La Presión Invisible: Niños Autoexigentes y Cómo Acompañarlos

La Presión Invisible: Niños Autoexigentes y Cómo Acompañarlos
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La Presión Invisible: Niños Autoexigentes y Cómo Acompañarlos

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El bienestar infantil no siempre se manifiesta en rabietas o bajo rendimiento. Existe una forma más silenciosa: niños que cumplen, se esfuerzan, pero internamente se autoexigen demasiado. Esta presión, a menudo invisible, puede tener consecuencias en su desarrollo emocional.

Cuando la Autoexigencia Pasa Desapercibida

Este comportamiento puede pasar inadvertido durante años, ya que no interrumpe la dinámica familiar ni escolar. Al no generar conflictos abiertos, se interpreta como un rasgo positivo, no como una señal de alerta. Sin embargo, cuando esa presión comienza a afectar el bienestar del niño, las familias se preguntan si hay algo más detrás de ese comportamiento ejemplar.

La autoexigencia no surge de la nada. Un estudio revela que casi un tercio de los estudiantes de entre 11 y 18 años se sienten agobiados por el trabajo escolar, especialmente en el paso de primaria a secundaria. Algunos menores canalizan este malestar internamente, intentando hacerlo todo perfecto para evitar fallar.

“Pensábamos que simplemente era perfeccionista. La primera vez que nos preocupamos fue cuando empezó a llorar por sacar un ocho en un examen”, comenta Belén, madre de Matías, de nueve años.

Las Consecuencias de la Presión Invisible

La psiquiatra Ana Gálvez advierte que mantener un nivel alto de exigencia durante años puede afectar el desarrollo emocional. En una sociedad que prioriza la competitividad y la productividad, una educación centrada en el rendimiento impide que los niños disfruten del aprendizaje y sientan que son queridos por lo que son, no por lo que consiguen.

En otros casos, la hiperresponsabilidad puede surgir porque los adultos se apoyan emocionalmente en el niño, invirtiéndose los roles de cuidado. Otra forma es la parentalización instrumental, donde el niño se encarga de tareas domésticas que no corresponden a su edad.

Señales de Alerta

Gálvez explica que las señales de que un niño muy responsable está sometido a una presión excesiva pueden ser: dificultades para dormir, pesadillas, miedos nocturnos exacerbados, preocupaciones intensas, interés excesivo por el estado emocional de los demás, deseo de sacar notas perfectas, actitud hipermadura e inhibición de actividades propias de la infancia.

A largo plazo, estos niños pueden expresar sentimientos de soledad, culpa e insuficiencia, además de mantenerse en un estado de alerta y estrés persistente. Pueden tener dificultades para identificar sus propias emociones, necesidades y deseos, anteponiendo el bienestar de los demás al suyo propio.

Si la hiperresponsabilidad excesiva y mantenida en el tiempo se suma a otros factores de riesgo, pueden aparecer trastornos de ansiedad y depresión en la infancia.

¿Por Qué Algunos Niños Cargan con Más de la Cuenta?

La psicóloga clínica Elena Antoñano Nieto señala que la autoexigencia no siempre es problemática. Sin embargo, cuando deja de ser una herramienta positiva y se convierte en disfuncional, es importante revisar qué la está respaldando.

Uno de los factores más relevantes son los estilos de crianza autoritarios y rígidos, donde el refuerzo se centra casi exclusivamente en el logro. Esto puede empujar a los niños hacia el perfeccionismo como vía para sentirse valorados, vinculando su valor personal a expectativas adultas muy elevadas.

Es fundamental centrar la atención en el proceso, el bienestar emocional y el esfuerzo, evitando dar un peso excesivo al resultado final. Debemos normalizar el error para que los niños puedan vivirlo como una parte natural del aprendizaje. Es crucial que el niño se sienta valorado por quien es y no por lo que logra.

Mirar más allá del comportamiento ejemplar implica preguntarse cómo se siente ese niño cuando nadie lo está evaluando. El reto no es reducir sus capacidades ni frenar su compromiso, sino asegurar que pueda crecer sin un miedo constante a fallar. Educar en este contexto implica dejar espacio a la imperfección y recordarles que su valor no depende de hacerlo todo correctamente.