Lo que habremos hecho. A cincuenta años del último golpe de Estado en Argentina

Lo que habremos hecho. A cincuenta años del último golpe de Estado en Argentina

La conmemoración del golpe más sangriento que sufrió el país coincide con el clima provocado por la bestial reforma laboral que ha impulsado Milei y una represión brutal en las calles argentinas

El último ‘Rincón de pensar’ – Clara Serra: “El derecho penal como herramienta de transformación social ubica a la izquierda en el terreno de la derecha”

El próximo 24 de marzo se cumplen cincuenta años del último golpe de Estado en Argentina, el más sangriento y perverso de todos los golpes de Estado padecidos por aquel país durante toda su corta historia. Una historia, por cierto, plagada de golpes militares.  

Esta conmemoración de esta fecha que dio inicio al golpe de Estado cívico-militar perpetrado por los generales Videla, Massera y Agosti, que se autodenominó “Proceso de Reorganización Nacional”, que instauró el terrorismo de Estado dejando un salgo de 30.000 desaparecidos, se produce en un clima enrarecido por la despiadada reforma laboral del gobierno de Javier Milei y una brutal represión en la calle de la protesta ciudadana. 

Pero recordemos los hechos que llevaron a aquel día infame de marzo de 1976.

El contexto local

En la Argentina de la década de los 40 del siglo pasado, el que logró mediar entre los capitalistas y la masa trabajadora fue un general nacionalista popular llamado Juan Domingo Perón, que fue encarcelado por haber beneficiado a los trabajadores desde su ministerio de Trabajo y Previsión. Por eso una masa obrera salió a las calles a pedir su liberación un 17 de octubre de 1945, lo que hizo caer al gobierno militar de entonces y llamar, al fin, a elecciones libres.

Elecciones que ganaría por mayoría aquel general nacionalista, y las ganaría por dos veces consecutivas desarrollando en sus gobiernos un gran Estado de bienestar y otorgando un buen número derechos sociales fundamentales.

Si bien su carisma y talante populista, no falto de un ramalazo autoritario, le granjeó la antipatía de las clases medias, fueron sus políticas sociales y la redistribución de la riqueza las que le valieron el odio furibundo de las élites. Y su política de nacionalización de empresas de capital británico le valió ser el enemigo de las grandes potencias: Estados Unidos y Gran Bretaña. 

Aquí empezó el primer desplazamiento: si bien aquel general era anticomunista, sus políticas reformistas de índole keynesiano le valieron ser acusado de filocomunista por las élites y los sectores reaccionarios.

Y aquellos que fueron sus compañeros de armas le montaron un golpe de Estado cruento que lo derrocó en 1955.

Y Perón huyó del país. Desde entonces, las élites, la burguesía y la cúpula militar fijaron como enemigos a las izquierdas de toda la vida y a la herejía del peronismo. 


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Lo que habremos hecho. A cincuenta años del último golpe de Estado en Argentina

El contexto regional 

Dieciocho años duró la proscripción del peronismo y la persecución a los trabajadores que se identificaban con él. Lo que incluyó cárcel, torturas y fusilamientos. 

Como Perón era militar y nacionalista, su movimiento había sido una coalición heterogénea que iba desde la derecha antiliberal hasta la izquierda antiimperialista. No por nada su primer gobierno estaba conformado tanto por socialistas disidentes como por ex falangistas unidos contra el poder económico en la región que era la oligarquía agropecuaria y las empresas de capital británico y americano.

Ambos polos de poder, nacional y transnacional, apoyaban a los sectores del ejército que ostentaban el poder político y mantenían la proscripción y persecución al peronismo.

Pero entonces pasó lo que pasó. Y lo que pasó fue el triunfo de la revolución en Cuba. 

Nuevas generaciones de jóvenes argentinos entusiasmados con la idea de la liberación continental de los intereses de Estados Unidos veían que lo más rancio de la sociedad, aquellos que apoyaba a los militares que tomaban el poder político por la fuerza cada dos por tres y que los reprimían en calles, fábricas y universidades, tenían a Perón como enemigo así que ellos, por contraposición, empatizaron con las clases populares que se identificaban con el peronismo y que eran perseguidas y encarceladas por eso. Allí, en Argentina, muchos vieron en el peronismo la versión local del nacionalismo cubano que había originado la revolución caribeña antes de que Fidel se alineara con la Unión Soviética. Porque, no olvidemos, estábamos en plena Guerra Fría. 

El contexto mundial

Tras la nacionalización por parte del gobierno revolucionario cubano de las empresas americanas en la isla, empezó el bloqueo económico de Estados Unidos a Cuba empujando a Castro a negociar con el bloque antagónico a la democracia occidental, la Unión Soviética.

Tras el triunfo de los aliados sobre el eje nazi-fascista en la II Guerra Mundial, los dos grandes potencias vencedoras unidas en la lucha pero con paradigmas opuestos en casa, se habían dividido el mundo y luchaban ahora sin enfrentarse abiertamente en el campo de batalla por su influencia el tablero mundial.

Estados Unidos era consciente de que el ejemplo de la revolución cubana había prendido en las mentes de los jóvenes de todo el continente americano, pero no se podía permitir otra Cuba en su propia zona de influencia.

Ante el bloqueo económico a Cuba por parte de los Estados Unidos, a Guevara se les ocurrió crear una escuela de guerrilleros en la isla caribeña para entrenar y exportar la revolución al resto de América Latina. Sólo así podría debilitar la influencia americana en la región dominada por gobiernos militares de derecha dirigidos desde Washington. 

A su vez, desde Washington habían creado en Panamá la conocida como “Escuela de las Américas”, donde agentes de la CIA y militares del ejército francés que habían participado en la lucha contra el Frente de Liberación Nacional en Argelia, entrenaron a miembros de las fuerzas de seguridad de varios países latinoamericanos en técnicas de tortura e infiltración en lo que se llamó “la guerra entisubversiva” y que no era otra cosa que la creación de grupos paramilitares y la implantación del terrorismo de Estado para acabar con el comunismo en la región.

Y los militares argentinos adiestrados por Washington allí en Panamá, incluían en el término “comunista” a la resistencia peronista clandestina..  

Las guerrillas

Grupos de jóvenes y trabajadores que durante los dieciocho años de proscripción y persecución del peronismo se fueron escorando a la izquierda pasando de participar en la resistencia clandestina a formar movimientos guerrilleros armados y bien organizados.

Mientras tanto, sectores marxistas disidentes del PC, sobre todo del trotskismo, empezaron a transitar, también, el camino de la revolución a través de la formación de guerrillas urbanas y rurales.

Ambos, marxistas y peronistas, empezaron a viajar a Cuba para ser entrenados en técnicas de guerrilla para hacer la revolución en casa.

Mientras tanto, la derecha peronista, representada por un aparato sindical burocrático que negociaba con los golpistas, fue creando estructuras mafiosas y adoptando sus formas.

Estos veían a los jóvenes de la izquierda peronista como infiltrados comunistas que les disputaban la hegemonía del movimiento popular.

Tanto la lucha sindical clasista contraria al aparato sindical, como la lucha estudiantil y las acciones violentas de las guerrillas peronista y marxista terminaron por debilitar todos los intentos de las élites y los militares por mantener el control político del país. Cayó la última dictadura hasta entonces, se levantó la proscripción al peronismo y Perón, el viejo líder popular exiliado, pudo volver a su país tras dieciocho años de exilio.

Perón le había prometido a aquella juventud revolucionaria que se identificaba con Evita y que luchaba por su regreso de que, cuando volviera al país, construiría una versión nacional del socialismo.

No desde la revolución armada al estilo cubano sino desde la victoria en las urnas y el apoyo popular. Algo imposible ya que en el contexto de aquella Guerra Fría global, Estados Unidos no podía permitirse otro socialismo en América latina. Perón lo sabía. Y la prueba estaba en el reciente golpe de Estado en Chile al presidente socialista Salvador Allende.

Estamos ya en 1973. Faltan sólo tres años para el 24 de marzo de 1976.

Los paramilitares

Al regresar la democracia y Perón al país, la guerrilla peronista dejó la clandestinidad. La marxista no dejó la lucha armada pero prometió no actuar contra un gobierno popular, cosa que incumpliría.

Pero Perón había vuelto de su largo exilio con una nueva esposa, Isabelita, y un secretario, López Rega, que apoyaban abiertamente a la burocracia sindical y a la derecha peronista. El viejo Perón se había escorado a la derecha. El tal López Rega había organizado un grupo parapolicial que luego actuaría también en la España de la transición y que se llamaba la triple A: La Asociación Anticomunista Argentina. El objetivo: acabar con la infiltración bolchevique dentro y fuera del peronismo.

Y la Triple A empezó a perseguir y a matar a militantes, sindicalistas de clase, abogados sociales, periodistas…

La izquierda del movimiento popular no vio con buenos ojos que, después de luchar por su regreso, Perón, electo como presidente por mayoría, pusiera en cargos de su nuevo y esperado tercer gobierno a personajes de la ultraderecha como López Rega que los estaban persiguiendo y matando en las calles. 

En ese contexto, un grupo armado identificado con la izquierda del movimiento mató al líder de la derecha peronista y la burocracia sindical, un tal Rucci, por lo que Perón expulsó a la izquierda revolucionaria y a la juventud peronista de su movimiento.

No hubo tiempo para la reconciliación: a los pocos meses murió Perón y el gobierno quedó en manos de su tercera esposa, Isabelita, y de su secretario y jefe de la Triple A, López Rega. Se desató la caza y el asesinato de izquierdistas vinculados o no con la guerrilla a la vez que las guerrillas marxistas y peronistas volvían a la clandestinidad y a la lucha armada. 

Y así llegamos al 24 de marzo de 1976, en que un buen día, los argentinos amanecieron al comunicado número uno del nuevo gobierno militar autoproclamado “Proceso de Reorganización Nacional” que acaba de cepillarse el gobierno, conflictivo y sumido en el caos pero surgido en las urnas y constitucional de Isabel Perón. 

El partido militar

‘Partido militar’ se le llama en Argentina a la insana costumbre de las Fuerzas Armadas de autopercibirse como fuerza política y tomar el poder con las armas derrocando gobiernos constitucionales para “corregir” el camino que debería seguir la nación según su visión rancia de lo nacional. 

María Seoane y Vicente Muleiro en su libro El dictador: La historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla describen ciertas características de este ‘partido militar’. Dicen que los militares se sentían parte de «una casta (…), una élite privilegiada como contrapartida del “desorden” del sufragio universal y la creciente participación de las capas medias, medias bajas y obreras en la vida política.

(…) una acentuada formalización de lo militar en la que el uniforme, las armas y el recio paso de desfile conformaban una armazón de altivez propia y desdén para con el resto de los compatriotas». Capaces, como los generales Videla, Massera y Agosti de «destripar las normas en nombre de su cumplimiento»

Claro que nada de esto hubiera sido posible sin el apoyo de los Estados Unidos y todo el bloque de las democracias liberales occidentales que no estaban dispuestas a dejar que cundiera el ejemplo cubano y que se les arrebatara un continente, América Latina, rica en recursos y en productos primarios fundamentales para los grandes países industriales. Y menos en aquellas épocas, la década de los setenta del siglo pasado, cuando el capitalismo había mutado en un neoliberalismo que había que imponer a la fuerza en aquellas latitudes para poder abaratar aquellos recursos pero que, pequeño detalle, se trataba de un continente que se había llenado de jóvenes dispuestos a luchar a todo o nada para acabar con el modelo imperialista y explotador del capitalismo.

El golpe silencioso 

Muchos creyeron de buena voluntad que con el golpe de Estado llegaba el orden en un país sumido en la violencia política.

Cuesta creer hoy que las clases medias, a la vista de la larga tradición local de golpes de Estado sangrientos surgidos de la connivencia del poder económico y los cuarteles, creyeran que los militares podrían resolver con la fuerza lo que la democracia no había podido resolver con las instituciones y el consenso. Pero fue así. 

Por eso la mayoría vivió el golpe como un estado de terror latente con aspecto de normalidad. La gente que no había tenido una participación política, una militancia en un partido o sindicato o en la opinión pública, seguía con sus vidas como si nada estuviera pasando. Una película de terror psicológico donde la perversión omnipresente apenas se deja ver.  

Para los militares, las Fuerzas Armadas estaban haciendo “patria”, limpiando la patria de “apátridas” mientras le entregaban los recursos de la patria a los patriotas de otras patrias y a empresas que no tienen patria porque son patrias en sí mismas. 

A diferencia del patriotismo, que, según el diccionario de la Real Academia Española es el amor a la patria, aquel ‘partido militar’ -al igual que el franquismo- ejercía, más bien, el patrioterismo, que es el uso de la fuerza sobre tus compatriotas para imponer tu moral, voluntad e intereses con la patria como justificación.

De más está decir que los paramilitares de la Triple A se integraron con naturalidad en los grupos militares encargados de secuestrar, torturar y asesinar a los disidentes. La militancia de la izquierda peronista y marxista fueron sus blancos predilectos y componen gran parte de lo que llamamos ‘desaparecidos’.


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Lo que habremos hecho. A cincuenta años del último golpe de Estado en Argentina

Algo habrán hecho

Cuando desaparecía un vecino, cuando un compañero de pupitre en el colegio ya no aparecía en clase, se decía aquello de «algo habrán hecho». Y con eso se decía uno a sí mismo que eso no le pasaba a la gente normal como uno, a las buenas gentes que no se metían en nada, que trabajaban con la boca cerrada y mirando siempre pal frente para no ver lo que podía pasar al costado y que eso de no aparecer más le pasaba a aquellos que estaban metidos en cosas raras.

Cosas raras era ejercer tu derecho a la libre opinión y asociación y demás derechos que defiende el mismo liberalismo que apoyó y financió al golpe de Estado desde el interior y exterior del país. 

Y con ese «algo habrán hecho» se calmaba la conciencia, se recuperaba la tranquilidad y se seguía con esa supuesta normalidad de la rutina mientras las fuerzas represivas del Estado en manos del ‘partido militar’, de la casta armada meciánica que actuaba con la connivencia de la mayor democracia del mundo, los Estados Unidos, desplegaba una basta red de represión, secuestro, tortura y silencio a la vez que desmontaba cualquier atisbo de Estado de bienestar para abrir el terreno a las políticas neoliberales que el capital financiero multinacional necesitaba aplicar en la región.

Y finalmente se implantó el neoliberalismo y se acabó con los movimientos revolucionarios y con los jóvenes dispuestos a luchar contra el capitalismo y que eran el gran escollo a superar por el nuevo paradigma mundial que ya no es hoy una idea económica sino una fe irracional de la casta empresarial. Pero que, incluso en sus primeros tiempos, en sus primeros pasos entre nosotros como modelo económico novedoso, ya empezó con las manos -y los pies- manchadas de sangre. Basta recordar la escuela de Chicago en el Chile de Pinochet, por poner sólo un ejemplo. 

En mi país, en Argentina, el paradigma económico en el que vivimos hoy, el neoliberalismo, necesitó 30.000 desaparecidos. 

50 años después: revisionismo y consenso 

Mientras una parte recuerda aquel «nunca más» con el que el fiscal Julio César Strassera acabó su alegato final en el primer juicio a los golpistas que retrató la película 1985 y que ha servido de compromiso social, de pacto de consenso para no volver a permitir semejante atrocidad, otra parte de la sociedad argentina, la que llevó al poder al libertario Javier Milei con su voto, calla ante un gobierno revisionista que pretende exculpar a los genocidas resucitando el argumento de su defensa de que aquello fue una lucha contra el terrorismo.

El mismo gobierno que cuestiona la cifra de desaparecidos no por rigor histórico sino para imponer el negacionismo de los crímenes contra la humanidad perpetrados por aquel gobierno de facto que se instaló en el poder hace ahora cincuenta años. 

Si a los Rockefeller y a los Kissinger de ayer no le convenía ni la revolución ni la democracia en América Latina, hoy tampoco les conviene a los tecnócratas de Silicon Valley como Peter Thiel y Elon Musk. 

Así como ayer se desplazó el concepto de ‘comunista’ para que abarcara a la defensa del Estado de bienestar del peronismo, hoy se llama ‘zurdo’ -término que utilizaba la Triple A y los militares para señalar a la izquierda- al más tibio de los progresistas, haciendo que todo lo que quede a la izquierda del centro ya pase a ser considerado extremista. Algo que se repite en España cuando el PP y Vox llaman ‘dictador comunista’ a Pedro Sánchez. Y aquí, a igual que allá, la ultraderecha usa la patria como excusa mientras son financiados por Donald Trump. 

El enemigo ya no es la revolución sino el reformismo. Solo que esta vez se hace desde las instituciones y con el respaldo de los resultados en las urnas gracias a la desinformación y los algoritmos. 

Pero esta vez, también hay que decirlo, una parte importante de la sociedad sigue unida en el consenso de aquel ’nunca más’ pronunciado por un fiscal en los tribunales frente a los responsables de un genocidio. 

Fue aquel ‘nunca más’ y el posterior juicio y castigo a los militares por crímenes de lesa humanidad durante los gobiernos Kirschneristas lo que instaló el consenso de que no podemos permitir el horror en nombre de ningún orden. 

Después de todo, mientras que el orden es lo que exige el capital financiero, la libertad, la de verdad, se parece mucho más al caos.