
Revelaciones Literarias: El Poder Limpiador de los Clásicos
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A veces, ciertas certezas se manifiestan como revelaciones espontáneas, sin previo aviso ni justificaciones elaboradas. No son epifanías revolucionarias, sino convicciones íntimas que nos permiten encajar una pieza precisa en su lugar exacto.
Recientemente, durante una entrevista, experimenté una de estas revelaciones. Hablábamos sobre la persistente relevancia de los clásicos, sobre por qué seguimos recurriendo a las grandes obras de la literatura universal, a pesar de la avalancha de novedades editoriales. Mientras indagaba en este tema, me vinieron a la mente las latas de granos de café en las perfumerías, el jengibre encurtido que acompaña al sushi, el sorbete de limón que se sirve entre platos.
Entonces, como en un momento de “¡eureka!”, comprendí que los grandes clásicos **nos limpian el paladar**.
Nos reinician. Con la frescura del primer encuentro, nos revelan la cúspide de lo posible, la altura que puede alcanzar el genio humano. Borran lo anterior y nos permiten experimentar en carne propia cómo ciertas constelaciones de palabras no solo resisten el paso del tiempo, sino que adquieren una potencia renovada con el transcurrir de los siglos.
El Asombro Ante la Grandeza
Por supuesto que hay disfrute, desafío, conquista y aprendizaje al leer a los clásicos. Pero al leer a Esquilo y Cervantes, al leer ‘Las penas del joven Werther’ y ‘Hamlet’, al leer y releer ‘Cumbres Borrascosas’, siempre emerge un pensamiento dominante: **esto es**.
Esto es lo que se puede hacer. Esto es a lo que se puede llegar. Esto es a lo que se puede y debe aspirar.
Humildad Intelectual y Artística
Leer a los grandes también nos libera de nociones tan pegajosas como prescindibles, como la idea de que la literatura debe ser política o moral, o que somos los primeros en sentir o vivir algo. En otras palabras, nos libra del ego.
Los clásicos son una cura de humildad, tanto en el sentido artístico como en el intelectual, porque nos obligan a rendirnos ante la sabiduría de nuestros predecesores, ante su finura, ante su gusto. Como Umberto Eco dijo en una conferencia en la Universidad de Berkeley a mediados de los noventa: leer los clásicos termina siendo el eterno retorno al vientre materno.













