
Érase una vez en Rivollywood: cuando Rivas fue la meca del cine hecho entre amigos
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
En lugar de los Oscar, tenían los Premios Oswald. Su particular *blockbuster*, en vez de la saga *Indiana Jones*, era la trilogía de *El rey Escalopendra*. ¿Y quién querría el oropel de Hollywood cuando podían disfrutar de las infinitas posibilidades que ofrecía Rivas-Vaciamadrid?
El municipio al este de Madrid se convirtió, en la primera década del siglo XXI, en un improvisado set de rodaje donde un grupo de amigos desplegó una imaginación libre, desprejuiciada y un poco *kamikaze*. Un movimiento cinematográfico sin mandamientos ni profetas, donde todos hacían de todo. La falta de presupuesto se suplía con creatividad, y el mejor efecto especial era una nevada repentina. Todo esto y mucho más pasaba en Rivollywood, un pequeño fenómeno que ahora rescatan sus propios artífices.
El documental *Érase una vez en Rivollywood* recupera la memoria de una singular escena cultural originada en Rivas a partir del año 2000. Compañeros de un multicines de la localidad se conocieron y se dieron cuenta de que compartían algo: no solo les encantaban las películas, sino que estaban locos por hacerlas. Comenzaron a rodar dramas, comedias, ciencia ficción, historias de terror y muchas aventuras con más ganas que recursos.
El resultado fueron decenas de cortos, mediometrajes y largos en menos de diez años. Una efervescencia que ahora José Luis Rojas, uno de sus principales representantes, desgrana en esta película de no ficción.
Aunque quizás no sea esta la definición más apropiada, *Érase una vez en Rivollywood* alterna las declaraciones de muchos de sus artífices (directores, intérpretes, técnicos, guionistas y, sobre todo, gente que hacía de todo) con el fascinante material que salió de sus cabezas y sus manos. Un viaje a través de los géneros y con un progresivo refinamiento, sin perder nunca el encanto de lo que está hecho sin un duro, con obras indescriptibles.
Los títulos probablemente no les sonarán, pero dan una idea del eclecticismo de esta filmografía colectiva: *La última sesión*, *El Sótano de Richard Pickman*, *El intruso*, *Sinox* o, cómo no, la trilogía de *El rey Escalopendra*.
José Luis Rojas se muestra visiblemente emocionado. Acaba de terminar una proyección en la Academia de Cine a la que han acudido los protagonistas del documental, que son también las amistades de su primera juventud.
La productora y directora Alicia Albares compara el aprendizaje de Rivollywood con el de escuelas de cine privadas: “En ellas prima la competitividad, mientras que en Rivollywood se trabajaba como un equipo, era algo más colectivo”.
Rojas está de acuerdo: “En el cine hay una jerarquía clarísima del director, el guionista, el productor… Nosotros cambiamos eso por el sentimiento de comunidad. Esa idea de que un extra se puede acercar al director y decirle *tío, tengo una idea buenísima*. ¡Y era buenísima!”. Comenta que, incluso cuando “la cosa se nos fue poco de madre, y creamos nuestros premios o nuestras productoras”, todo seguía discurriendo por una sensación de “juego”. Un afán lúdico, por dar con el penúltimo truco final, que quizás tiene más que ver con la concepción original del cine que la búsqueda del rédito económico o el prestigio dominantes en la industria.
Rodar, aprender y seguir rodando
El cineasta llevaba desde 2015 tratando de levantar este acercamiento a esos años en los que se curtió: “Acababa de hacer una webserie sobre vampiros que no funcionó muy bien y sentía cierta nostalgia por esa época, así que se me ocurrió homenajearla. En 2021 filmé mi primera película, *El efecto Darma*, y al darme cuenta de que estaba ahí gracias a ellos esa necesidad de agradecerlo fue a más”. Cree que, aunque fue “un movimiento local”, puede apelar a personas con una misma manera de entender el cine, la creatividad y el compañerismo: “Tiene un componente universal. Mi idea es que, si alguien quiere hacer cine y no sabe por dónde empezar, con el documental vea que simplemente cogimos una cámara y rodamos, daban igual los medios que tuviéramos y cómo quedara. Rodábamos, aprendíamos y seguíamos rodando”.
Animar a filmar era precisamente uno de los objetivos del cineasta con este proyecto: “Que si lo ve alguien que quiera hacer cine, pues diga… *mira estos, lo que han hecho*. Que no nos cortábamos y se puede hacer lo que uno quiera, o casi. Que no te van a juzgar porque lo estás haciendo con los amigos. Que uno me puede ayudar en esto y otro en lo otro. Que luego puedes crear tus propios festivales, porque como no teníamos acceso a festivales en aquella época, nos creamos nuestros galardones. Todo era cine, ver películas, hacer programas… A cualquier hora del día, de la noche y de la madrugada”.
A Rojas le vienen a la mente “domingos a las 8.00 de la mañana en las que nos daba por grabar una peli loca de aventuras”. Jornadas imprevisibles que fueron toda una enseñanza: “Aprendí a colocar la cámara, qué funciona en la acción o para dar emoción… Y lo hacía gracias la gente que me acompañaba”. Precisamente en ese momento de la charla se sienta junto a él Diego Cabezuelo, uno de sus actores fetiche. Nada menos que Oregon Jones, el protagonista de *El Rey Escalopendra*.
La conversación deriva hacia aspectos técnicos y la austeridad con la que filmaban, sobre todo los primeros años. En un momento en que las opciones tecnológicas y económicas eran especialmente complejas, adoptaron el formato MiniDV, con las limitaciones que implica el vídeo. La llegada de las primeras cámaras digitales facilitó los rodajes (y los montajes), pero nunca dejaron esa parquedad de medios. Mientras, fueron arrastrando a amigos, parejas, familiares y compañeros de trabajo que ensanchaban el universo Rivollywood. El cielo era el límite… al menos, en el primer boceto de las historias.
“Teníamos la filosofía de que la primera escritura del guion teníamos que pensarla como si tuviéramos el mayor presupuesto del mundo, escribir lo que de verdad quieres. Luego ya llegaban los planes B, C… Si al final no pueden venir ni los cuatro colegas con los que contábamos, ya nos buscaríamos la vida. Es ahí cuando te tienes que preguntar cómo rodar lo que pensabas mostrar con otros medios”, explica Rojas. A falta de efectos especiales (la llegada años después del *After Effects*, con su correspondiente facilidad para simular disparos o explosiones, sería como encontrar agua en el desierto), el reflejo de unos espejos puede servir para hacer pasar a cinco personas por una multitud. “La IA la hubiéramos usado a saco”, admite, aunque dice no ser demasiado fan de muchas de sus implicaciones.
Rivas, plató de cine
Uno de los entrevistados de *Érase una vez en Rivollywood* es Ricardo Mayoral, concejal de Juventud del Ayuntamiento de Rivas en la época más esplendorosa del fenómeno. La corporación municipal respaldó económica o dotacionalmente al movimiento en determinados momentos, aunque su principal aportación fue dar carta blanca. “En un principio hacíamos lo que nos daba la gana. Grabábamos persecuciones en coche a las 3.00 de la madrugada. Hoy en día eso sería impensable, la ciudad está mucho más urbanizada así que tendríamos que irnos más lejos para no molestar a nadie”, recuerda Cabezuelo.
“El engranaje funcionaba muy bien por el sitio donde era. No solo porque es el lugar donde nos juntamos todos los que teníamos una pasión increíble por el cine, sino por sus características. A nuestra disposición había entornos urbanos, zonas más rurales, búnkeres de la Guerra Civil abandonados y un montón de espacio libre”, recalca Rojas. Su actor fetiche apostilla, eso sí, que el rey de los escenarios era “el descampado”.
Aquella nevada citada al inicio fue uno de los grandes hitos en el potencial cinematográfico de Rivas. Corría el año 2005 cuando un manto blanco cubrió la localidad. Rojas aprovechó esta anómala circunstancia y en cuanto se levantó de la cama movió cielo y tierra para filmar una secuencia con Cabezuelo. Esas escenas se convirtieron luego en el arranque de *El rey Escalopendra 3*.
Esta saga acabó por convertirse en la creación más depurada de Rivollywood. Su tercera entrega, de hecho, se rodó a lo largo de más de un año: “Hubo cortos que hicimos en dos noches. Pero en *El rey Escalopendra 3* la secuencia final, en las vías del tren, se filmó entre un verano y el siguiente. Claro que en esa misma peli hay otras en las que pasaron diez minutos desde que las dibujamos en una servilleta hasta que las habíamos grabado”, rememora el director.
Un tiempo en el que filmar todavía era excepcional
Si la ubicación en la que se forjó Rivollywood contribuyó a la excepcionalidad del fenómeno, también lo hizo el momento temporal. Una etapa en la que tenían acceso a las cámaras, pero en la que filmar aún era algo fascinante, casi inaudito. Diego Cabezuelo cree que la generalización de los dispositivos de grabación a través de los móviles, y la forma en la que se enfoca hoy el audiovisual, complica este tipo de movimientos creativos: “Tienen TikTok, plataformas de *streaming* y en general una sobreproducción. Todo el rato cuentas con tantas cosas donde elegir que quizás la calidad incluso merma porque lo que importa es producir mucho contenido”.
A comienzos de los 2000, en cambio, la viralidad era que te parara un vecino: “Las cintas de VHS empezaban a repartirse por Rivas y de repente el panadero te decía que te había visto en una peli”. Rojas recuerda que en esa época “te explotaba la cabeza al verte en una pantalla”, algo a lo que ya estamos mucho más acostumbrados. “Eso se ha perdido, igual que parte de la mitomanía del cine o de las salas. Ya tampoco se analiza tanto cómo se hacen las películas o cómo se ha montado una escena”, añade.
Para Cabezuelo, además, en el cine español falta riesgo: “A lo mejor ahora hay gente que coge y hace un corto más intimista, un poco personal. Se ve algún corto de ciencia ficción, pero por ejemplo es muy raro dar con alguno de aventuras. Parece que da vergüenza hacer cosas entretenidas y da miedo arriesgar. Mucha gente dice que se hacen demasiadas películas de la Guerra Civil. Yo no estoy de acuerdo, pero sí me pregunto por qué tan pocas de ellas son cine bélico. No hay que temer a los géneros”.
De la autogestión a la industria
José Luis Rojas ha vivido en sus propias carnes el paso de una forma de entender el cine completamente libre a otra constreñida por el calendario, el presupuesto o las limitaciones de agentes externos. Lo mismo ha ocurrido con otros directores, productores, directores de fotografía e intérpretes implicados en Rivollywood como Pedro Ruiz, Iker Méndez, David Gutiérrez o Lucía Caraballo.
“Teníamos una libertad única. Un día podías llegar y, si las cosas no salían, volver a casa e intentarlo el siguiente. En la industria no tienes esa opción. Si tienes que rodar 30 planos en una jornada, o lo haces o estás jodido”. Echa en falta ese margen “para ser original y para innovar”, pero también “para reírte con tus amigos”. “Nos daba todo igual, mezclábamos los géneros como queríamos y usábamos música de Hans Zimmer o de John Williams mientras mi abuela nos preparaba el vestuario”. En cambio, cree que el cine elaborado desde la industria “no es divertido de hacer”.
Ambos recuerdan el estreno de *El rey Escalopendra 3* en el mismo multisalas de Rivas en el que su corriente cinematográfica comenzó a forjarse. Al respecto, José Luis Rojas cuenta una bonita anécdota: “Por entonces algunos colegas ya tenían hijos. Los peques flipaban, no acababan de entender lo de que sus padres salieran en una película de acción, con tiros, persecuciones y muchos saltos. Todo era más excepcional”. Desde luego esa palabra define a la perfección lo que supuso Rivollywood, antes de que sus integrantes comenzaran a disgregarse alrededor de 2009: un cometa de creatividad que dejó mella en un humilde municipio a las afueras de Madrid.













