
La Peligrosa Alianza entre Extrema Derecha y Fundamentalismo Religioso
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La imagen de figuras religiosas imponiendo sus manos sobre Donald Trump no es un acto de fe, sino una demostración de poder. Representa la unión entre la extrema derecha política y religiosa, una coalición que busca controlar conciencias y avanzar una agenda global que atenta contra los derechos humanos.
Un Dios Vengativo y Cruel
El dios que bendice esta alianza es un dios militarista, negacionista del cambio climático, cómplice de la violencia de género, que discrimina por origen y color de piel, y justifica guerras y genocidios. Es un dios que utiliza la religión para sembrar odio.
Esta escena en la Casa Blanca no es un simple gesto de un presidente impredecible, sino parte de una transformación institucional deliberada. Bajo el mandato de Trump, las reuniones gubernamentales se inician con oraciones cristianas y versículos bíblicos. Una Comisión de Libertad Religiosa redefine los límites entre gobierno y religión, proponiendo retirar fondos a escuelas consideradas “hostiles a la fe” y persiguiendo a quienes se opongan al cristianismo.
Trump declaró abiertamente su intención: “Las personas no pueden ser felices sin religión… Tenemos que traer de vuelta la religión a Estados Unidos, más fuerte que nunca”. Un comisionado incluso afirmó: “Estamos en una guerra religiosa y cultural, y cada uno de nosotros es un combatiente”.
Cristofascismo y la Internacional del Odio
Esta alianza no es nueva. En los años setenta, Dorothee Sölle acuñó el término “cristofascismo” para describir el apoyo de sectores cristianos al nazismo. En España, esta unión entre poder político autoritario y religión se manifestó en el nacionalcatolicismo franquista.
Actualmente, teólogos como Juan José Tamayo hablan de “cristoneofascismo” para referirse a la alianza entre la extrema derecha política, el ultraliberalismo económico y movimientos cristianos integristas. En este contexto, su libro “La internacional del Odio” se vuelve esencial.
El Discurso Colonial Reconfigurado
La alianza actual entre la extrema derecha y el fundamentalismo religioso es reaccionaria en términos de género y mantiene una profunda raíz colonial. Durante siglos, el discurso de la “civilización cristiana” justificó conquistas, dominación y expolio de recursos en todo el mundo. Hoy, reaparece con nuevos lenguajes que hablan de defensa de Occidente, lucha contra la decadencia moral, ideología de género, reemplazo e invasión. En esencia, se trata del mismo relato que presenta a una civilización como superior y necesita enemigos para reafirmarse.
Trump está utilizando el nacionalismo cristiano como pilar de su liderazgo político. Se presenta como defensor de la fe, el líder elegido por Dios para restaurar y proteger los valores tradicionales de Occidente. Este nacionalismo cristiano necesita un enemigo interno (inmigración, progresismo, feminismo, diversidad) y un enemigo externo (comunismo, islam) para cohesionar a sus electores y legitimar su poder.
En este contexto, la religión se convierte en violencia, un relato que sacraliza al líder de la nación y transforma la violencia en una guerra santa. La política exterior se convierte en una misión mesiánica que defiende la superioridad moral de Occidente para justificar intervenciones, expansión de intereses estratégicos y violaciones del derecho internacional.
Un Feminismo Antirracista y Decolonial
Religión, nación y supremacía civilizatoria se entrelazan para sostener estructuras de dominación que no son nuevas, sino la continuación del proyecto colonial, ahora relanzado desde la Casa Blanca con una Biblia en la mano. Ante esto, necesitamos un feminismo que no sea liberal ni solo occidental. Un feminismo capaz de ver la imagen completa del patriarcado y del colonialismo, de la violencia de género y de la violencia imperialista, sobre los cuerpos de mujeres, hombres, niñas y niños que habitan territorios saqueados y bombardeados.
Porque todas estas violencias tienen el mismo origen y se sostienen mutuamente. Un feminismo antirracista y decolonial no es una opción más dentro del movimiento, sino la condición para que el movimiento sea verdaderamente emancipador.












