Las Brujas de Bucha: La venganza femenina contra los drones rusos

Las Brujas de Bucha: La venganza femenina contra los drones rusos
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Las Brujas de Bucha: La venganza femenina contra los drones rusos

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El dolor por el asesinato de su hermana, perpetrado por las tropas rusas durante la ocupación de Bucha, impulsó a Sanskia, una jueza de 52 años, a cambiar la toga por el uniforme militar. Tras 25 años en la judicatura en Kiev, ahora dedica jornadas de 24 horas a la búsqueda y derribo de drones enemigos.

Unidad de defensa aérea femenina

Sanskia se unió a “Las Brujas de Bucha”, una unidad de defensa aérea voluntaria compuesta por mujeres ucranianas. Su misión: proteger los cielos de Kiev de los drones rusos, especialmente los Shahed, utilizando ametralladoras antiaéreas. “Me duele recordar cómo mataron a mi hermana. Por eso, tengo una cuenta que no está cerrada. Ahora la quiero cerrar aquí”, explica Sanskia sobre su drástica decisión.

Cada mañana, Sanskia y sus compañeras inician una nueva guardia en una de las bases del grupo, preparadas para actuar ante la posible incursión de drones en su área de responsabilidad en Bucha. Hace casi cuatro años, durante los primeros días de la invasión rusa, Sanskia se mantuvo encerrada en su casa, evitando el contacto con los soldados ocupantes hasta lograr escapar. Ahora, patrulla esas mismas calles, pero con la mirada fija en la ametralladora antiaérea.

Las mujeres llegan a la base, recogen sus armas y se preparan para la alerta. Si reciben un aviso, corren al vehículo pick-up, donde cargan la ametralladora con la que ya han derribado drones rusos. El último derribo del grupo, según aseguran, tuvo lugar el otoño pasado, con Sanskia al mando de la operación.

De la justicia a la venganza

La exjueza irradia la autoridad propia de su antigua profesión. Sus órdenes son acatadas con rapidez por sus compañeras. Su aparente fortaleza solo se quiebra al mencionar a su hermana. Prefiere no detenerse en el recuerdo, tragándose las imágenes más dolorosas de la ocupación rusa en Bucha.

Tras la liberación de Bucha, y el descubrimiento de decenas de cadáveres en calles, patios y fosas comunes, numerosas mujeres víctimas de la ocupación se ofrecieron como voluntarias para reconstruir su ciudad. Patrullaban los bosques en busca de minas, participaban en formaciones militares y buscaban posibles soldados rusos infiltrados. Así nació el nombre de “Las Brujas de Bucha”.

Aunque Sanskia no estuvo presente en los inicios, siguió de cerca la evolución del grupo al que anhelaba unirse. Hoy, es comandante de una de sus unidades. “Al principio, los voluntarios eran sobre todo hombres, pero cuando empezó la movilización, ellos se fueron a las Fuerzas Armadas y las mujeres nos quedamos aquí”, explica.

Un cambio radical de vida

Durante un tiempo, Sanskia intentó compaginar sus guardias en el tribunal con el trabajo en la unidad, pero la tarea se volvió imposible. No podía atender casos urgentes, especialmente aquellos que requerían su amplia experiencia como jueza, mientras estaba de servicio operativo. Finalmente, al reunir los años necesarios para jubilarse anticipadamente, tomó la decisión: “Podría haber seguido trabajando, pero entendí que aquí tengo más oportunidades de proteger nuestros cielos”.

Con el tiempo, la labor del grupo se ha adaptado al desarrollo del conflicto. Inicialmente, patrullaban la ciudad en busca de soldados rusos rezagados o grupos infiltrados, y participaban en tareas de desminado y seguridad para proteger a los civiles. Más tarde, al aumentar la frecuencia de los vuelos de drones, se especializaron en su detección y derribo. “Al principio usábamos ametralladoras antiguas, Maxims soviéticas, y funcionaban. Luego empezaron a volar más alto y tuvimos que aprender y cambiar de armas”, detalla Sanskia.

Unidas por la defensa de su patria

Nika se unió al grupo hace un año. “Quería hacer algo por nuestro país. Quería saber si era capaz de utilizar un arma, de formarme, de disparar. Ahora sé que puedo hacerlo”, afirma esta mujer de 50 años. El voluntariado le permite realizar una guardia y un entrenamiento a la semana. Le gustaría involucrarse aún más, pero de momento no puede conciliarlo con el cuidado de sus hijos. También compagina sus guardias con su trabajo como médica en el departamento de riesgos laborales de una empresa. “Tengo que trabajar fines de semana para recuperar el tiempo que dedico al servicio voluntario, pero no me importa”, añade.

Tanto Nika como Sanskia huyeron de Bucha tras unos días bajo ocupación rusa. Sanskia abandonó la ciudad antes de que existiera un corredor humanitario efectivo, después de pasar horas esperando autobuses de evacuación que “nunca aparecieron”. Recuerda escenas de confusión generalizada en los grupos de evacuación, tras la caída de proyectiles y los controles donde los militares rusos revisaban documentos y teléfonos móviles.

Volver a Bucha tras la liberación no fue fácil. La alegría por la retirada de las tropas rusas se mezclaba con la destrucción causada por la ocupación. “Vimos coches baleados con personas dentro que no habían podido ser enterradas, calles destrozadas, vehículos aplastados y casas dañadas, cuerpos en las calles…”, lamenta Sanskia. Su hermana fue una de las personas que se quedaron atrás, que no lograron escapar con vida de Bucha. Casi cuatro años después, ya no pide justicia: “Es mi propia venganza”.