La “máquina del fango” ya operaba durante el 23F, según documentos desclasificados

La "máquina del fango" ya operaba durante el 23F, según documentos desclasificados
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La "máquina del fango" ya operaba durante el 23F, según documentos desclasificados

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Documentos oficiales recientemente desclasificados sobre el golpe de Estado del 23F revelan la preocupación existente en el Ejército, el Partido Comunista de España (PCE) y el Gobierno de entonces por la difusión de bulos e informaciones manipuladas. Estas acciones provenían de la extrema derecha, que hoy en día sigue imponiendo relatos políticos y mediáticos mediante lo que antiguamente se denominaba el “mercado negro del rumor”.

La desinformación como arma política

Antes de que Pedro Sánchez popularizara el concepto acuñado por Umberto Eco en su novela “Número Cero”, describiéndolo como un mecanismo de intoxicación informativa para dañar al adversario mediante la difusión de sospechas o noticias falsas, la “máquina del fango” ya estaba en funcionamiento durante el 23F.

En los años 80 del siglo pasado, aún no existían los pseudomedios, los agitadores ni los profesionales del bulo que hoy tienen un papel destacado en la conversación pública. Sin embargo, como ahora, existía una extrema derecha dispuesta a acabar con la democracia y a difundir todo tipo de bulos para lograr su objetivo. El término “bulo” ya se empleó en un documento fechado el 25 de febrero de 1982 y firmado por José Saura, en el que el Ejército se conjuraba para mantener la disciplina y evitar ser manipulado.

El documento secreto ahora hecho público señala: “El ambiente en los cuarteles se está enrareciendo. Habría que hacer algo para disiparlo o, por lo menos, contenerlo… Hay sectores sociales que intentan manipular a las Fuerzas Armadas con propósitos inconfesables. Los militares debemos estar atentos y comportarnos de acuerdo con lo que puede ser mejor para España y no para unos grupos minoritarios… La disciplina debe ser norma prioritaria en estos momentos, exigiendo de los inferiores un comportamiento digno, evitando las murmuraciones y cortando de raíz los bulos y rumores que, desde posiciones interesadas, se difunden de modo continuado”.

El PCE y la campaña contra el Rey

Al igual que en el Ejército, en el Partido Comunista de España (PCE) también preocupó una campaña de desinformación contra el Rey, según consta en una nota escrita de la Dirección de la Policía Nacional. El documento, sin fecha, señala que “en el seno del Partido, después del 23 de febrero, han tenido lugar una serie de reflexiones sobre el momento actual por parte de los teóricos del mismo, quienes exponen en una nota confidencial al secretario general, el peligro que supone dejar a la extrema derecha que impere en el mercado negro del rumor y, lo más grave, incidir en la supuesta implicación del monarca en el golpe”.

El documento añade que “la extrema derecha quiere implicar a la Monarquía y destrozarla como Institución democrática. Se deduce que existe un jaque mate a la Monarquía, planteado por la extrema derecha, un jaque mate del que ya no puede volverse atrás”.

Propaganda a favor del golpe en los medios

Otro documento del CNI explica cómo, a través de diferentes artículos en prensa, se justificaba el golpe a través de una campaña atribuida a la extrema derecha: “Existe una campaña propagandística para confundir a los cuadros de mando del ejército, un motivo de la vista de la causa 2/81 sobre los sucesos del 23 de febrero. Se ajusta a unos planes ideados por los grupos extremistas de distinto signo. Sus objetivos son los de crear irritación y desconfianza entre los miembros de las Fuerzas Armadas a fin de que la confusión logre dividir al ejército y, en consecuencia, debilitarlo y descoordinarlo”.

El informe explica que la publicación en algunos periódicos de la época de algunas cartas obligó a la Oficina de Información del Ministerio de Defensa a advertir a los medios de comunicación para que no diesen difusión a simples escritos firmados por militares, hasta haber comprobado la veracidad de la identidad. También se ordenó que los escritos que llegasen a los acuartelamientos o domicilios particulares fueran “interceptados y destruidos para que no se cumplan los planes de difusión que desean estos grupos clandestinos, que con frecuencia se fingen miembros de las Fuerzas Armadas y hablan en nombre de sus componentes, con el fin de provocar rumores”.

Sobre la propaganda y manipulación de la época, se ha desclasificado también otro escrito en el que los servicios secretos alertan sobre “una campaña propagandística para confundir desde grupos extremistas a los mandos del ejército”. El objetivo, según el documento, era crear “irritación y desconfianza entre los miembros de las Fuerzas Armadas a fin de que se confundan sobre decidir el Ejército y su movimiento debilitando su credibilidad”. Para lograr su propósito, utilizaban “distintos procedimientos, desde la prensa de izquierda, siendo muy frecuentes los artículos de un tono falaz”.

El documento sugería que había que estudiar la forma de facilitar información a las Fuerzas Armadas sobre la intención de las defensas de “politizar” el proceso, implicando al Rey, “haciéndoles ver que esto mismo es lo que pretenden los terroristas”. E insistía en la necesidad de alertar sobre la intención de los extremistas de “manipular los sentimientos” del Ejército.

Cortejo y control de la prensa

Los autores del escrito proponían la celebración de diferentes almuerzos con los que llamaban “barones de la prensa (comentaristas políticos como Luis A. Aguilar, Carlos Dávila, Pi, etc…) mucho más difícil y, por lo tanto, mejor preparada”. También una comida con los directivos de TVE, una llamada a “Balbín para que prepare una clave sobre Monarquía. Con ello se puede cubrir la parte más sensible de la estrategia de las defensas” y una reunión con “Fernando Ónega”.

Una nota informativa del CESID sobre el desarrollo del juicio da buena cuenta de la obsesión por cortejar/controlar a la prensa después del golpe. En ella, los servicios secretos informan sobre un incidente con la periodista de ABC Pilar Urbano durante la intervención de la defensa del general Milans del Bosch, cuando este se refirió a los medios y “la prensa se consideró insultada”.

La informadora del diario monárquico “quiso hacer un desplante y arrastrar tras ella a otros periodistas” para redactar un escrito dirigido al presidente de la Sala para “que se impidan nuevos insultos a la prensa”, lo que requirió la intervención de la Secretaría de Estado para la Información, “que hizo lo imposible para calmar los ánimos de los periodistas”.

45 años después, la extrema derecha sigue usando los mismos métodos con idéntico propósito: desestabilizar la democracia. Hoy, los impulsores no llevan uniforme ni tienen que asaltar el Congreso porque ya se sientan dentro.