LEALTAD INSTITUCIONAL: MÁS ALLÁ DE LA CELEBRACIÓN

LEALTAD INSTITUCIONAL: MÁS ALLÁ DE LA CELEBRACIÓN
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LEALTAD INSTITUCIONAL: MÁS ALLÁ DE LA CELEBRACIÓN

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Dicen que en los obituarios solo se resaltan las virtudes del difunto. Esa misma cortesía deberíamos extenderla a la conmemoración de nuestra Constitución, especialmente en un país tan dado a las celebraciones como España, donde cada día del año parece tener su propia fiesta.

¿Motivos para celebrar?

La reciente ceremonia en el Parlamento con motivo de la longevidad de la Constitución de 1978 podría parecer exagerada si no entendiéramos esta necesidad ritual de buscar motivos para celebrar. En un país propenso a la discrepancia y a los altibajos pasionales, un impulso de autoestima y un sentimiento de orgullo por el trabajo bien hecho no vienen mal.

Festejar la estabilidad política y jurídica de un marco de convivencia que aún no ha cumplido 50 años puede parecer prematuro, sobre todo si lo comparamos con la Constitución de Estados Unidos, vigente desde 1787, o con la no codificada del Reino Unido, basada en documentos históricos anteriores a 1215. Sin embargo, no se trata solo de medir el tiempo transcurrido, sino de valorar lo que este proceso constituyente ha aportado al desarrollo pacífico de una sociedad moderna.

Pensemos en que este país, antes pobre y atrasado, se ha convertido en uno de los más avanzados, integrado en el espacio geopolítico más próspero del planeta. Un logro impensable en las primeras elecciones por sufragio universal, tras 40 años de dictadura.

Consenso y altura de miras: claves del éxito

Es innegable que el consenso y la altura de miras de la clase política de los años 70 fueron claves para el éxito de la Transición. También lo es que este marco de convivencia ha sobrevivido gracias a un acuerdo que involucró a todo el espectro económico, social y político, incluyendo los Pactos de La Moncloa.

La sacralización de la Constitución durante estos años impidió su reforma y una necesaria adaptación a los tiempos modernos, aunque también ha preservado su valor como anclaje fiable de nuestra convivencia. Las dos grandes fuerzas políticas fueron artífices de su aplicación en las primeras décadas, pero la transformación del espectro electoral y el final del bipartidismo han alterado este equilibrio. No basta con ensalzar la Constitución de forma retórica; como dijo Felipe VI, hay que aplicarla, tanto en la forma como en el fondo.

Lealtad constitucional en entredicho

Hoy en día, la lealtad constitucional está en entredicho. La oposición no ejerce su función de control al Gobierno para mejorar la vida de la ciudadanía, sino que utiliza los instrumentos a su disposición para destruir al adversario. El Gobierno, por su parte, se ha atrincherado en su parcela de poder, gestionando de manera unilateral y preocupándose más por los votos que por el espíritu de consenso fundacional de la democracia del 78.

Ni el PSOE es lo que era, ni el PP actual responde al espíritu centrista de los herederos de la UCD. Sin embargo, la Constitución sigue siendo la misma, y ambos partidos están obligados a acatarla y aplicarla, más allá de sus intereses electorales.

La piedra de toque: respeto a las leyes e instituciones

El texto de la Carta Magna supuso un ejercicio de pericia que permitió la articulación de distintas sensibilidades políticas, identitarias y culturales en un modelo novedoso y eficaz. El reparto de competencias, poderes y contrapoderes se basa en el principio de la lealtad institucional para preservar su equilibrio y eficacia. Es esta lealtad, que implica el respeto a las leyes y las instituciones, la piedra de toque de la Constitución, lo que garantiza la paz y asegura la convivencia.

Se dañan las instituciones cuando las autonomías incumplen sistemáticamente las leyes del gobierno central, cuando los ayuntamientos aplican las normas de acuerdo con su ideología, cuando las mayorías reforzadas se utilizan como herramientas de bloqueo, cuando el Senado se convierte en una jaula de grillos o cuando las instancias judiciales se usan para ajustes de cuentas.

Menos fastos y más esfuerzos

De poco servirá seguir celebrando efemérides constitucionales si estamos minando sistemáticamente su espíritu de respeto institucional y fidelidad a sus principios. Podemos proclamar la longevidad de un marco jurídico, pero si lo estamos dinamitando en sus cimientos, se convertirá en un texto inane e inaplicable. Por lo tanto, menos fastos y más esfuerzos. Menos predicar y más dar trigo.

Al final, los temporales no eligen territorios, las danas e incendios devastadores pueden afectar a cualquiera, y las pandemias o los accidentes no distinguen el color del gobierno. Todos vamos en el mismo barco. Ocupémonos de que la carga vaya bien estibada, el motor esté en condiciones y la ruta sea certera. Y por si acaso, cuidemos los botes salvavidas.