
ADIÓS A RAÚL DEL POZO, EL PERIODISTA DE LAS MIL CARAS
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El tiempo, la materia prima de la vida, se agotó para Raúl del Pozo, un hombre que lo consumió con generosidad. Periodista, reportero incansable, Del Pozo fue testigo de la historia, desde el despegue del Apolo 11 hasta encuentros con figuras como Sartre y Bob Dylan.
Un Hombre Poliédrico
Raúl del Pozo era un enigma, un hombre de múltiples facetas: amable, culto, pero también triste y solitario. Tras una máscara de ironía, ocultaba una profunda angustia existencial. Trabajó durante 26 años admirando su prosa y disfrutando de sus anécdotas, sin llegar a conocerlo del todo.
Solo durante la enfermedad de su esposa Natalia, dejó entrever su interior.
Observador perspicaz de la naturaleza humana, Del Pozo parecía un personaje literario, un cruce entre Aleksei de Dostoievski, Valmont de “Las amistades peligrosas”, Allan Quatermain y Edmond Dantès. Imposible separar al hombre de la leyenda.
Inicios en ‘Pueblo’ y Corresponsal de Mundo
Su talento floreció en las crónicas del diario ‘Pueblo’, donde llegó tras un reportaje sobre una plaga de ratas en Madrid. Corresponsal en Moscú, Londres, Lisboa y Buenos Aires, también lo fue del Café Gijón, su refugio de tertulias y partidas de póquer.
Soñaba con ser tahúr, pero el periodismo lo atraía más. La redacción, con su atmósfera de humo, ruido de máquinas de escribir y olor a tinta, era su garito particular.
Fue uno de los últimos maestros de una generación que se extingue.
Anécdotas y Prioridades
Sus relatos eran cautivadores, como sus andanzas amorosas con Paco Rabal o su encuentro con Ava Gardner. Ave nocturna, recorría Madrid con mirada de lechuza.
Su prioridad era el trabajo, puliendo sus textos con esmero. Su único compromiso era la independencia, jamás vendida por favores.
Un periodista comprometido con la verdad, en un mundo de noticias falsas.
Un Hombre Querido y Respetado
Del Pozo se preocupaba por la opinión de los demás, incluso tras alcanzar la cima. Tras su máscara, se escondía un ser vulnerable, temeroso del futuro.
Desde el rey Juan Carlos hasta los camareros, conocía a una amplia gama de personas, todos le apreciaban su sabiduría, legado de sus tiempos de maestro de pueblo.
Aunque el tiempo lo engulla todo, Raúl del Pozo vivió y escribió como nadie. El resto es silencio.













