
¿Desde cuándo importan tanto los burkas? Mujeres musulmanas bajo el fuego cruzado
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De derecha a izquierda, en el mundo occidental, muchos afirman que el burka es “una salvajada”. La propuesta de Vox sobre el burka ha provocado un debate nacional, descubriendo que la imposición del burka a una mujer es intolerable.
La imposición y la prohibición: un debate polarizado
La solución que se plantea es prohibir el burka. Se ha abierto una pugna política sobre qué partido aprobará una norma contra el burka y el niqab. Lo que los partidos viven como una batalla política es una batalla cultural en la que Vox ha marcado un gol. La diferencia entre unos y otros es el grado de racismo que sostienen sus propuestas: unos invocan los derechos de las mujeres desde una convicción impostada y otros los usan como coartada para naturalizar su agenda de odio y antiinmigración.
El feminismo ante el debate del burka
Ante la pluralidad de mujeres y la diversidad sexual, el feminismo blanco se acerca a respuestas punitivistas. Otros feminismos reflexionan más allá de prohibir o no prohibir, centrando la atención en cómo Vox ha logrado imponer un marco racista a su falso feminismo, dejando al descubierto el conocimiento frágil en materia de derechos humanos de la clase política.
El cuerpo de la mujer con niqab molesta por lo que representa en el imaginario de quienes construyeron Europa como proyecto racial y cristiano.
Derechos humanos y contextos sociales
En debates como este, la respuesta no pasa por aceptar el marco que impone la extrema derecha con iniciativas racistas, machistas y clasistas. Asumir como propios los temas de una agenda que utiliza los derechos humanos de manera selectiva para campañas de odio y anti-derechos es un error.
La defensa de los derechos humanos denuncia sin ambigüedades las prácticas sostenidas en tradiciones o interpretaciones religiosas que implican un trato cruel, inhumano o degradante. No hay relativismo posible cuando el Estado y la religión convierten el cuerpo de las mujeres en instrumento de control y castigo, sea la religión islámica, el catolicismo, los evangelistas, los ortodoxos u otras creencias fundamentalistas.
El debate incorpora matices decisivos cuando esas prácticas se sitúan en un contexto social, legal y religioso muy alejado del que viven las mujeres en países como Afganistán, Irán o Arabia Saudí. En este contexto, la pregunta es qué efectos tiene prohibir el burka, para no imponer otro dogma moral con la excusa de la libertad. Tanto imponer como prohibir puede vulnerar derechos y, lejos de proteger a las mujeres, puede agravar su exclusión, reforzar su aislamiento y su discriminación.
Vincular el burka o el niqab, de manera generalizada y simplificada, a una supuesta amenaza cultural o disfrazarlo de defensa de los derechos de las mujeres no solo distorsiona el debate, sino que alimenta una narrativa que amplifica el rechazo a las personas de origen musulmán o cuya religión sea el Islam e invisibiliza otras desigualdades y graves violencias que sufren estas mismas personas en nuestra sociedad.
Prioridades políticas y negación de la violencia machista
Ahora, urge legislar contra el burka y el niqab. Mientras, en gobiernos autonómicos y municipales se cuestionan leyes de igualdad, se vacían políticas públicas, se relativiza la violencia machista y se reducen presupuestos a centros y servicios de protección para las mujeres. La extrema derecha consigue que hablemos del burka mientras niegan el machismo.













