¿Está la caña en peligro de extinción? El cambio en los bares españoles y por qué cada vez se sirve menos

¿Está la caña en peligro de extinción? El cambio en los bares españoles y por qué cada vez se sirve menos
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¿Está la caña en peligro de extinción? El cambio en los bares españoles y por qué cada vez se sirve menos

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Durante décadas, pedir una caña fue un gesto cotidiano en la vida social española. Sin embargo, esta costumbre está cambiando en muchos bares, donde se priorizan formatos más grandes como dobles, copas o tercios. En algunos casos, el vaso de caña ha desaparecido por completo.

El declive de la caña: ¿una cuestión de eficiencia?

La caña no era solo un formato pequeño; también marcaba un ritmo de consumo. Permitía beber la cerveza antes de que perdiera frío, facilitaba las rondas cortas y se adaptaba a la idea de “una más y nos vamos”. El doble, en cambio, reduce la frecuencia del pedido y concentra la bebida en menos momentos.

Para los hosteleros, los formatos más grandes exigen menos personal. Sergio Guijarro, al frente de Marzeah taberna, explica: “Con las mesas grandes, si piden vino tienes la bebida resuelta. Pero con las cañas no ocurre igual. Muchas veces cuando acabas de llevar una a la mesa te piden otra”.

Miguel García, propietario del restaurante La Montaña, lo plantea en términos prácticos: “Una caña te obliga a hacer muchos más movimientos en la sala e implica más tiempo”. La caña exige repetición constante, más rondas implican más trabajo para el mismo número de comensales.

La rentabilidad no solo se mide en el margen de beneficio, sino también en el tiempo que exige servirla, la cristalería que hay que lavar y el personal necesario. Factores como el coste del agua, los detergentes o las horas de trabajo dedicadas a recoger y limpiar vasos también influyen.

El contexto del consumo de cerveza en España

España sigue siendo un país cervecero, pero el consumo ya no crece como antes. Según informes sectoriales, el consumo per cápita se ha estabilizado en los últimos ejercicios, con ligeros descensos tras la pandemia. La hostelería continúa siendo el principal canal de consumo.

Diversidad regional y nuevas formas de socializar

La cerveza pequeña nunca fue igual en todo el país. En el País Vasco se pide zurito, en Aragón, penalti, y en muchas zonas, quinto. Lo que se está perdiendo es la presencia misma del formato.

Leticia Pinto explica: “Para mí la caña o el botellín está asociado a mi pueblo, en Zamora, donde pido ese formato porque normalmente nos juntamos muchos, vamos a rondas, y eso me permite controlar más lo que estoy bebiendo. Pero en Madrid, donde resido, siempre pido doble casi por costumbre”.

En ciudades como Madrid, donde el servicio en terraza es intenso y la rotación de mesas más exigente, el doble se impone con mayor facilidad. En reuniones numerosas y contextos más pausados, el formato reducido permite un consumo más controlado.

El impacto en la cultura de la tapa

En ciudades con tradición de tapa incluida, como Granada, Jaén o Almería, era habitual cenar a base de rondas sucesivas de cañas, cada una acompañada de su platillo. Con el doble como medida dominante, esa ecuación se altera. Dos consumiciones no siempre mantienen el mismo equilibrio entre bebida y comida que cinco cañas, lo que lleva a pedir raciones más costosas.

Sin embargo, la fórmula de doble y ración también tiene sus defensores. Juan Antonio Carrera asegura: “La medida del doble me resulta perfecta. Una caña es poco más que dos tragos cuando tienes sed, mientras que con el doble da para disfrutar y comer al mismo tiempo”.

Lucía Aguirre, en cambio, comenta: “Me da mucha rabia que en sitios como el 100 Montaditos me digan que vale lo mismo el doble que la caña, porque no me interesa el doble. Prefiero que me den vasitos y dividirla antes que tomarme un doble”.

El auge del “tardeo” o el vermú torero, que empalman el aperitivo con las copas nocturnas, también ha transformado el consumo asociado a los bares. Sara Calleja, de 34 años, asegura: “La caña para un aperitivo antes de comer en casa era genial, pero ya hay más cultura de alargar el aperitivo y lo que surja”.

Terrazas, turismo y estandarización

El auge de las terrazas en los últimos años ha influido en este cambio. La pandemia impuso mesas dispersas y la presión por atender a más clientes en el menor tiempo posible. En zonas turísticas, el formato grande resulta más reconocible. La pinta o el vaso amplio encajan mejor en modelos internacionales de consumo.

Fuera de estos grandes centros, la resistencia persiste. La caña sigue presente en bares de barrio, donde el trato cercano compensa el esfuerzo adicional que implica servir varias rondas pequeñas.

Pablo Morales, hostelero en la zona de Alto de Extremadura, defiende el bar y la taberna de barrio como espacio cotidiano. “La defiendo porque su uso es cada vez más residual. No la tengo especialmente barata —cuesta 2,20 euros—, pero forma parte del patrimonio de las barras de Madrid”, explica.

Morales, especialista certificado en cerveza, introduce un argumento técnico: “Organolépticamente, es un tamaño perfecto para que la cerveza mantenga la carbonatación, la temperatura y el sabor”.

La caña quizá sea solo un vaso pequeño, pero durante décadas organizó la manera de beber, de comer tapas y de reunirse sin demasiadas ceremonias. El modo en que bebemos dice bastante de cómo se vive en las ciudades.