El mapa del dolor en Córdoba: la herida abierta de los desaparecidos que el tiempo no cierra

El mapa del dolor en Córdoba: la herida abierta de los desaparecidos que el tiempo no cierra
Imagen de archivo: https://www.cope.es/

El mapa del dolor en Córdoba: la herida abierta de los desaparecidos que el tiempo no cierra

El Día Mundial de las Personas Desaparecidas representa una jornada de conmemoración y reflexión, un momento para recordar a aquellos cuyos rastros se perdieron y para acompañar a las familias que viven en un estado de incertidumbre perpetua. Este dolor, que solo quienes lo sufren pueden dimensionar, tiene un eco profundo en la provincia de Córdoba, donde varias historias de ausencia siguen marcando el calendario y la vida de muchas personas. Casos como el de María Ángeles Torera, desaparecida en Aguilar de la Frontera hace ya 18 años, demuestran cómo el paso del tiempo no siempre trae consigo el consuelo o las respuestas, sino que agrava una herida que permanece abierta, una espera que se convierte en una forma de vida.

Aprender a sobrevivir se ha convertido en el verbo que conjuga la vida de estas familias. La existencia, tal y como la conocían, se detuvo el día en que su ser querido no regresó.

Desde entonces, enfrentan una nueva realidad en la que la esperanza y la angustia libran una batalla diaria, mientras luchan por mantener viva la memoria de los ausentes y por encontrar la verdad que les permita, algún día, pasar página.

El primer caso en esta cronología del dolor reciente es el de Francisco Bonilla, quien desapareció el 13 de abril de 2015 en la localidad de Cabra. Su hermano se marchó a trabajar a las tres y media de la tarde, dejándolo en la casa. Francisco salió al huerto familiar, situado justo delante de la vivienda. Cuando su hermano regresó del trabajo, a las seis de la tarde, ya no estaba.

Agustina Aguilera, su cuñada, relata la frustración de la familia ante el misterio absoluto que rodea el caso. “Se quedó en casa cuando su hermano se fue a trabajar”, explica, detallando que todas sus pertenencias, incluyendo la cartera y el carnet de identidad, se encontraron en el domicilio. “Él nada más que llevaba las llaves en el bolsillo”, apunta.

La impotencia de la familia se agrava por el silencio que encontraron en este pequeño municipio. “Nadie vio nada, nadie sabe nada ni nadie quiere saber nada”, lamenta Agustina.

Esta falta de pistas ha dejado a la investigación en un punto muerto. La familia sospecha que no fue una desaparición voluntaria. “Yo creo que es que se lo han quitado de en medio y viene escondido, para que no lo encontremos”, confiesa con crudeza, reflejando una de las hipótesis más dolorosas que manejan. Después de casi una década, la pregunta sobre cómo una persona puede sobrevivir sin dinero y con la documentación caducada resuena sin respuesta, alimentando la angustia de sus seres queridos.

Pocos meses después, el 2 de julio de 2015, la provincia se conmocionó con la desaparición del joven Paco Molina, de 16 años.

Aquella tarde, Paco salió de paseo. Por la noche, le dijo a su padre que dormiría en casa de unos amigos, algo que solo había hecho una vez antes. “Le lo vi normal”, recuerda su padre, Isidro Molina. Sin embargo, al día siguiente, Paco no regresó.

“El niño que no viene, que no llega, que no llega, ya se saltaron todas las alarmas”, explica Isidro. Desde ese momento, la vida de su familia cambió para siempre.

La investigación reveló un dato desconcertante: supuestamente, un testigo afirmó haber visto a Paco coger un autobús con dirección a Madrid al día siguiente de su desaparición. Esta pista, lejos de aclarar, generó más preguntas. “Paco sin dinero, y al día siguiente, donde ha pasado la noche, ha comido, no sé, hay una serie de de preguntas que, al día de hoy, casi 11 años después, se siguen sin respuesta”, expone su padre.

Uno de los puntos más frustrantes de la investigación fue la gestión de las pruebas. A pesar de la existencia de cámaras de seguridad tanto en Córdoba como en Madrid y en la parada de Pedravas, no se recogieron las grabaciones a tiempo. “No hay grabaciones”, confirma Isidro, un hecho que pudo ser clave para resolver el caso.

El año siguiente, en 2016, se sumó otro nombre a la lista. El 1 de septiembre de 2016, se perdió el rastro de Rafael Muriel, vecino de Adamuz de 58 años.

La última vez que se le vio fue en el entorno del hospital de Los Morales, en Córdoba. Rafael, con sus característicos ojos azules y pelo canoso, vestía un vaquero azul y una camiseta blanca en el momento de su desaparición. Desde entonces, no se ha sabido nada más sobre su paradero, y su caso se ha convertido en otro expediente marcado por la falta de pistas y el paso implacable del tiempo.

Más recientemente, el 15 de febrero de 2025, desapareció Soraya Borrallo. Fue su casera quien denunció la ausencia.

Su coche fue encontrado en un mirador que solía frecuentar, con todas sus pertenencias dentro: la compra recién hecha y su guitarra de valor a la vista. Según su hermana, Ángeles Borrallo, estos detalles hacían “presagiar que no ha sido había sido una desaparición voluntaria”. La investigación, en la que la propia familia se implicó durante meses, descubrió una última pista gracias a la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil: la última señal de su teléfono móvil indicó que bajó a un barranco donde solía bañarse. “El teléfono móvil no volvió a subir, porque no se volvió a enganchar esa antena, eso es lo último que sabemos”, afirma Ángeles.

El dispositivo nunca fue encontrado, probablemente arrastrado por el fuerte oleaje de esos días.

La experiencia de las familias con las fuerzas de seguridad es variada. Isidro Molina encuentra cierto consuelo en saber que la Policía Nacional no ha abandonado el caso de Paco. “Me da cierta tranquilidad que, pasados 11 años, sigan trabajando”, afirma, aunque es consciente de que “el paso del tiempo va en nuestra contra” a medida que las pistas se agotan. Del mismo modo, Ángeles Borrallo se muestra agradecida con la policía judicial que investiga la desaparición de Soraya.

“Hemos tenido mucha suerte con la policía judicial, que ya los consideramos amigos”, comenta, satisfecha de que “se ha hecho todo lo que se pueda hacer”.

Sin embargo, para la familia de Francisco Bonilla, la sensación es de abandono. “La policía no sabe nada, no tiene dónde tirar cabos”, sentencia Agustina Aguilera, reflejando la desesperación de no tener ni una sola línea de investigación a la que aferrarse. Este contraste evidencia las dificultades inherentes a cada caso y la distinta suerte que corren las investigaciones.

El impacto emocional en las familias es devastador. Isidro Molina lo resume con una frase lapidaria: “Aprendemos a sobrevivir, a llevar otra vida.

Nuestra vida se acabó aquel día”. Para Ángeles Borrallo, la experiencia es “una montaña rusa de emociones”. Hay días de calma, pero la serenidad es frágil. “Cuando ves a tus padres, te vienes abajo de nuevo, es muy duro”, explica.

Esta incertidumbre constante es, según ella, el peor de los tormentos. “Perder a un familiar es durísimo, pero el no saber lo que ha pasado ni dónde está exactamente, no tener certeza, es durísimo”. En medio de este calvario, las familias de los desaparecidos de Córdoba siguen esperando, aferradas a la esperanza de una llamada, una pista o una noticia que ponga fin a su larga y dolorosa espera.