutinas, ofreciéndoles apoyo y cercanía. Seis meses de ayuda habitacional y seguimiento constante son la prueba de una Iglesia que no solo cuida sus muros, sino también a sus piedras vivas, las personas.
En Semana Santa del pasado año, el templo reabrió sus puertas al culto, un gesto cargado de emoción.
Fue la señal de que la fe puede sostener incluso los edificios caídos. Los vecinos volvieron a reunirse bajo las bóvedas supervivientes, agradecidos y conmovidos.
Mientras tanto, la Diócesis continúa interviniendo en otros templos riojanos, refuerzos estructurales en El Rasillo y Zarratón, restauración del coro en Galilea, rehabilitación integral en Arnedo y renovación de torre y cubiertas en Estollo.
Una labor constante que demuestra que la protección del patrimonio no entiende de fronteras, sino de compromiso y memoria.
Un año después del derrumbe, la historia de esta iglesia no termina en el suelo. Está renaciendo, piedra a piedra, gracias a la unión de vecinos, técnicos, instituciones y fe.
Porque donde hubo ruina, hoy vuelve a haber esperanza.












