
UNA MIRADA A 'EL JARDÍN DE LOS CEREZOS' EN MADRID
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
El Teatro Fernán Gómez de Madrid presenta una impactante versión de ‘El jardín de los cerezos’ de Antón Chéjov, bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente. La obra, escrita en 1903, sumerge al espectador en la Rusia zarista en transición hacia la modernidad, donde la deforestación se convierte en una herida profunda.
La trama gira en torno a Liubov Ranévskaya, interpretada por Carmen Conesa, una aristócrata que regresa de un exilio emocional y se enfrenta a la inminente subasta de su heredad familiar. La propiedad es famosa por su extenso y hermoso jardín de cerezos. En contraposición a ella, surge Lopajin, encarnado por Chema León, un comerciante hijo de antiguos siervos.
Él representa el pragmatismo de la burguesía emergente, proponiendo la tala del jardín para construir casas de veraneo. La idea es rechazada por los dueños, quienes la consideran vulgar.
El conflicto central trasciende lo económico, adentrándose en lo generacional y social. Ranévskaya se aferra a un pasado idealizado, mientras la realidad implacable se impone. La obra culmina con la partida de la familia y el sonido de las hachas derribando los árboles, simbolizando el fin de una era.
En este contexto, destaca el personaje de Varya, la hija adoptiva de Liubov Ranévskaya, interpretada magistralmente por Marta Poveda. Varya se erige como la única que intenta mantener la estructura física y moral de la casa frente al colapso.
Actúa como ama de llaves, preocupándose por los detalles esenciales como la comida, el orden y el ahorro. Su papel es profundamente trágico, ya que cuida algo que no le pertenece y que sus dueños no valoran lo suficiente.
Varya simboliza la tensión entre la tradición y el nuevo mundo. A pesar de ser la más trabajadora, se encuentra atrapada en un limbo social, sin el linaje de su madre ni la ambición comercial de Lopajin, con quien se espera que se case. Su resistencia en medio de la decadencia refleja la situación de aquellos que, más de un siglo después, ven en el fin de ciclo señalado por Chéjov el fin propio.
La Revolución Rusa demostró ser incapaz de resolver la servidumbre atávica y la pobreza estructural.
Los personajes de Chéjov, al igual que nosotros, no encuentran redención. Nos encontramos, una vez más, siendo los últimos de nuestro tiempo, atrapados, sin jardín ni cerezos.













