
EEUU e Israel libran una guerra contra un Irán que creen conocer, pero la realidad es muy diferente
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Cuando Israel y Estados Unidos iniciaron su ofensiva coordinada contra Irán, la estrategia militar adoptada se asemejó a un manual de guerra aérea: neutralizar las defensas, socavar la capacidad de represalia y eliminar a los líderes clave.
Las ya debilitadas defensas aéreas iraníes, tras la guerra de 2025, fueron aún más desmanteladas para asegurar un espacio aéreo sin oposición. Con el objetivo de reducir la capacidad de respuesta de Irán, se atacaron fábricas de misiles, instalaciones de drones y recursos navales.
A través de ataques de precisión constantes, se han eliminado altos mandos con el fin de complicar la toma de decisiones en Teherán.
Desde una perspectiva operativa, las ventajas son claras. Una vez que se controla el espacio aéreo, la guerra se vuelve más económica, con municiones abundantes y accesibles que reemplazan los sistemas de largo alcance necesarios para la defensa aérea.
La estrategia de eliminar al régimen busca influir en el proceso de toma de decisiones del enemigo.
Se cree que al eliminar sistemáticamente a los líderes experimentados, el sistema se verá afectado por problemas de sucesión, desconfianza y coordinación interna. Esto afectaría la calidad de las decisiones, alargaría los tiempos de respuesta y debilitaría la coherencia. La inestabilidad en la cúpula se convierte en un arma en sí misma.
Sin embargo, el dominio de las tácticas no garantiza una estrategia clara.
El principal riesgo de esta campaña militar radica en las suposiciones sobre el comportamiento de Irán bajo presión y los efectos de dicha presión.
Confrontación y negociación
La política estadounidense ha oscilado durante décadas entre dos imágenes distorsionadas de Irán: una teocracia mesiánica capaz de soportar cualquier costo y una dictadura frágil al borde del colapso. Sin embargo, la realidad del gobierno iraní ha sido menos dramática y más persistente. La ideología es esencial para la autopercepción de Irán, pero nunca ha operado independientemente del instinto de supervivencia del régimen.
Bajo el ayatolá Ali Jamenei, Teherán demostró repetidamente que la postura revolucionaria puede coexistir con el pragmatismo. El acuerdo nuclear de 2015 fue la prueba más clara. Cuando la presión de las sanciones amenazaba la estabilidad económica y, por ende, la continuidad política, Jamenei no tuvo problemas en referirse públicamente a Estados Unidos como el “Gran Satán”, mientras autorizaba negociaciones directas en privado. Esto no representó una conversión ideológica del régimen, sino un cálculo estratégico.
Teherán mantuvo canales de comunicación parcialmente abiertos incluso después de que Washington se retirara del acuerdo nuclear y Tel Aviv intensificara su campaña encubierta de operaciones cibernéticas, asesinatos y sabotajes contra activos iraníes. Desde la perspectiva iraní, confrontar y negociar no eran opciones excluyentes, sino paralelas, aplicadas con una lógica fría y siempre vinculadas a la preservación del régimen.
Esta historia es relevante porque cuestiona una premisa fundamental que circula actualmente en varios círculos políticos: que una presión militar suficiente provocará la rendición, fragmentación o desmoronamiento previsible del sistema iraní. Tal vez eso sea lo que suceda finalmente, pero no está predeterminado.
La estrategia de Irán
Una definición más limitada y factible de victoria para el régimen iraní es, simplemente, sobrevivir. La guerra de 12 días del año pasado infligió graves daños a las capacidades iraníes, pero Teherán consideró el resultado como un éxito porque resistieron.
En Isfahán, un famoso fresco de la batalla de Chaldirán ilustra este punto. En la pintura, los persas aparecen triunfantes después de derrotar a su adversario turco. Sin embargo, los registros históricos indican lo contrario: Chaldirán fue una victoria decisiva de los otomanos. Pero el fresco no busca tanto borrar la derrota como replantearla.
Para Irán, Chaldirán no es una historia de pérdida, sino una oda a la resistencia heroica contra un enemigo superior en número y armamento. La derrota puede reformularse como una prueba de valor, y la resistencia puede venderse como un triunfo.
El conflicto es así una contienda entre líneas temporales opuestas. Irán apuesta por la resistencia, mientras que Israel y Estados Unidos apuestan por la fuerza abrumadora.
Incapaz de igualar el poderío militar de Israel y Estados Unidos, la estrategia de Irán es prolongar el conflicto en el tiempo y en el espacio.
Sus drones y misiles han atacado Israel y bases estadounidenses e infraestructuras comerciales en todo el Golfo. Por lo general, los ataques son limitados, pero buscan la acumulación. Teherán no solo quiere causar daños, sino provocar fricción: obligar a su adversario a defender múltiples frentes, poner a prueba la resistencia política en la región y aumentar gradualmente el costo económico y psicológico de no cambiar de rumbo.
El ritmo mesurado también sugiere otro cálculo: los planificadores iraníes saben que sus instalaciones de fabricación de drones y misiles son objetivos prioritarios y podrían no sobrevivir a un bombardeo prolongado.
Por lo tanto, es imperativo evitar un consumo espectacular pero agotador del arsenal. Preservar la capacidad residual. Dosificar la lucha. Mantener en la reserva opciones para escalar.
En una guerra larga, la moderación es una forma de preparar la próxima fase.
El conflicto es así una contienda entre líneas temporales opuestas. Irán apuesta por la resistencia, mientras que Israel y Estados Unidos apuestan por la fuerza abrumadora. Una oleada de ataques aéreos que termine con las capacidades de Irán antes de que se afiancen el desgaste por la guerra, los temores de los mercados y las repercusiones regionales.
¿Y qué pasa si la campaña logra realmente debilitar al régimen? Es posible que el resultado político no sea el que algunos parecen esperar. La idea de que los ataques sostenidos provocarán un levantamiento interno, o fracturarán al Estado, es síntoma de una pobre apreciación del sistema y su resistencia, así como de la sociedad que vive incómodamente debajo de ese sistema.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica no es solo una institución militar.
Es un imperio económico, un actor político y un pilar ideológico. Atacar a su cuartel general y a sus órganos de seguridad puede complicarles la represión, y hasta podría abrir oportunidades de protestas futuras. Pero provocar el cambio desmantelando una institución tan arraigada en la arquitectura estatal solo con ataques aéreos rara vez ha tenido éxito.
Exportar el desorden
El panorama interno de Irán tampoco tiene líneas tan claramente divisibles como a veces las imaginan los analistas externos.
Aunque las minorías étnicas han sufrido agravios reales, la mayoría desconfía de los escenarios que conducen a la fragmentación nacional. Incluso muchos iraníes que se oponen al régimen y deseaban una intervención militar extranjera para derrocarlo rechazan la posibilidad del derrumbe total del Estado por temor al caos que puede seguir. Una cosa es querer que cambie el sistema y otra muy diferente desear que se rompa el país. Un temor que crece con las informaciones de que los militantes kurdos en las fronteras occidentales, respaldados por Israel y EEUU, se preparan para un ataque por tierra contra el Gobierno central.
Las implicaciones para la región de un Estado iraní que comienza a fallar serían profundas. La inestabilidad podría extenderse al ya frágil orden político de Irak y agudizar las tensiones con Turquía, que considera una amenaza existencial las autonomías kurdas en cualquier parte de la región. Una estrategia basada en el desmoronamiento de Irán corre el riesgo de exportar el desorden a una zona que de eso ya tiene demasiado.
Pero por muy importante que sea el fresco de Isfahán para comprender la mentalidad iraní, o la capacidad de adaptación y supervivencia de un régimen que en la guerra con Irak de los 80 absorbió casi medio millón de víctimas, o billones de dólares en daños por los muchos años de sufrimiento económico derivado de las sanciones, también es fundamental comprender que el asedio a sus líderes los hace propensos a errores de cálculo.
Irán podría quedarse sin municiones, o sin capacidad para acceder a su potencia de fuego, antes que Israel y Estados Unidos. A diferencia de Ucrania, no tiene apoyos externos para un reabastecimiento continuo.
Su política de arrasar al resto de la región podría llevar a sus vecinos de la defensa al ataque, quemando puentes para años venideros. Y el régimen iraní, ampliamente detestado, ha llevado a la economía y al medio ambiente nacional al borde del colapso.
No está claro si esta guerra quebrará a Irán, pero es una posibilidad. Tanto si ocurre como si no, Teherán, sus vecinos, y hasta sus agresores, saldrán perdiendo.












