He estado diez días sin tomar nada de azúcar y esto es lo que ha cambiado

He estado diez días sin tomar nada de azúcar y esto es lo que ha cambiado

Así es como mi intento de estar una semana restringiendo el consumo de azúcar se acabó convirtiendo en diez días y lo que aprendí por el camino

Qué debes tener en cuenta si quieres sustituir el azúcar, según un nutricionista: “El objetivo es reeducar el paladar”

Para quienes nunca hemos seguido una dieta hipocalórica, no leemos la letra pequeña de las etiquetas y no rechazamos ningún plan por las calorías, dejar el azúcar supone romper la barrera de la pereza, tomar parte activa y empezar a cuestionar todo lo que solemos dar por hecho con respecto a la alimentación.

Como contexto, añadiré que en mi día a día trato de priorizar opciones ecológicas, de proximidad y temporada, y hace casi diez años que, lejos de una dieta vegana, intento no consumir carne. También, por qué no, que una vez mi hermano me definió como “dulcetariana”. 

Los estudios más completos sobre dieta en España sitúan el consumo medio de azúcar en alrededor de 70 gramos al día por persona, según el proyecto ANIBES; casi el triple de los 25 gramos de azúcares libres o el 5% de las calorías diarias que indica la OMS. Yo, que suelo llevar algo de chocolate en el bolso –un “por si acaso” de herencia materna– tampoco me siento identificada por los datos porque hago un consumo ocasional, no desayuno galletas, no echo azúcar al café ni me gustan los dónuts. Pero el azúcar no siempre se presenta de manera evidente, tiene mil formas y a veces incluso se disfraza de salado.

No hay buen momento

El primer problema no fue dejarlo, sino elegir cuándo empezar. Entre un viaje a Lisboa en el que renunciar a los pastéis de nata no era una opción, mi cumpleaños con su correspondiente tarta y los excesos de una boda, me di cuenta de hasta qué punto el azúcar forma parte de nuestra cultura, tanto para celebrar lo bueno como para consolarnos en lo malo. Y sí, mi primera conclusión llegó antes de dejar el azúcar: el momento perfecto es una ficción muy cómoda que siempre parece estar a una semana de distancia.  

Tenía tantas dudas sobre qué podía o no tomar, y tan poco tiempo para dedicarme a resolverlas, que me bloqueé y solo desayuné un plátano

Comencé el reto un lunes –el peor día que se puede elegir para iniciar cualquier cosa, si me preguntan– después de acabarme la tarta de cumpleaños el domingo por la noche frente a una serie. Tenía tantas dudas sobre qué podía o no tomar, y tan poco tiempo para dedicarme a resolverlas, que me bloqueé y solo desayuné un plátano.

A medio día comí arroz con verduras y huevo, como podría haber hecho cualquier otro día, pero la tarde fue más difícil de lo que me esperaba.


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He estado diez días sin tomar nada de azúcar y esto es lo que ha cambiado

No es que viviera un síndrome de abstinencia de película, ni sudores fríos pensando en bollitos prohibidos, pero me vino la regla. Después de una jornada de trabajo intensa, y menstruando, el cuerpo me pedía a gritos ese refuerzo positivo al que lo he acostumbrado: un trocito de chocolate.

Me llegué a levantar e ir a la cocina a dar un par de vueltas de pura ansiedad, una reacción sutil pero que me dejó pensando. Si finalmente no sucumbí a la tentación fue, en primer lugar, por orgullo –cómo no iba a ser capaz de pasar un solo día sin azúcar– y, para ser honestos, porque preventivamente tampoco tenía chocolate en casa. 

Un detalle de cariño

Mi amiga Belén, que quiso unirse a mi experimento, sufrió casi cada mañana la tortuosa prueba de fuego que supone encontrarse con deliciosos dulces en su lugar de trabajo: el primer lunes una compañera llevó bica, el martes hubo tarta de Santiago y napolitanas y el jueves, pasteles. “Me lo están poniendo muy difícil”, me decía el martes. “Nunca traen tanto dulce en la misma semana”, se quejaba el jueves.

Pensé lo mismo cuando mi madre me ofreció unos minicroissants que le habían regalado o cuando, otro día, fui a visitar a mis tíos y sacaron una caja de palmeritas.


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He estado diez días sin tomar nada de azúcar y esto es lo que ha cambiado

Empezaba lo interesante. La segunda conclusión fue que no solo estábamos dejando un ingrediente o un sabor, estábamos rechazando un gesto afectivo, una costumbre social no solo aceptada, también profundamente arraigada.

Nadie me había mirado raro por comer azúcar, pero noté que no hacerlo podía molestar. “¿Estás intentando hacer sentir mal a los que tomamos azúcar?”, “pues ahora no lo voy a tirar”, “esta semana vas a ser una persona aburridísima”, “¿no tendrás un TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria)?”. Algunas de estas frases no fueron dichas tal cual en voz alta, pero sí transmitidas, estaban ahí. Aun así, lo sentí socialmente mucho más aceptado que dejar la carne.

Menos preguntas que contestar. 

“Solo soy un terrón de azúcar”, canta Rosalía en Berghain, y la RAE ofrece grato, gustoso, afable, apacible o complaciente como sinónimos de dulce y define dulzura como una “palabra cariñosa, placentera”. Si las palabras importan, lo dulce juega con ventaja. Un sabor que, ya en el latín dulcis, se usa para describir una cualidad moral, un rasgo de carácter deseable. Increíble estrategia de marketing milenaria.

“¿Y si me da un bajón de azúcar?”

El segundo día Belén tuvo un dolor muy fuerte de cabeza. “No sé si puede ser por un bajón de azúcar o porque entré pronto a trabajar, no he parado y solo me tomé un café (sin azúcar) en toda la mañana”, me contaba en un mensaje. Esa misma tarde, después de un paracetamol, quedamos para merendar con amigas. Spoiler: no había nada para nosotras y solo nos pedimos un café, que nos sirvieron con dos azucarillos y una galletita que tampoco probamos, mientras a nuestro lado pasaban los croissants.

Me dio vergüenza preguntar si la leche de avena que servían tenía azúcares añadidos.

La segunda conclusión fue que no solo estábamos dejando un ingrediente o un sabor, estábamos rechazando un gesto afectivo, una costumbre social no solo aceptada, también profundamente arraigada

Día dos y yo, a pesar de que me encontraba bien, ya me imaginaba desmayada, con las piernas en alto y pidiendo, en vez de una ambulancia, una chocolatina urgente.

“Dejar el azúcar no debería ser problemático, y no podemos decir que quitarse el azúcar sea peligroso, el problema es que estamos acostumbrados a esas ingestas y al privarnos podemos tener efectos que son desproporcionados”, me explica el nutricionista Aitor Sánchez, director del Centro de Nutrición Aleris, sobre los bajones de azúcar o dolores fuertes de cabeza. “Si llevas toda la vida desayunando y practicas por primera vez deporte en ayunas, puedes marearte aunque objetivamente no debería ser una situación que provocase mareo”, compara. 

“Sí que hay casos en los que al dejar el azúcar hay unas sintomatologías un poco parecidas al síndrome de abstinencia, aunque no es lo más común”, reconoce el experto que, ante todo, insiste en que “no se trata de que necesitemos azúcar, es por la falta de costumbre”.

En este punto parece pertinente diferenciar entre azúcar añadido, liberado o intrínseco. Aitor Sánchez fue quien me explicó que no todos los azúcares son iguales: hay dos tipos de azúcar libre, ambos a evitar: el añadido, como en el caso de los refrescos o los ultraprocesados, y el liberado, que suele estar en los zumos de fruta. El otro azúcar, el intrínseco, es saludable y lo encontramos de manera natural en frutas y verduras. “Como el azúcar no es imprescindible, no existe una cantidad diaria recomendada”, me asegura el nutricionista.


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El tercer día, con dudas sobre si el muesli y la leche de avellanas, que prometían no llevar azúcares añadidos, mentían, me descargué una aplicación para que me resumiera y tradujera las etiquetas a un idioma comprensible. Quiero pensar que la app es fiable y que efectivamente ambos productos son bajos en azúcar. 

“Lo llevo bien, me estoy acostumbrando”, me decía Belén, que compró frutos secos para llevar al trabajo y cambió la galleta que se tomaba cada noche con una infusión por una fruta. Yo también sentía que me costaba menos que al principio, pero en el fondo deseaba acabar el reto y celebrarlo con un atracón de chocolate.

No me resultaban difíciles las comidas, en las que simplemente tenía que evitar platos preparados y ultraprocesados y apostar por verduras, legumbres, pastas y productos frescos –lentejas, ensalada de pasta, lasaña, soja texturizada con verduras o tortilla fueron algunas de las comidas principales de la semana–. Mención de agradecimiento a los cuidados de mi pareja y a mi madre, siempre atentos a este aspecto.

El azúcar no es imprescindible y, por tanto, no existe una cantidad diaria recomendada

Aitor Sánchez
nutricionista

Lo más complicado era el cambio y la reformulación de hábitos cotidianos y el estado de alerta. Rechacé los snacks salados de un amigo en el cine porque no podía pararme a leer la composición y cambié un plan de chocolate con churros por uno de cerveza y pincho de tortilla, con muchas dudas sobre si era una opción realmente más saludable.

Pedí una clara de limón, pero al momento me di cuenta de que ese limón estaría azucarado y rectifiqué a una de gaseosa. Aquí se abrió un debate sobre si la gaseosa lleva azúcar que se terminó suponiendo que no debería aunque quizás dependa de la marca. La cerveza sí lleva azúcares, no añadidos sino provenientes de los cereales con los que se elabora y, por supuesto, tampoco es una opción saludable.

Quizás la tercera conclusión, muy en línea con las anteriores, llegó al dejar de ver el azúcar solo en las cosas dulces y empezar a identificarlo como un intruso en todos mis planes.

No era suficiente con cambiar lo que comía, también suponía repensar los lugares a los que iba e invertir más energía en planear las compras.

Cuando deja de ser un esfuerzo

A partir del cuarto o quinto día todo se volvió más fácil. No es que desaparecieran los antojos o que el dulce me provocara rechazo, ni mucho menos, pero inesperadamente el impulso ansioso se rebajó. Con la compra hecha a conciencia, incluyendo opciones ricas, saludables y bajas en azúcar, el reto dejó de ser dramático y pasó a estar más o menos interiorizado.

Así, lo que iba a ser una semana se convirtió en diez días y, mientras escribo, no siento prisa por romper la racha. “Esta semana no llevaron dulces a mi trabajo”, me actualiza Belén. “Así que creo que voy a intentar mantenerme unos días más así”, coincide conmigo.

No era suficiente con cambiar lo que comía, también suponía repensar los lugares a los que iba e invertir más energía en planear las compras

No es que el azúcar se haya convertido en mi enemigo, ni que tenga la intención de eliminarlo de mi vida para siempre, pero siento que los primeros días fueron los más difíciles y he empezado a construir mejores hábitos.

Quizás es pronto, pero por ahora no he notado una mejora de mi concentración ni percibo que mi piel esté mejor como aseguran algunos usuarios en TikTok tras un experimento similar al mío. Sí que me siento más enérgica y activa, pero no sabría confirmar si por el azúcar, por el ciclo hormonal o porque ha salido el sol. 

La última conclusión, tras diez días intentando no consumir azúcar, es que empecé a verlo. Lo automático y lo fácil es consumirlo, por tradición y porque estamos agotadas para exigirnos tanto. “Una al año no hace daño”, nos autoconsolamos.

Pero verlo cambia algo. Si el saber es poder, y asumiendo que vivimos en el Chupilandia que escribió Gloria Fuertes, verlo me permite decidir.