
Un lugar suspendido en el tiempo: La sala de espera de la UCI
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Existe un lugar donde el tiempo parece ralentizarse, un espacio donde el clima exterior no influye en la temperatura interior, donde el frío es una constante. Un rincón aislado de los sucesos del mundo exterior, desprovistos de trascendencia e interés.
Aquí, la única preocupación reside en lo que aguarda al otro lado de la puerta: la sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital.
Este lugar es un punto en el universo impregnado del sabor metálico de la vida, atravesada por el temor. Se siente, física, psicológica y espiritualmente, la inminencia de una tragedia antes insospechada.
Uno se asoma al abismo sin protección.
El primer día en esas cuatro paredes se graba en la memoria como una danza de sombras, esbozos indefinidos de brazos abrazando cuerpos, manos buscando pañuelos, hombros sacudidos por el llanto y piernas que ceden sobre asientos de poliuretano.
Con el transcurso de los días y las semanas, la sala adquiere mayor nitidez. Se distinguen rostros particulares, se comparten sonrisas y confidencias.
Pero, al igual que en el primer día, persisten los silencios, las preguntas silenciadas por el temor a la respuesta, las miradas desenfocadas por miedo a la realidad, y las plegarias repetidas como una letanía interminable.
Sin embargo, la sala de espera de una UCI es también un lugar donde la vida se manifiesta con fuerza. A pesar del miedo y la ira, casi instintivamente, se impone aquello que Emily Dickinson describió como “una cosa con plumas que se posa en el alma, / y entona melodías sin palabras, / y no se detiene para nada”.
A pesar del cansancio y la impotencia, surge lo que Julio Cortázar definió como el único sentimiento que no es nuestro, sino que pertenece a la vida misma, defendiéndose.
A pesar del desconsuelo, emerge la esperanza como un hilo brillante que resplandece en la oscuridad. No ilumina un destino, pero sí alumbra un punto donde descansar un corazón que espera y susurra la secreta convicción de que todo mejorará, o de que todo, al menos, acabará teniendo algún sentido.













