
Crónica de un Atardecer en el Bar del Tanata
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Al caer la tarde, en el bar del Tanata, la conversación fluye entre cafés y observaciones sobre la actualidad. Andrés, sin preámbulos, lanza la primera reflexión: “Los premios Goya son el único lugar donde uno puede ver a alguien cobrar una subvención y, al mismo tiempo, protestar contra el sistema que se la ha concedido”. Una metanarrativa presupuestaria que, según su interlocutor, haría pedir ‘royalties’ al mismísimo Buñuel.
Alfombra Roja y Compromiso Selectivo
La alfombra roja, esa “procesión de indignación bien planchada”, donde la combatividad se mide por la combinación del pañuelo y el discurso. “La coherencia sin estilismo no luce”, sentencia Andrés, dejando claro que hasta la denuncia del capitalismo salvaje debe tener sus límites estéticos.
El problema, según se debate, radica en la confusión entre compromiso y micrófono.
La conciencia parece descansar hasta que la cámara enfoca, momento en que brota una épica digna de Numancia. La política, por su parte, ha copiado el tono de la gala, convirtiendo todo en una entrega de premios sin premio, donde el Congreso se alzaría con el ‘Goya al Mejor Escándalo Recurrente’.
Pactos y Contexto
“Unanimidad fingida”, se aclara, porque aquí nadie pacta nada, pero todos pactan algo. Una coreografía en la que primero se insultan con furia ibérica y luego se reparten las comisiones con discreción suiza. El contexto, esa palabra mágica que convierte una chapuza en una estrategia de Estado, parece ser más abundante que el propio Estado.
La política española se ha vuelto didáctica, explicando todo como si el público fueran niños de ocho años, pero firmando acuerdos como si nadie supiera leer.
La capacidad de indignarse selectivamente es admirable: si el adversario comete un error, es el fin de la democracia; si lo comete el propio, es “contexto”.
Regeneración y Creatividad
Aquellos que prometían regeneración, se regeneraron, pero hacia dentro, como las lagartijas. Todos venían a acabar con el bipartidismo, con el amiguismo y con los privilegios, y lo han conseguido: ahora hay más partidos, más amigos y más privilegios. Un progreso aritmético, sin duda.
España es un país creativo, inventando fórmulas nuevas para hacer exactamente lo mismo que antes, pero con eslóganes distintos. “La gente sufre”, dicen, mientras revisan el coche oficial.
“La gente no llega a fin de mes”, proclaman desde un ático que sí llega a fin de calle. Lo verdaderamente moderno es ser antisistema desde dentro del sistema, una rebeldía con nómina fija.
Crítica y Voto
Lo que une a los Goya y a la política es el discurso épico financiado por transferencia bancaria, la revolución con factura y ‘photocall’. Pero lo más español de todo es que, al día siguiente, se critica todo en el bar con una superioridad moral exquisita… y luego se vota lo mismo o se ve la misma gala.
El Olvido y el Esperpento
“¿Qué me dices de lo de las víctimas del tren de Córdoba?”, pregunta Andrés.
Los del mundo del cine no tuvieron recuerdo alguno para ellos. Un país de espectadores indignados, que protestan con mucha energía, siempre que no implique levantarse del sofá, o quizá sí, para cambiar de canal.
España es una película interminable, con mucho diálogo elocuente, poca trama coherente y un final que se reescribe cada legislatura. Nadie dirige, aquí todo el mundo improvisa. Es cine de autor colectivo, como un Albert Serra perpetuo.
“Pues que nos den ya el Goya a Mejor Comedia Involuntaria”, se concluye, porque drama hay, pero lo que de verdad domina es el esperpento.
El camarero sentencia: “Esperpento lo de la Susan Sarandon esa…”. Los del mundo del cine se piensan que aprenderse un papel es sinónimo de tener una opinión seria. Al final, todo se reduce a otra copa y la sensación de ser productores satisfechos de una película que nadie entiende del todo, pero que se sigue financiando año tras año con entusiasmo patriótico.













