
UNA GUERRA DENTRO DE OTRA: DE UN TREN DE CADÁVERES A UNA CLASE DE BALLET BAJO DRONES
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Estábamos cubriendo la guerra en Ucrania cuando otra comenzó. La invasión rusa llevaba cuatro años y, de repente, Estados Unidos atacó Irán, intensificando el conflicto en Medio Oriente. La atención mediática parecía saltar de una guerra a otra.
Pero entonces vi a Tatiana, de 78 años, enfrentando uno de los momentos más inciertos de su vida. Los constantes ataques nocturnos con drones la habían obligado a abandonar su hogar. Ahora, sentada en un centro de evacuación, no pensaba en lo que había perdido, sino en cómo seguir adelante.
La responsabilidad de cuidar a su familia, incluyendo una hija dependiente y nietos ausentes, la obligaba a regresar a la zona de peligro para recoger medicinas, documentos y ropa. Su preocupación por lo cotidiano, en medio de la violencia, me recordó la importancia de los detalles y de evitar una narrativa única. Contar la complejidad de cada momento es lo que humaniza.
En medio del horror, presencié una clase de ballet en Odesa. Allí estaba Margo, una niña de 13 años a quien conocí refugiada en Moldavia. Ahora, de vuelta en su hogar a pesar de la guerra, tensaba sus músculos durante una clase a distancia impartida por su abuela, también su profesora. A pesar de los bombardeos nocturnos, la belleza del ballet le permitía sobrellevar la ansiedad.
Es crucial contar esos momentos de luz en la oscuridad, la vida que persiste en medio de la guerra, la belleza a la que se aferran quienes intentan sobrevivir. La profesora de Margo lamentaba las restricciones impuestas al Teatro de Odesa. Su deseo era que sus alumnas bailaran “El Cascanueces”, pero la música de Tchaikovsky, compositor ruso, estaba prohibida en Ucrania. “¿Qué culpa tiene Tchaikovsky de lo que nos hace Rusia?”, se preguntaba la ex primera bailarina, reflejando cómo la guerra puede llevar a decisiones absurdas.
Lo que nunca debería ser
Mientras, nos encontramos con una montaña de cuerpos de soldados ucranianos repatriados por Rusia. Sus restos, en un tren refrigerado, apenas contaban la historia de hombres que nunca imaginaron luchar en una guerra impuesta. Pienso en aquellos que se escondieron para evitar el reclutamiento forzoso.
Vlad y Oleg (nombres ficticios) son un ejemplo. Viven recluidos en sus casas por miedo a ser enviados al frente. En esa morgue gigante de Odesa, encontramos destellos de vida, incluso entre vagones llenos de cuerpos en descomposición.
Contar esta guerra, incluso cuando la atención se centra en otros lugares, es esencial. Recordar a los ucranianos transformados por cuatro años de conflicto, y a las nuevas víctimas en Medio Oriente. La guerra que fue y que es nos recuerda todo lo que nunca debería ser.
Contemos las guerras sin dejarnos llevar por la adrenalina, el sinsentido o la inmediatez. Contemos las guerras mirando a los ojos de quienes las sufren. Lo importante es narrar los grandes hechos a través de las personas que los protagonizan, los sufren o tratan de cambiarlos.
Volver
Volver a la zona de conflicto no siempre es fácil. Es como estar en una frecuencia ajena. En esos momentos busco a compañeras periodistas que han cubierto guerras. En un mundo masculinizado, cada vez somos más, pero aún enfrentamos obstáculos.
Una canción rusa en Ucrania
Una canción rusa me acompañó en muchos kilómetros recorridos en Ucrania. Nuestro fixer (traductor y productor local) me la enseñó mientras criticaba las restricciones a la cultura rusa. Él, ucraniano rusoparlante, cantaba con entusiasmo, pero bajaba el volumen en cada control policial para “evitar problemas”. Sentirse “rebelde” por escuchar una canción refleja lo absurdo de la guerra.
La canción es “Es genial” de Nikolai Noskov. En las carreteras ucranianas, su melodía me conectaba con emociones bloqueadas. También con la búsqueda de belleza en la oscuridad. La letra parecía hablarme: siempre puede haber algo “agradable” que haga sentir que la vida, a pesar de la injusticia, la muerte, la incertidumbre o el cansancio, pueda ser “genial”, aunque sea por un momento.
Para Nikolai Noskov, ese “algo agradable” es el amor. Para Margo, el ballet. Para Svetlana, su profesora, la disciplina en sus clases. Para Vlad, un brindis inesperado. Para el guardia de seguridad del hospital subterráneo, sentirse parte de algo. Oleg escapa de su encierro componiendo música, y Yuri se sumerge en libros de historia.
Sabemos que ese punto de luz puede ser un privilegio. En la mirada de Tatiana apenas había esperanza. Pero su cuidado hacia su bisnieta Lisa, su sacrificio y sus lágrimas por su hija irradiaban dolor, pero también belleza. Sí, creo que en el caso de Tatiana, como en el de Nikolai Noskov, también es el amor.












