
La erosión del "nosotros" y los peligros del individualismo
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
La serie de escándalos político-institucionales que han sacudido España ha generado una profunda desconfianza en la ciudadanía. La financiación irregular de partidos, el abuso de poder para beneficio personal y los recientes casos de agresiones sexuales que se amparan en la jerarquía institucional han contribuido a un deterioro constante de la imagen pública. Estos eventos no solo dañan la reputación de instituciones específicas, sino que alimentan la percepción generalizada de que “todos son iguales”, que “las reglas solo se aplican a los de abajo” y que “lo público es un botín para quienes ostentan el poder”. Esta visión, arraigada históricamente en España, debilita el vínculo entre la ciudadanía y el Estado, promoviendo la idea de que la única estrategia racional es “mirar por uno mismo”, maximizar los beneficios privados y minimizar la participación colectiva que no genere ganancias personales.
Este es un círculo vicioso: la desconfianza disminuye la participación, y la falta de participación abre aún más espacio para el uso privado de lo público, lo que a su vez reduce aún más la confianza.
El capital social y su declive
En las últimas décadas, se ha comprendido que las democracias no se basan únicamente en constituciones, leyes e instituciones, sino también en una infraestructura de vínculos, asociaciones y confianzas que facilitan la cooperación diaria. Este “capital social” se compone de redes compartidas, espacios para dar y recibir, y esperanzas mutuas que posibilitan la acción colectiva. Este concepto ayuda a comprender por qué algunas sociedades afrontan mejor las crisis, innovan más y protegen mejor sus instituciones.
Sin embargo, los datos recientes en España no son alentadores. Una encuesta de la OCDE reveló que, en 2023, solo el 37% de la población española declaraba tener mucha o bastante confianza en el Gobierno central. La confianza en el Parlamento apenas alcanzaba el 34%, y los partidos políticos se situaban al final de la lista, con solo un 18%. Esta desconfianza institucional coexiste con niveles relativamente altos de confianza interpersonal y una mejor valoración de servicios como la sanidad o las administraciones locales.
Raíces históricas y la desconfianza en el Estado
Esta brecha entre las instituciones políticas y los vínculos cotidianos tiene profundas raíces históricas. Durante largos periodos, el Estado fue percibido como un instrumento de las élites, con una modernización autoritaria que no permitió la consolidación de una cultura democrática amplia, una vida pública controlada por partidos y burocracias, y una sociedad civil débil y desigual en su implantación territorial. Esto ha llevado a que el espacio público se entienda como “espacio de otros”, de quienes mandan, distribuyen favores y se aprovechan para su propio beneficio, en lugar de un espacio común del que todos somos responsables.
Se espera mucho del Estado y de sus instituciones, pero al mismo tiempo se desconfía profundamente de él: una combinación explosiva que alimenta tanto la frustración como la apatía.
Signos de esperanza: la sociedad civil activa
A pesar de este panorama, sería un error pensar que España está condenada a una falta permanente de lazos y vínculos sociales positivos. La evidencia comparada muestra fuertes diferencias territoriales y sectoriales. Hay regiones, municipios, barrios y ámbitos donde la densidad asociativa y la innovación cívica son notables. La economía social, el cooperativismo, el tercer sector, las plataformas de defensa del medio ambiente, ejemplos de solidaridad y de defensa de lo común, las redes de cuidados, son expresión de todo ello.
Allí donde hay contexto, historia, personas y estructuras que lo favorecen, los vínculos sociales florecen y se refuerza la capacidad colectiva de buscar soluciones compartidas.
El individualismo y sus particularidades en España
En este contexto, el crecimiento del individualismo en todo el mundo adquiere en España rasgos propios. No se trata solo del individualismo “clásico” liberal, sino de una constelación de prácticas y valores marcada por la precariedad, la competencia entre los últimos y los penúltimos y la gestión solitaria de los riesgos vitales. La combinación de mercados de trabajo inestables, desigualdades persistentes y debilitamiento de los grandes relatos colectivos empuja a muchos ciudadanos a replegarse sobre la familia y los círculos más inmediatos.
Cuando la confianza se reserva al círculo íntimo y las instituciones se perciben como distantes o capturadas, el espacio para el compromiso cívico se estrecha.
Esto alimenta un discurso político que oscila entre dos polos poco fructíferos: por un lado, la exigencia de que “el Estado lo resuelva todo”; por otro, la invitación moralizante a que “la gente se implique más”, pero sin modificar las condiciones estructurales que permitan que no sea casi heroico implicarse socialmente. La consecuencia es un malestar difuso que no encuentra canales efectivos de transformación colectiva.
Reconstruir la confianza: reformas y apoyo a la sociedad civil
Reconstruir la confianza exige ir más allá de los llamamientos éticos y genéricos a la ciudadanía.
Es necesario un paquete de reformas institucionales serias que refuerce la transparencia, la participación en la toma de decisiones y la rendición de cuentas, para que quede claro que lo público no es un espacio capturado de antemano. También se requieren políticas deliberadas de apoyo a la sociedad civil: marcos legales y financieros estables para el tercer sector, reconocimiento del papel de asociaciones y cooperativas como coproductoras de políticas y no solo como proveedoras baratas de servicios, y cuidado de los espacios físicos y simbólicos donde la gente pueda encontrarse y organizarse, como bibliotecas, centros cívicos o espacios de ocio infantil y juvenil.
Finalmente, es necesario disputar el sentido del propio individualismo. No se trata de oponer mecánicamente individuo y comunidad, sino de promover formas de autonomía que se entiendan a sí mismas como interdependientes.
Derechos individuales fuertes, sí, pero anclados en la conciencia de que sin instituciones comunes legítimas, sin bienes públicos sostenidos colectivamente y sin redes de apoyo mutuo, esa autonomía se vuelve ficticia. En una sociedad donde se habla mucho de derechos y bastante menos de responsabilidades, recuperar la idea de lo público como algo que no solo “me protege” o “me da servicios”, sino como algo que también me obliga y me implica, es una de las tareas políticas y culturales más significativas en momentos como los actuales.













