
¿El agua tiene memoria? La ciencia responde a la teoría de Masaru Emoto
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La idea de que el agua posee una especie de memoria, capaz de reaccionar a palabras, música e incluso intenciones humanas, ha circulado ampliamente. Esta noción fue popularizada por el autor japonés Masaru Emoto, quien difundió imágenes de cristales de agua congelada que supuestamente demostraban esta capacidad.
Emoto presentaba fotografías de cristales que, según su teoría, adoptaban formas armoniosas y bellas al ser expuestos a estímulos positivos como “amor” o “gracias”, mientras que ante palabras como “guerra” u “odio” generaban estructuras irregulares y poco atractivas. Esta narrativa visual tuvo un gran impacto, pero ¿qué tan cierta es?
La falta de evidencia científica
La respuesta es clara: no hay evidencia científica que respalde esta teoría. Daniel Herrero, ingeniero, químico y creador del podcast “del agua”, explica que la teoría no supera los estándares del rigor académico.
Para que una afirmación de esta magnitud sea aceptada por la comunidad científica, no basta con mostrar imágenes llamativas; es crucial seguir el método científico.
El método científico exige que el experimento sea reproducible, cuente con controles adecuados, emplee criterios objetivos de evaluación y, sobre todo, que otros equipos de investigación independientes puedan replicarlo y obtener los mismos resultados. “Y en este caso eso no ocurrió de una forma sólida”, afirma Herrero.
Pseudociencia y la importancia del rigor
Por lo tanto, las propuestas de Emoto se consideran una “afirmación no validada” y se clasifican dentro de la pseudociencia. Herrero enfatiza que no se trata de una simple opinión, sino de una cuestión metodológica. “En ciencia da igual que una idea sea bonita o fea, si no se puede comprobar de forma rigurosa, no se puede presentar como hecho”, sentencia.
El químico insiste en la importancia de ser rigurosos, dado que sobre el agua “ya hay bastante desinformación como para añadir más”.
Si bien la historia de Emoto puede resultar emocionalmente atractiva, carece de base científica que explique el comportamiento real del agua.
El atractivo emocional de la teoría
¿Por qué entonces esta historia sigue fascinando? Según Herrero, el éxito del relato de Emoto radica en que “no habla tanto del agua como de nosotros”. Conecta con una intuición muy humana: la de que el lenguaje importa y que buscamos símbolos para dar sentido a conceptos complejos. La teoría funciona a nivel narrativo porque es “visual, emocional y fácil de compartir”, lo que explica su gran difusión y persistencia.
El verdadero efecto de las palabras
Sin embargo, el experto invita a extraer una lectura más útil y responsable de este fenómeno, una que sí tiene implicaciones reales y directas en nuestra sociedad.
El verdadero efecto de las palabras no está en la estructura molecular del agua, sino en las personas. “Las palabras sí tienen efectos, pero sobre la conversación pública y sobre las decisiones que tomamos”, argumenta Herrero.
Hablar del agua con ruido, simplificaciones o mensajes confusos solo consigue que la gente entienda peor los problemas reales. Por el contrario, si la conversación se aborda con “respeto, datos y contexto”, se ayuda a comprender los desafíos que están en juego: abastecimiento, calidad, sequía, infraestructuras, ahorro o salud pública.
Una cultura del agua basada en la evidencia
Herrero concluye con una reflexión fundamental: “Hablar bien del agua no cambia la química del agua, pero sí puede cambiar un poco nuestra cultura del agua y de su conocimiento”. El agua no necesita magia para ser extraordinaria, ya lo es por sí misma.
Lo que realmente necesita es una buena divulgación y que las decisiones sobre su gestión estén basadas en evidencias y datos contrastados. Y todo ello empieza por la forma en que la contamos, con responsabilidad y rigor, para construir una ciudadanía más informada y consciente de la importancia de este recurso vital.












