"No paro de compararme con los cuerpos, las caras y los maquillajes que veo en redes, ¿cómo salgo del bucle?"

"No paro de compararme con los cuerpos, las caras y los maquillajes que veo en redes, ¿cómo salgo del bucle?"

‘Muchas me estáis preguntando’ es un espacio de intercambio y conversación ligera entre quienes tenemos algo en común: acudir a Internet cuando estamos bajas de moral, perdidas, distraídas o con ganas de procrastinar, es decir, siempre

En primera persona – He visto ‘Sexo en Nueva York’ por primera vez ahora (y he alucinado con las arrugas de las protagonistas)

Andrea, no paro de compararme con los cuerpos, las caras y los maquillajes de Instagram y TikTok. ¿Cómo salgo del bucle? Gracias🫂

Sandra, 25

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1.

Salgo de ver Hamnet triste y conmovida, pero con una idea que me da vueltas y necesito confirmar al llegar a casa. Abro Google Imágenes y busco fotos recientes de Jessie Buckley, la actriz que interpreta a Agnes Shakespeare en la película.

Las amplío. Hago zoom en los labios. Me fijo en los surcos que rodean su boca, en las arruguitas debajo de los ojos. No entiendo nada.

En mitad de las escenas dramáticas, cuando toda la platea contenía la respiración viendo sufrir a esa mujer por sus hijos, yo no podía apartar la vista de su boca. Tiene mis labios, que es lo mismo que decir: no tiene labios. ¿Sabes cuando ves en otra aquello que tanto te ofusca de tu propio cuerpo? Pues así pasé los ciento veinticinco minutos que dura la película: pensando en la normalidad de esa cara y en cuánto hacía que no veía algo igual en la gran pantalla.

La normalidad ha sido secuestrada por caras inexpresivas, labios hinchados y pieles planchadas. Me gustaría no sorprenderme al ver en la tele a mujeres a la que se les mueve la frente mientras hablan, pero lo que veo cada día detrás de la pantalla de mi móvil no me deja otra opción.


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&quot;No paro de compararme con los cuerpos, las caras y los maquillajes que veo en redes, ¿cómo salgo del bucle?&quot;

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2.

Sandra, eres joven.

Absurdamente joven para hacerme esta pregunta, lo que la hace más preocupante. Y, aun así, comprensible. Porque estamos todas igual, vaya esto por delante.

Sé que la teoría te la sabes.

Todas hemos leído sobre body positive y body neutral (no solo que todos los cuerpos son válidos, sino que nuestro valor no depende de ello); sobre la perversión de la Instagram-face (esa estandarización de rasgos que llegó con la explosión de las redes sociales); sobre los males de la industria del bienestar y belleza (te recomiendo leer, si no lo haces ya, a Jessica DeFino, periodista especializada en cosmética, muy crítica y divertida en sus aproximaciones al mundo de las beauty influencers; y a Paloma Abad, ex redactora jefe de Vogue que en su newsletter nos acerca a mujeres interesantes que hacen lo que pueden con sus cremas y sus caras). 

En fin, andamos todas muy leídas sobre que hay que desaprender lo normativo y que la belleza está en el interior. También sabemos que hay mucho señor empresario haciendo dinero a base de explotar nuestras inseguridades. Todo esto lo sabemos. Pero solo ha servido para cambiar la mirada hacia el otro: aceptamos, comprendemos y comentamos menos los cuerpos ajenos.

Nunca vamos a darle la razón a una amiga cuando nos pregunte por (rellenar con cualquier defecto menor que le provoque inseguridad).

Siempre es más divertida Nora Ephron cuando lo cuenta:


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3.

El problema es que la teoría no permea en nosotras. Porque no se trata tanto de cómo miramos al otro, sino de cómo te miras tú.

No hay repugnancia mayor que la que puede sentir una mujer al mirarse a un espejo. Es difícil expresarlo desde la racionalidad: hay algo animal en ese brutalismo con el que nos observamos. Un asco que quiere ser devastador, que pretende acabar con esa cara, cuerpo, esas piernas, pechos, arrugas, orejas, nariz, piel colgante de los brazos, papada, cartucheras, flacidez abdominal… y no sigo para no recrearme. Hemos perdido toda capacidad de mirarnos al espejo y sonreír.

No creo que haya una sola mujer que no haya apartado la mirada al verse reflejada en el espejo del ascensor ¿Quién es esa zarrapastrosa y por qué me está mirando?

“Me miro en el espejo y no me gusto. No es que no me reconozca, me reconozco y es espantoso”, escribe Eva Baltasar en su última novela Peixos.

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4.

Sandra, ¿no te parece que es ante profesionales de la salud y de la imagen donde sufrimos las mayores humillaciones? Porque una puede intentar renunciar a la presión social, luchar contra cremas virales de TikTok y silenciar los anuncios de Instagram, para luego sentarse frente al dentista, el dermatólogo o el peluquero sabiendo que va a ser juzgada.

Eres inspeccionada, preguntada, interpelada. 

Y como yo no tengo mesura, salgo de estas consultas con un: “¿Ah, sí? Pues ahora vas a ver”. Como el día que fui al dentista y me dijo que no me cepillaba bien, que no llegaba bien a la encía y que tenía demasiada placa. Aparecí al mes siguiente con las encías en carne viva, sangrando, desgarradas.

Cuando me vio la dentista no daba crédito: pero, ¿qué has hecho?. Limpiarme, limpiarme de forma disciplinada (quédate con esto de la disciplina, que luego volveré a ello). Nos empujan al abismo para luego decir: te pedí que te deslizaras, no que saltaras. Pues explícate mejor, y, sobre todo, no me humilles cuando estoy tumbada en una camilla.

Porque tú y yo sabemos que esas caras que vemos en la pantalla del móvil son inalcanzables. Ese ideal de belleza dominante no es más que una suma de dinero, productos regalados, intervenciones carísimas y poquísimo estrés

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5.

Fui hace un año y medio a hacerme una limpieza facial por primera vez. Me temblaban las piernas, ya no porque supiera que iba a ser juzgada, sino porque iba con una sensación similar a la de no haberse duchado en cinco días. ¿Sabría esa persona que iba a limpiar unos barrillos que llevaban conmigo desde que nací?

¿Cuánto tiempo convive con nosotras la suciedad que acumula nuestra piel? ¿Estaríamos hablando de quistes? 

Por supuesto, cuando llegué no hice ninguna de estas preguntas. Me limité a obedecer, callar, asentir y confirmar que, efectivamente, no tenía ni idea de qué tipo de piel tenía y que todas las cremas de mi baño habían sido compradas sin más criterio que una captura de TikTok sobre pieles grasas. No tienes la piel grasa, soltó.

¿Y todo este brillo que veo en las fotos?, pregunté. Es suciedad. Tragué saliva. Me fui con la cabeza gacha. 

He sido una buena estudiante, Sandra, te lo prometo.

Sentí que era un golpe bajo. Yo que soy ordenada en mis trabajos y organizada en mis quehaceres, ¿por qué leches no iba a poder enfrentarme a una rutina de cuatro pasos para tener la piel tersa? Un minuto antes de salir por la puerta de aquel examen facial, me giré, y le supliqué: por favor, sin decirme marcas, dígame qué ingredientes necesita mi piel. Me fui de allí con apuntes.

Ahora mismo tengo un esquema, en letra pequeña, pegado en la pared del baño con tres pasos a seguir. Nada del otro mundo: limpiar, hidratar y proteger del sol. 

“La cara guapa ahora no solo denota privilegio sino que hay mucha disciplina también, y mucha ideología”, decían el otro día en un episodio divertidísimo sobre el término “guapa” en el podcast Amiga Date Cuenta. Y dieron en el clavo. Si ahora sé distinguir entre vitamina C y retinol es por disciplina.

Porque en mí no tiene efecto la influencer de turno, sino la sensación de que debo estar a la altura. Que si quieren que me masajee la cara —¿has oído hablar del yoga facial?, mira, me río por no llorar— lo haré como la que más. 

Me compré un utensilio de estos de tortura llamado Gua Sha, que no es más que un trozo de plástico que imita un mineral y con el que, supuestamente, tras untarte la cara en un aceite pringoso, masajeas y voilà. Pensé: a obediente no me gana nadie. Así que me tomé ese cacharro como un desafío personal.

Total, que el otro día decidí que, en lugar de los diez minutos recomendados, lo usaría durante la hora y media que dura la serie que estoy viendo. ¿Podrían avisar de los efectos secundarios de la Gua Sha en manos de personas mortificadas? Cuando me miré al espejo no es que tuviera la piel más firme y tersa, es que casi me la había arrancado. De nuevo, no me acerques al abismo, que me tiro.


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6.

Hablando de consejos. Uno de mis preferidos es el de Dakota Johnson cuando le preguntaron por su secreto de belleza —buenísima pregunta para el siglo XXI— y respondió: dormir catorce horas seguidas. Risotada general en el vagón de metro, lleno de gente apretujada, con el táper vertido en el bolso a las ocho de la mañana.

Lo peor es que la segunda vez que la escuché hablar del tema añadió que bebía un vaso de agua caliente cada mañana. Al tercer día de levantarme arrastrando los pies y tener una arcada en la cocina mientras leía los primeros mails, me pregunté: ¿Para qué? ¿Por qué estoy haciendo todo esto?. Porque tú y yo sabemos que esas caras que vemos en la pantalla del móvil son inalcanzables.

Ese ideal de belleza dominante no es más que una suma de dinero, productos regalados, intervenciones carísimas y poquísimo estrés. No tienen arrugas en la frente porque hace años que nada les hace fruncir el ceño. Ni sienten ni padecen. Mentira: padecer, padecen un rato.

Pero por aquello de que para lucir hay que sufrir. 

Me apareció el otro día la noticia de que una de las influencers más famosas que tenemos por estos lares se había sometido a una operación estética complicadilla. La noticia no era la operación, por supuesto, sino “su honestidad” al compartirlo. Vamos, que nos lo contaba todo por unos likes. La honradez consistía en publicar vídeos y fotos que rozaban el cine de terror. Escupí el café.

No he querido saber más, sentí pena por ella, por todas, por la idea de tumbarse en una camilla y dejar que te abran la cara para tensar tejidos, músculos y lo que sea que hay debajo la piel. Como cuando estiras el edredón al hacer la cama, pero por dentro de tus orejas. Mira, me mareo solo de pensarlo.

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7.

Lo más perverso de todo es que esta industria ha decidido adaptar la ilusión de la belleza a todos los bolsillos.

Es importante no dejar a nadie atrás. La estandarización de la belleza ideal pasa por incluir a todo el mundo en la posibilidad de mejora: conseguir otra cara es posible con un cupón de tres sesiones de fotorejuvenecimiento facial láser por 24,99€. Y todo ello en una proliferación de establecimientos sórdidos que se multiplican en nuestras ciudades: negocios de estética sin apenas regulación, titulaciones de dudosa procedencia y máquinas no homologadas con muchas lucecitas (un láser siempre queda bien).

También podemos darle la vuelta a todo esto, y reírnos.

Que de tan siniestro y perverso acabe dándonos pena. Que con cada imagen de una chica matándose a hacer pesas en el gimnasio o enseñando las cicatrices recientes de una operación, no nos quede otra que sentir compasión

Da igual que sea bioestimulación, ultrasonido, criolipólisis, sesiones de Emsculpt, polinucleótidos o liposonix (no sé ni qué estoy diciendo, parecen los personajes de la próxima peli de Marvel, pero te aseguro que son ofertas reales de distintos centros). Da igual el tratamiento: todos se ofrecen en el mismo bajo sin ventilación con una chica amabilísima que, a mitad de sesión, dirá: “Guapa, con esto no va a ser suficiente”. Porque siempre hay una máquina mejor, diez sesiones más —las buenas— y un cóctel de vitaminas verdaderamente milagroso. 

Mientras las celebridades se estiran la cara en clínicas con parquet, ventanales y paredes blancas, sus seguidoras creen que podrán lograr algo similar si se meten en un traje de succión que “moviliza los tejidos y la grasa” en el local ‘Mari Carmen, clínica sin dolor’ que han abierto debajo de su casa. 

Lo de esta industria que campa a sus anchas sin apenas supervisión entre lo que promete y que ofrece, debería acabar en los juzgados.

Pero, mientras tanto, ahí estamos: cada segundo, una nueva mujer escribiendo en el buscador “mesoterapia con relleno térmico para qué sirve y cuánto cuesta”

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8.

No sé cómo sacarte del bucle porque hay demasiados esfuerzos, dinero y campañas invertidos en que tú y yo estemos comparándonos entre nosotras. 

Hay una opción que es lanzar el móvil al mar. No va a ocurrir. También podemos darle la vuelta a todo esto, y reírnos. Que de tan siniestro y perverso acabe dándonos pena.

Que con cada imagen de una chica matándose a hacer pesas en el gimnasio o enseñando las cicatrices recientes de una operación, no nos quede otra que sentir compasión. Estar convencidas no solo de que no alcanzaremos ese ideal, sino de que lanzamos la toalla mucho antes. Y sí, lo sé, no somos inmunes. Quizá en la próxima cena con amigas nos preguntaremos quién será la primera en operarse las bolsas de las ojeras.

Y otra dirá que ha encontrado la crema definitiva y le pediremos que pase la foto por el grupo. Porque nos pasamos el rato hablando de otras caras a las que queremos parecernos. Pero es importante sacudirnos colectivamente esta inseguridad permanente. Aferrarnos a otros temas, otras conversaciones, a otros referentes.

Que cuando tu amiga te diga que ha leído sobre la importancia de tomar colágeno por las mañanas, podáis reíros y preguntar: ¿Para qué? Si con esta botella de vino blanco que nos hemos bajado la deshidratación facial solo puede ir a más.

Pásatelo bien y bebe mucha agua. Poco más puedo decirte. 

Siempre tuya,

Andrea