
Neoliberalismo y la ventana de Overton: Cuando defender lo público te convierte en radical
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Tras la disolución de la Unión Soviética, la política y el debate público en las democracias occidentales han experimentado un desplazamiento hacia la derecha, intensificado en la última década hacia la extrema derecha. Este cambio va más allá de lo electoral, reconfigurando lo que se considera aceptable, pensable y políticamente viable.
La ventana de Overton, que define las propuestas consideradas aceptables en un momento histórico, se ha desplazado hasta tal punto que políticas antes comunes en democracias ahora se ven como radicales o inviables.
El Neoliberalismo como Sentido Común
Este fenómeno no se explica solo por el auge de partidos conservadores. Durante décadas, el capitalismo y el neoliberalismo han dominado el sentido común, naturalizando la primacía del mercado, la desconfianza en lo público y la reducción de derechos sociales a costes presupuestarios. Este marco opera por exclusión, marginando alternativas.
La ideología neoliberal se ha integrado tan profundamente que es difícil percibirla, similar a un pez que no nota el agua. Vivimos inmersos en un modelo capitalista que moldea nuestra forma de pensar.
Como la parábola de la rana hervida, nos adaptamos gradualmente a cambios que, de ser abruptos, rechazaríamos. En este caso, la temperatura aumenta lentamente, y la rana termina cocinándose sin reaccionar.
¿Qué es la Ventana de Overton?
La ventana de Overton, concepto acuñado por Joseph P. Overton, describe el rango de ideas socialmente aceptables en el debate público. Las propuestas dentro de esta ventana pueden ser defendidas por políticos sin consecuencias negativas, mientras que las que están fuera se consideran radicales o inaceptables.
Esta ventana jerarquiza las ideas según su legitimidad pública: de “impensable” a “radical”, luego “aceptable”, “sensata”, “popular” y finalmente “integrada” en la política pública. Este cambio puede ser gradual o acelerado por crisis o estrategias discursivas.
Propuestas extremas pueden volverse debatibles si se comparan con opciones aún más radicales. A la inversa, ideas antes aceptadas pueden ser marginadas por un cambio en el contexto social y político.
Aunque no es una teoría formalmente validada, la ventana de Overton sirve como modelo para analizar la normalización de ideologías neofascistas, capitalistas y neoliberales en la sociedad.
El neoliberalismo se ha convertido en una “teología”, reforzando su influencia al racionalizarla como un conjunto de dogmas repetidos insistentemente a través de los medios, la política, la educación y el entretenimiento.
Propuestas que hasta hace poco eran defendidas por partidos socialdemócratas, verdes o incluso conservadores moderados —como el fortalecimiento de los servicios públicos— hoy son presentadas como irrealistas, populistas o económicamente suicidas
Todo el entorno social contribuye a mantener este pensamiento único, que ya no necesita justificación. Los disidentes son minorías periféricas, a menudo tildadas de radicales, pero el sistema los integra como “contestación” sin afectar sus pilares centrales.
Consecuencias del Desplazamiento Ideológico
Propuestas como el fortalecimiento de los servicios públicos, la propiedad pública de sectores estratégicos o la fiscalidad progresiva, antes defendidas por partidos moderados, ahora se consideran inviables. Esto no se debe a una pérdida de coherencia, sino a un cambio en el marco de interpretación.
Tras la crisis de 2008 y la pandemia, se reconoció la importancia de la intervención pública. Sin embargo, este consenso fue efímero y el discurso dominante regresó con la austeridad y la disciplina fiscal. Hoy, plantear una expansión del gasto público se tacha de irresponsable, incluso con el deterioro social.
El desplazamiento del marco convierte una discusión legítima en una quimera, no por falta de argumentos, sino porque el imaginario económico aceptable se ha estrechado
Algo similar ocurre con la reducción de la jornada laboral, antes debatida en foros sindicales y académicos, ahora se ve como una amenaza a la competitividad, a pesar de las posibilidades que ofrece la digitalización.
Este desplazamiento hacia la derecha ha sido impulsado por medios, *think tanks*, lobbies y políticos que han redefinido conceptos como “libertad” y “eficiencia” en términos de desregulación y privatización. A la vez, asocian “igualdad” y “redistribución” con gasto excesivo y rigidez.
La ventana no solo se mueve, sino que se inclina, favoreciendo sistemáticamente ciertas posiciones.
Limitación de la Imaginación Política
Este desplazamiento limita la imaginación política. Las fuerzas que podrían defender ciertas propuestas optan por la autocontención, moderando sus programas para no parecer “extremas”. Esta moderación refuerza la idea de que no hay alternativas, justificando nuevas renuncias.
La extrema derecha no necesita ganar elecciones para ganar la batalla cultural, le basta con definir los límites de lo posible.
La emergencia de la extrema derecha actúa como un ancla, desplazando el debate hacia un eje identitario y punitivo que desvía la atención de las causas estructurales de la desigualdad.
Partidos conservadores y socialdemócratas compiten por proponer medidas más duras contra los migrantes, incluso a países sin vínculos con ellos.
Este proceso no es irreversible. Los marcos hegemónicos pueden resquebrajarse cuando las contradicciones se acumulan y cuando se articulan relatos alternativos.
La clave está en proponer medidas “radicales” y reconstruir el marco desde el que se evalúan. Lo que hoy parece inviable puede volver a ser pensable si se cuestionan las premisas que lo hacen aparecer como tal.
Desplazar la ventana de Overton hacia los derechos humanos exige disputar el sentido común e implica recordar que muchas conquistas sociales fueron tachadas de utópicas. La moderación permanente en un contexto escorado no conduce al centro, sino a una derechización progresiva. En un terreno inclinado, avanzar hacia la igualdad no es radicalidad, sino un intento de recuperar el equilibrio democrático. Debemos afrontar de forma radical esta batalla cultural y política.













