¿Puede existir un feminismo de ultraderecha?

¿Puede existir un feminismo de ultraderecha?

El nacionalismo y la economía acercan cada vez más a mujeres jóvenes que se reconocen como feministas a una ultraderecha que cambia el discurso antifeminista por recetas ultraliberales, mientras señala a los migrantes como responsables de la violencia sexual y machista

La ‘era postMeToo’: el feminismo afronta una contraofensiva en auge que busca silenciar la violencia sexual

En el escenario hay cuatro mujeres en una habitación casi vacía. Sonrientes, seguras de sí mismas, impecables. La caracterización de las actrices deja poco lugar a las dudas: una es Marine Le Pen, la lideresa de Agrupación Nacional, otra es la premier italiana Giorgia Meloni, la tercera es Alice Weidel, colíder del partido ultra AfD y en la cuarta, la única morena, relucen los rizos y el acento castizo de Isabel Díaz Ayuso. 

Una de ellas mira alrededor y hace notar a las otras lo evidente: “Somos todas mujeres”. Pero otra se adelanta, seria, para descalificar la afirmación: “Eso no es importante”.

Este breve momento de la obra Risa Caníbal, del colectivo teatral Las Huecas, resuena en un 8M que ha vuelto a salir a las calles en un momento marcado por el ascenso de la ultraderecha y de la agenda antiderechos en todo el mundo. 

También en España, donde Vox ha crecido en los últimos tres años casi un 10% en la intención de voto en mujeres de 25 a 54 años. Y donde la presidenta extremeña en funciones, María Guardiola (PP) habla del “feminismo que defiende” el partido de Santiago Abascal. Un partido que ha hecho gala de su negación de la desigualdad de género y la violencia machista. Y que este mismo 8M se jactaba de contraprogramar las manifestaciones.

Esta misma semana, el analista del European Policy Centre Javier Carbonell publicaba Una habitación propia es todo lo que puedes permitirte: por qué las jóvenes se mueven hacia la extrema derecha, en el que concluye que, aunque a menor velocidad y en menor medida que en sus pares masculinos, ese viraje político está sucediendo.

Y estudios recientes señalan que la ultraderecha se ha vuelto una opción para mujeres que se reconocen a sí mismas como feministas.

Todo esto pone sobre la mesa una pregunta para la que no hay una respuesta sencilla: ¿Puede existir un feminismo de ultraderecha? 

Para sociólogas como Charlène Calderaro, ciertos activismos de extrema derecha reflejan “una apropiación feminista del feminismo”, vertebrada fundamentalmente en tres ejes: la oposición al feminismo interseccional, el uso de marcos posfeministas y la racialización del sexismo.

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Pero, ¿es posible ser feminista y no cuestionar las construcciones de género ni tener en cuenta los condicionantes sociales, o ser abiertamente xenófobo o racista? Sara R.

Farris, también socióloga y una de las mayores especialistas en el tema, recuerda que el feminismo “nunca ha sido inocente ni singular, sino plural y muy diverso”.

“Desde el principio ha habido muchos conflictos entre los diferentes grupos feministas, especialmente en cuestiones de raza y clase”, señala la catedrática de la Goldsmiths University of London. “Por ejemplo, algunos sectores del movimiento sufragista de principios del siglo XX defendían que las mujeres de las metrópolis debían tener derecho al voto antes que cualquier súbdito de las colonias, ya que pertenecían a una raza superior”. 

Líderes mujeres, ¿líderes feministas? 

“Soy Giorgia, mujer, madre, italiana y cristiana”, se definió Meloni en un encendido discurso para hablar del supuesto ataque a la identidad europea que genera la inmigración. Desde el atril –y desde el escalón más alto del masculinizado mundo de la política–, la primera presidenta del Consiglio en la historia de su país se reivindica no desde el ejercicio del poder sino como madre de familia. 

“Las líderes de extrema derecha encarnan el arquetipo de la supermujer. A la vez femeninas, profesionales y aparentemente capaces de compaginar las tareas domésticas con la carrera profesional”, señala Carbonell.“Mientras que el feminismo critica la cantidad de presiones que se ejercen sobre las mujeres, la extrema derecha las valora como virtudes: promueve abiertamente la estética femenina, los valores familiares, la maternidad y determinados roles tradicionales, al tiempo que respalda la participación de las mujeres en el mercado laboral y destaca a las mujeres en puestos de responsabilidad dentro del partido”, explica. 


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¿Puede existir un feminismo de ultraderecha?

La ultraderecha sabe que no puede retroceder en la idea del empoderamiento de las mujeres, y que por tanto tiene que matizarlo y resignificarlo, sostiene Farris, de origen italiano. Porque Meloni no habla desde la lógica ultraconservadora de las tradwives sino desde una más alambicada, la de escapar de lo que considera la “dictadura” del feminismo mainstream y de una “ideología de género” que no emancipa a las mujeres de los roles que históricamente les han asignado, sino que les niega su naturaleza. 

“Al aparentemente abrazar el avance social de las mujeres y rechazar las críticas al patriarcado o al dominio masculino, los partidos de extrema derecha afirman ser pro-mujeres sin cuestionar el orden de género”, concluye Carbonell. 

Adiós antifeminismo, hola feminacionalismo

Si el antifeminismo era tradicionalmente la norma dentro de la extrema derecha, la certeza de que esto les restaba posibilidades de crecimiento electoral ha dado paso a una estrategia diferente: el discurso misógino ha sido reemplazado por la crítica a un feminismo supuestamente “exagerado” o “radical” que fomenta el enfrentamiento entre hombres y mujeres. Ahora se muestran como partidos más modernos y moderados bajo el liderazgo femenino (o, como en el caso de España, Estados Unidos o Argentina, utilizando mujeres como portavoces o figuras relevantes). 

Un buen ejemplo es Alternativa por Alemania (AfD), con Alice Weidel a la cabeza.

Homosexual y en pareja con una mujer originaria de Sri Lanka, la vida personal de Weidel choca de frente con casi todo lo que defienden ella y su partido. O la de Meloni, que enarbola su condición de cristiana pero no está casada con el padre de su hija. O la de Marine LePen, preocupada por las amenazas a la familia tradicional, que se ha divorciado dos veces. Pero aparentemente la contradicción no resta, al contrario.

Sobre todo si hay un tercero al que culpar de los males y si es un dedo femenino el que lo señala.  


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¿Puede existir un feminismo de ultraderecha?

La campaña de Weidel en 2025 se centró en la supuesta “violencia machista inmigrante” o “criminalidad extranjera”, prometiendo deportaciones masivas y eliminar prestaciones económicas a los solicitantes de asilo. En 2021, apenas un 5% de las jóvenes alemanas votaron a AfD. Cuatro años después, esa cifra se había triplicado. 

Vox ha denunciado machaconamente que los extranjeros cometen “el 50% de las violaciones”, y los señala como responsables un aumento de la delincuencia, aunque los datos lo desmientan. La presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (PP), relacionó sin pruebas un centro de menores no acompañados con “varias reyertas” y “algunas agresiones sexuales”. “Su única preocupación es atacar a los migrantes como ‘amenazas sexuales’ con la excusa de la seguridad de las mujeres en las calles y los espacios públicos”, explica Farris a elDiario.es.

Y si los hombres extranjeros son una amenaza, ellas –sobre todo las de religión musulmana– son sujetos a rescatar de la opresión de su cultura. Por ejemplo, cuando Vox, PP y Junts presentan propuestas legislativas para prohibir el uso del burka y en niqab en espacios públicos. Más allá del debate sobre su uso –y de que sea extremadamente minoritario en España– las expertas ven en esas iniciativas una utilización interesada.  


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“Varias feministas liberales y neoliberales nos han dicho durante muchos años que las mujeres musulmanas necesitan ser salvadas y emancipadas según las ideas occidentales.

De esta manera, han alimentado la islamofobia, que es lo que está haciendo crecer la política de extrema derecha en toda Europa y el mundo”, reflexiona Farris, que en 2021 publicó En nombre de los derechos de las mujeres (Traficantes de Sueños), un libro en el que acuñó el término feminacionalismo. 

Identitarias y libertarias 

Tanto Farris como Calderaro estudiaron a las militantes de Némesis, un colectivo feminacionalista francés formado por mujeres jóvenes que centran su movilización en la lucha contra el acoso callejero, un asunto muy presente en la agenda feminista. Némesis engarza esa reivindicación con el señalamiento a los migrantes, en el marco de un importante ascenso del activismo identitario de extrema derecha.

En su manifiesto se muestran “decepcionadas porque los movimientos que se suponía que nos representaban no abordaran los dramáticos problemas relacionados con la inmigración masiva”. Ellas se reconocen como feministas.

Pero reniegan del feminismo interseccional, que consideran mayoritario. “Están pasando cosas tan graves que no entiendo que su comunicación se base en clítoris y pelos”, decía en 2021 Laura, cofundadora de Némesis, entrevistada por Calderaro para su trabajo Más allá de la instrumentalización: la apropiación del feminismo por parte de mujeres de extrema derecha en Francia.

Buena parte del discurso de la ultraderecha se mueve en marcos posfeministas, según los cuales la igualdad entre hombres y mujeres se ha alcanzado legal y socialmente. Por tanto, defiende el rechazo a la victimización y elogia la autonomía y el mérito, y proclama la confianza en el mercado como aliado para la emancipación.

En cambio, pone la mira en explotar la idea de la inseguridad de las mujeres, física y económica.

Precisamente, el deterioro económico es otro de los motores de cambio que Carbonell señala como crucial para la creciente derechización de las jóvenes. Una profunda insatisfacción con el mercado laboral y las dificultades para conseguir una vivienda que acaba volcándose contra políticas públicas sociales –derechos humanos, feminismo– durante los ciclos progresistas. “Muchas personas jóvenes no votan a la extrema derecha porque sean sus fieles partidarios, sino simplemente porque la consideran la opción anti-stablishment más fuerte”, resume Carbonell.

En Argentina, La Libertad Avanza concentró el mayor porcentaje de votantes de entre 16 y 24 años en las elecciones presidenciales de 2023. La militancia de jóvenes de sectores populares –en las últimas décadas vistos como progresistas y vinculados a la izquierda kirchnerista– llamó la atención de la investigadora Melina Vázquez, que acabó junto a su colega Carolina Spataro en un acto organizado por una legisladora del partido de Javier Milei el 8M. Allí se reivindicaba que el feminismo puede ser “liberal” y no solo “de zurdas” (de izquierdas).

Ese fue el disparador del libro que publicaron en 2025, Sin padre, sin marido y sin Estado.

Feministas de las nuevas derechas (Siglo XXI), para el que entrevistaron a casi medio centenar de mujeres de diferentes edades, algunas de las cuales se definen como feministas y libertarias. Apelan al “feminismo de la primera ola” para diferenciarse del actual: “Su apelación al feminismo liberal solo cobra sentido en discusión con el contemporáneo”, analizan las autoras.

“Muchas viven en la tensión de apoyar a un líder a quien muchas consideran misógino o machista, pero lo hacen porque el mileísmo masificó las ideas del liberalismo y una agenda económica que comparten”, explica Vázquez. Spataro confirma que en el activismo de estas mujeres la discusión económica es central: “Llevan carteles a las marchas del 8M con lemas como ‘Más mercado, menos Estado’ o ‘El capitalismo es el mejor amigo de las mujeres’”.

En estos grupos de jóvenes funcionan referentes como Gloria Álvarez, una escritora, influencer y feminista libertaria guatemalteca que defiende la despenalización del aborto y el trabajo sexual, aunque critica radicalmente el tamaño y la intervención del Estado.

“Ellas no se sienten representadas por los conservadores ni por el progresismo, aunque comparten ideas con ambos”, señala Spataro. “En reuniones de Ladies of Liberty Alliance (LOLA), una fundación de mujeres liberales con sedes internacionales, se reivindican figuras como la de Margaret Tatcher y María Corina Machado, por ejemplo”, explica esta doctora en Ciencias Sociales e investigadora del Conicet.

Vázquez y Spataro reconocen que las críticas a la agenda feminista actual han sido replicadas desde la propia izquierda como responsable de la pérdida de votos y el avance de la ultraderecha.

“Un feminismo genuinamente progresista –que es necesariamente antirracista, anticapitalista y ecologista– debería abordar los problemas estructurales clave que afectan a la vida de la mayoría de las mujeres”, señala Sara Farris. Pero, al contrario de lo que la extrema derecha quiere hacernos creer, durante muchos años la corriente dominante no ha sido el feminismo interseccional, sino uno liberal y neoliberal que nos decía que lo más importante era el empoderamiento personal y romper el techo de cristal“, explica la socióloga italiana, que argumenta que este feminismo individualista ignora a la mayoría de las mujeres que ni siquiera se acercan a ese techo, ya que están ocupadas tratando de llegar a fin de mes en condiciones cada vez más inestables y precarias.

Y allí es donde Javier Carbonell cree ver una clave de futuro. “Si bien es cierto que la extrema derecha está ganando apoyo entre los votantes jóvenes, también lo es que los jóvenes se encuentran entre los defensores más activos de las políticas ecológicas, la redistribución de la riqueza, la movilidad social, una política exterior más justa y la igualdad de género.

Esta coexistencia de frustración e idealismo no sugiere una generación perdida para la política reaccionaria, sino una que busca alternativas creíbles, dispuesta a apoyar proyectos inclusivos que ofrezcan seguridad material, dignidad y un futuro más justo”. Y pone un ejemplo: la campaña de Zohran Mamdani, que obtuvo un 84% de los votos entre las mujeres menores de 29 años, y un 68 % entre los hombres jóvenes.