
¿Y no vais a tener otro? El persistente juicio sobre las familias con un solo hijo
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La pregunta resuena en reuniones familiares, entre amigos, incluso en el parque: “¿Y no vais a tener otro?”. Nuria, de 39 años y madre de un niño de siete, enfrentó esta interrogante tras una decisión meditada de tener un solo hijo. “Siempre pensamos que queríamos una familia pequeña”, explica.
Este cuestionamiento, común en familias con un único hijo, refleja expectativas sociales sobre cómo “debería” ser una familia, más que una crítica directa a la elección individual.
Las estadísticas muestran una tendencia a la reducción del tamaño de las familias en España. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) en 2024, el número medio de hijos por mujer es de aproximadamente 1,1, una de las cifras más bajas de Europa. A nivel europeo, Eurostat confirma esta tendencia hacia familias más pequeñas. La decisión sobre el número de hijos está influenciada por factores sociales, económicos y culturales, además de las preferencias personales.
La persistente presión de la familia “ideal”
Históricamente, en España, la familia se ha asociado a estructuras más amplias, donde tener varios hijos era lo esperado. Esta idea, influenciada por factores culturales y religiosos, asociaba la familia numerosa a un ideal social. Aunque la realidad ha evolucionado, esta idea colectiva aún influye en cómo se interpretan ciertas decisiones familiares.
Pau Miret Gamundi, sociólogo y demógrafo del Centre d’Estudis Demogràfics (CERCA) de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), señala que persisten ideas culturales sobre el número de hijos, como la creencia de que los hijos únicos pueden crecer más mimados. “Sigue vigente la idea de que tener un solo hijo condena al descendiente a ser un malcriado y que este problema se solventa con la llegada de un segundo hijo”, afirma Miret.
Según Miret, este cuestionamiento se basa más en emociones y valores que en evidencia objetiva, influenciado por la herencia religiosa (“creced y multiplicaos”). Estos estereotipos contribuyen a una imagen social del hijo único que no siempre se ajusta a la realidad, pero que influye en la percepción de muchas familias. Esta creencia, carente de base científica, alimenta la idea de que una familia “responsable” es aquella con “la parejita”.
Esta creencia persiste y genera expectativas sobre las personas con un único hijo, incluso culpabilizándolas por cualquier dificultad del menor. La idea de cuántos hijos son “suficientes” ha evolucionado con el tiempo. A mediados del siglo XX, se consideraba que una familia debía tener al menos tres hijos, dando lugar al *baby boom*. Con el tiempo, la visión social ha cambiado. “La mirada a las familias con dos hijos se ha normalizado, aunque persisten los prejuicios contra las de hijo único”, concluye Miret.
Las dudas que surgen tras la decisión
Diana, de 42 años y madre de una niña de diez, pensó en tener más hijos, pero las circunstancias (trabajo, conciliación, edad) la llevaron a sentir que su familia estaba completa. A pesar de ello, las preguntas persisten, haciendo que se replantee su elección. Hoy, vive su decisión con más tranquilidad.
Daniel, de 45 años y padre de un niño de doce, explica que la decisión de tener un solo hijo se consolidó con el tiempo. “Nunca lo hablamos como una decisión cerrada, simplemente fuimos viendo que estábamos bien así”, expresa. Aunque han surgido opiniones, no las han sentido como una presión directa. “Creo que hay una percepción muy extendida de cómo debe ser una familia, pero cada uno se organiza como puede y como quiere”, señala, priorizando el equilibrio familiar y el tiempo compartido.
Más allá de los comentarios externos, la decisión puede generar dudas internas, especialmente cuando entra en conflicto con la idea de lo que se espera de una familia. Mireia Orgilés, catedrática de psicología y experta en salud mental infantil, aclara que tener un solo hijo se cuestiona por creencias arraigadas. “Durante décadas, el modelo ideal incluía varios hijos y todavía hoy se presiona a quienes no siguen ese patrón”, afirma. Esta presión puede generar inseguridad y dudas sobre una decisión personal.
Desde una perspectiva psicológica, el número de hermanos no es un factor determinante en el bienestar infantil. Orgilés subraya que la calidad de las relaciones familiares es lo más importante. “La estabilidad en casa y compartir tiempo de calidad influyen más en el bienestar que ser hijo único o tener hermanos”, subraya.
Los niños pueden desarrollar habilidades sociales en diversos contextos: colegio, amigos, barrio, familia extensa. “Los niños necesitan relaciones sociales significativas”, añade la experta. Cuando no hay hermanos, estos vínculos pueden desarrollarse en otros entornos.
A medida que los modelos familiares se diversifican, las decisiones sobre la maternidad o paternidad responden a trayectorias personales. Sin embargo, en el caso de las familias con un solo hijo, esta elección no siempre se percibe como completamente libre.













