Antiguas presas antifranquistas de Yeserías exigen que la prisión sea considerada como Lugar de Memoria

Antiguas presas antifranquistas de Yeserías exigen que la prisión sea considerada como Lugar de Memoria

Varias de las antiguas internas en este centro construido unos años antes de 1930 y operativo como cárcel hasta 1991 han recordado su paso por las celdas debido a su militancia política y han demandado al Gobierno que lo incluya en la lista de Lugares de Memoria

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Nadie que no las conozca se podría imaginar lo que piensan Charo Arcas, Inma Pardo y Lucía Vicente cuando pasan por delante del número 8 de la calle Juan de Vera, en Madrid. El actual Centro de Inserción Social Victoria Kent fue, durante unos días, lugar de temor e incertidumbre. En ese espacio, el de la antigua cárcel de Yeserías, no hay nada que recuerde un pasado que todas las personas que lo sufrieron todavía sienten frío en sus huesos. 

Este sábado por la mañana, en torno a 200 personas según los convocantes, colectivos memorialistas y feministas, han recordado la lucha de las presas políticas y las penurias de las consideradas comunes en un acto que ha culminado en una ofrenda floral a las puertas del centro en un acto preludio del 8-M. También han exigido que el Ministerio de Memoria Democrática catalogue el lugar como Lugar de Memoria, una petición que cursaron hace un año y que ya ha decaído.

En esta prisión estuvieron recluidas Concepción Tristán López y María Jesús Dasca Penelas, las últimas dos mujeres condenadas a la pena de muerte por el franquismo que finalmente libraron la vida por un indulto.

Antes de que comenzara el evento, la Policía ha obligado a retirar la pancarta, que rezaba “Seguimos la lucha de las mujeres antifranquistas”, colgada de una verja. Después ha tenido lugar con la lectura de los 80 nombres y la edad de las mujeres fusiladas en el cementerio del Este entre 1939 y 1943 a la par que los concentrados sujetaban cartulinas con dichos nombres. Aderezado con intervenciones del violonchelista David Ortiz, el acto ha estado cargado de emoción, pero también rabia.


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Antiguas presas antifranquistas de Yeserías exigen que la prisión sea considerada como Lugar de Memoria

Un patio de paredes altas

Tiene 75 años, nació en Melilla y desde los 12 trabajó en el textil. Su voz apenas se quiebra al recordar su primera detención en 1976. Conoció la dureza de una Dirección General de Seguridad (DGS) sita en la Puerta del Sol, sede de un Gobierno regional que se niega a considerarla lugar de memoria. Cinco años más tarde, Charo Arcas volvió a caer: “Estábamos en la Gran Vía pegando carteles en solidaridad con Joseba Arregi, que lo habían matado por las torturas en la DGS”, cuenta.

Todavía quedaban cinco años para que esa Gran Vía a la que se refiere dejara de llamarse Avenida de José Antonio.

Para estos opositores al régimen que siempre apostaron por la ruptura antes que por la reforma, el ministro del Interior del momento, Juan José Rosón, era el culpable de la muerte de Arregi, etarra. “Me acusaron de colaboración terrorista y acabé en Yeserías. Estuve apenas unos días porque los compañeros de la fábrica, Pantalones Rok, pagaron la fianza de 100.000 pesetas, porque si faltabas tres días al trabajo era despido directo”, relata esta antigua militante del Movimiento Comunista.

Arcas todavía recuerda las paredes altas del patio de la cárcel. “Me impresionó mucho ver allí a los bebés con sus madres. Solo se podía ver un trozo de cielo. Salí con el corazón encogido”, asegura.

Retomó su libertad el 22 de febrero de 1981, justo un día antes de la intentona golpista protagonizada por Antonio Tejero.

La leche no llega para los bebés en prisión

Cerca de ella está Inma Pardo. Natural de Madrid, a sus 66 años todavía recuerda su primera detención, cuando cumplió en la DGS sus 18 años. Fue en 1977, pero no sería la última.

La Policía volvió a apresarla al año siguiente, y todavía una vez más en 1980, ocasiones en las que dio con sus huesos en prisión. Integrante del Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico y el PCE (marxista-leninista), acabó acusada de pertenencia a partido ilegal y “todo lo que ellos quisieran, porque así eran las cosas”, cuenta con cierta sorna en esta mañana en la que varias familias aprovechaban los últimos rayos del sol invernal en un parque cercano al lugar de la protesta.

La primera vez que llegó a Yeserías fue en 1978, estuvo tres meses y conoció a otras reclusas por el Caso Scala, montaje policial que menguó en gran medida la pujanza de la CNT durante la Transición. Pardo retornó a la cárcel en 1980, primero detenida tras las manifestaciones en solidaridad del asesinato de José Luis Montañés y Emilio Martínez por parte de la Policía y tras haber sido torturada en la DGS, después.


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Antiguas presas antifranquistas de Yeserías exigen que la prisión sea considerada como Lugar de Memoria

“No recuerdo con exactitud los días que estuve en Yeserías, pero fue en torno a una semana. Tampoco lo puedo saber, porque no me dejan acceder a mi documentación”, critica esta antigua opositora al régimen finalmente procesada por la ley antiterrorista y que se ha ganado toda su vida como cocinera. “Llegar a Yeserías era entrar en un sitio en el que al menos pensabas que ya no te iban a pegar más, como con cierto remanso”, añade. En su memoria también ha quedado clavado cómo muchas mujeres se las deseaban para poder dar leche a sus bebés, ya que los alimentos escaseaban en la prisión hasta niveles insalubres.

Una comuna para que los días pasen más rápido

Lucía Vicente cumplió los 19 años en Yeserías. Natural de Zaragoza, en 1974 integraba las filas de la Liga Comunista Revolucionaria. Su carrera como estudiante de Historia Moderna y Contemporánea se vio truncada por una dictadura que perseguía cualquier atisbo de oposición. La brigada Político-Social franquista la detuvo junto a tres compañeras y otros cuatro compañeros.

Tras un paso angustioso por la DGS, llegaron al Tribunal de Orden Público, donde instruyeron su caso. Estaban acusados de asociación ilícita y propaganda ilegal.

La multa gubernativa llegaba a las 200.000 pesetas. “Era un dinero que iba a ir al régimen y nadie lo pagaba, ni tampoco mi familia podía hacer frente a eso, pero lo tenías que compensar con un tiempo en prisión”, explica.

Su multa se tradujo en dos meses de encarcelamiento. “Entrar en la cárcel daba cierta alegría tras días tan duros, porque veías a tus compañeras. Éramos todas mujeres con conciencia y comprometidas políticamente, aunque con ciertas diferencias ideológicas, lo que generaba a veces conflictos”, rememora Vicente.

La comuna que crearon entre las presas era otra forma de desahogo.

En ella volcaban la comida y objetos que sus familias las llevaban para que cualquiera pudiera utilizarlos. “Aprovechamos para estudiar, hacer algún cursillo de temas políticos que nos interesaban. Fue un foco muy importante de conciencia como mujeres, de nuestra opresión específica como mujeres”, recalca esta antifranquista a sus 70 años que terminó su vida laboral trabajando en empresas de consultoría e ingeniería. 

Vicente no conoció la soledad en Yeserías. “Todo eran habitaciones compartidas.

Había celdas desde tres personas hasta la más grande con unas 20 camas”, ilustra. Ya lo dejó escrito Eva Forest mientras esperaba juicio en esta prisión y escribía, incomunicada, su ‘Diario y cartas desde la cárcel’ entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre de 1974: “No hay nada que dé más fuerza que el saberse una mínima parte de una numerosísima familia que se quiere y que se ayuda”. Después define ‘familia’ como “grupo que siente y piensa junto”.

Salir de Yeserías supuso para Vicente dejar atrás a las mejores amigas, hermanas, tal y como ella misma las define mientras que la voz sufre un amago de quiebre.

Tenía 18 años cuando entró. Al abandonar la prisión, su familia le recibió como la menor de edad que todavía era. “Volví a vivir una situación de represión fuerte dentro de mi casa, con la familia aterrorizada por lo ocurrido”, remacha. Después, un coro de mujeres republicanas ha entonado algunas canciones, como ‘Gallo rojo, gallo negro’.

La lucha por el Lugar de Memoria

Nerea Fulgado, portavoz de los convocantes, recalca que “las mujeres no solo estuvimos durante aquellos años de lucha, sino que sufrimos una represión específica por ser mujeres, a diferencia de los hombres”. La también integrante de la asociación La Comuna, una de las entidades memorialistas que han estado presentes esta mañana en los jardines de la calle Granito, subraya que justo el 27 de febrero de 2025 pidieron al Ministerio que el actual centro de inserción social, en manos de Instituciones Penitenciarias, fuera considerado como Lugar de Memoria.

Un año después no han recibido respuesta, lo que es sinónimo de que la petición ha decaído a nivel administrativo. Algo similar pasó con la DGS.

Lo demandaron a la cartera liderada por Ángel Víctor Torres, pero hicieron caso omiso. Más tarde, el Ministerio proclamó el enclave como Lugar de Memoria. “El Gobierno actúa así porque, a pesar de escuchar a las asociaciones, tiene su propia agenda, y nosotros no formamos de ella”, sostiene la portavoz.

Esta activista por la memoria critica que el Ejecutivo de Pedro Sánchez “tiene sus propios hitos que sacar adelante, y nos enteramos de ellos o por el BOE o por los medios de comunicación”.

A día de hoy, el Centro de Inserción Victoria Kent, con 280 plazas, experimenta una rehabilitación, pues el edificio fue construido a finales de a década de 1920 y dejó de ser prisión de mujeres en 1991. “Como mínimo queremos una placa que recuerde lo que ahí sucedió durante tantos años y, en el mejor de los casos, que sea un lugar visitable”, exige Fulgado. 

Sin embargo, otras fuentes cercanas al movimiento memorialista señalan a elDiario.es que el Gobierno podría estar esperando al 8 de marzo para anunciar que la antigua cárcel franquista de Yeserías será considerada como Lugar de Memoria. Vicente, por su parte, incide en que sobre la lucha de las mujeres y la represión sufrida “hay poco reconocimiento institucional”. Por eso, opina que considerar Lugar de Memoria a Yeserías podría ser una forma de reparar socialmente lo ocurrido tras sus muros. 

“Las cárceles y los centros del Patronato de Protección a la Mujer fueron lugares en los que sufrimos mucho.

No solo habría que reparar a las víctimas del franquismo en general, sino también a las de la educación nacional-católica”, concluye esta antigua militante de la Liga Comunista Revolucionaria. Recorridos los escasos metros que separan el parque donde se ha desarrollado la protesta de la entrada del centro de inserción, ha llegado la ofrenda floral en forma de 24 claveles rojos que ha cerrado este acto de memoria y reivindicación al grito de “¡qué viva la lucha de las mujeres!”.