Un día de lluvia en Bloomsbury: mendigos, periódicos y felicidad inesperada

Un día de lluvia en Bloomsbury: mendigos, periódicos y felicidad inesperada
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Un día de lluvia en Bloomsbury: mendigos, periódicos y felicidad inesperada

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En España, la persistente lluvia evoca una peculiar conexión con Sheffield, como si las nubes hubieran sido enviadas por esa tierra al son de una canción infantil. Sin embargo, la tradición española responde con una plegaria: “Que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva”. Jardiel Poncela podría haber señalado que estas simples rimas revelan el espíritu de dos pueblos: uno que se deshace del exceso de lluvia enviándola a otros, y otro que busca la intercesión divina con un fatalismo religioso.

La lluvia y Gran Bretaña se entrelazan en mi memoria hasta el punto de confundirse. No fue hasta que crucé las puertas de ‘The Museum Tavern’ que realmente sentí que entendía Inglaterra.

Los meses previos en Londres se desvanecieron, dejando paso a una experiencia singular en Great Russell Street.

Frente a la casa de George Du Maurier, se encontraba ‘Jarndyce’, una librería especializada en los siglos XVIII y XIX con una primera edición de ‘The Premature Burial’ de Edgar Allan Poe en exhibición. Al otro lado de la calle, el Museo Británico, corazón de Bloomsbury, irradiaba el espíritu de Virginia Woolf. Doy gracias a la tendencia al latrocinio de los ingleses y porque, en un giro de los acontecimientos, eso haya servido al menos para que la humanidad conserve el friso del Partenón, la piedra Rosetta y media Grecia clásica.

Pasé una hora buscando el punto exacto desde el que Hammershoi pintó sus cuadros del Museo Británico. Velázquez pintó el polvo, Hammershoi atrapó el silencio.

Ahora hay una retrospectiva suya en el Thyssen de Madrid.

En ‘The Museum Tavern’, un pub decente, busqué refugio de la lluvia y la tristeza. El papel pintado imitaba una biblioteca antigua, con moqueta hasta en el baño. Una cristalera tras cortinas estampadas parecía el telón de un teatro. Una librería de madera con barricas de jerez coronaba la estancia.

El aire olía a sacristía y termitas, y la luz tenue colgaba de lamparones en el techo.

Fuera, la lluvia caía torrencialmente. Dentro, vasos, parroquianos taciturnos, cervezas, whisky, una vidriera, un pizarrón negro con letras doradas y una camarera sirviendo pintas. Siempre he admirado esa cadencia artesanal con la que una mujer inglesa sirve las ‘ales’, pareciera que estuviera sosteniendo un cordón umbilical que hiciera una transfusión de vida en directo, como una gasolinera sirviendo ambrosía recién salida del cielo.

Mientras tanto, dos mendigos entraron en el pub. Quizás no lo eran, pero su acento desconocido y su apariencia descuidada sugerían lo contrario.

Seguramente eran ‘cockneys’, nacidos al son de las campanas de St Mary-le-Bow. Su olor era intensificado por la lluvia.

Los hechos se desarrollaron rápidamente. Los mendigos preguntaron por el Telegraph. La camarera asintió.

Pidieron dos pintas de Lovestruck, pagaron y se sentaron en la única mesa libre. Abrieron el periódico en la página del horóscopo, leyeron atentamente, subrayaron palabras y se miraron, absortos. Repitieron la lectura, confirmando lo que parecía increíble. Una carcajada sonora estalló al unísono.

Se abrazaron, saltaron de alegría, dejaron el periódico doblado sobre la mesa y salieron a la lluvia de Bloomsbury, irradiando una felicidad inmensa.

Los observé alejarse a través de la cristalera mientras uno le decía al otro: «Te lo dije, Harry. Te lo dije».

En ese instante, me sentí en un cuento de Hemingway, un fragmento de historia sin principio ni final. Mi instinto periodístico me impulsó a seguirlos, pero mi alma de escritor prefirió apurar la cerveza. Las historias verdaderas carecen de principio y fin, y querer capturarlas es un error.

Pedí otra pinta y me senté a observar la lluvia caer en espiral en esa tarde de sábado, triste y absurda.