MARTHA ARGERICH: LA DIOSA DEL PIANO QUE NO QUISO SER PIANISTA

MARTHA ARGERICH: LA DIOSA DEL PIANO QUE NO QUISO SER PIANISTA
Imagen de archivo: https://www.abc.es/

MARTHA ARGERICH: LA DIOSA DEL PIANO QUE NO QUISO SER PIANISTA

Foto: Archivo – Todos los derechos reservados

A sus 84 años, Martha Argerich sigue deslumbrando al público con su virtuosismo al piano. Su reciente actuación en el Auditorio Nacional, interpretando el primer concierto para piano de Beethoven, fue recibida con una ovación ensordecedora. La edad parece no importar cuando se trata de su música, una nitidez y transparencia que desafían la inteligencia artificial y a los jóvenes talentos.

Un encuentro casual con la música

Contrario a lo que podría pensarse, Argerich nunca aspiró a ser pianista; su vocación era la medicina. Sin embargo, el destino la llevó al piano a los cinco años, y sus manos sobre el instrumento revelaron una premonición.

Su padre notó que, aunque era una niña feliz, al empezar a tocar se volvía triste y preocupada.

Poco después, conoció a Daniel Barenboim, otro prodigio de la música. A los quince años, se mudó a Londres, Viena y Suiza para continuar sus estudios. Aunque ganó importantes premios, como el Busoni de Bolzano y el Concurso de Ginebra en 1957, lo que realmente la definió fue su independencia. Nunca quiso ser la “hija de”, la “mujer de” o la “compañera de”, sino simplemente Martha Argerich.

La música por encima de todo

Su enfoque en la música es absoluto.

No le importa lo que digan de ella, solo quiere seguir tocando. Es esa convicción la que la ha llevado a llenar salas de conciertos en todo el mundo y a tocar con las mejores orquestas. Su vida ha estado marcada por la música y la maternidad, dos fuerzas que la han atravesado.

La maternidad, aunque inesperada, no la alejó de su carrera, aunque es posible que su sentimiento de soledad la llevara a realizar pocos recitales como solista. En lugar de consolidar una carrera convencional, se despojó de todo lo accesorio para quedarse solo con la música.

Rechazo a la “carrera”

Argerich siempre ha rechazado la idea de una “carrera”.

Abandonó el recital en solitario durante décadas y prefirió la música compartida. Su fuerza indómita inicial se transformó en un lenguaje, un impulso que se adapta a la obra y al momento. Su trayectoria no se mide en hitos, sino en una forma de ser que rehúye las normas y responde a una necesidad interior.

Esa tristeza que su padre percibió en su infancia aún se puede ver en ella. “No soy feliz”, le confesó a su mánager en un documental.

“Sí lo eres cuando tocas”, le respondió. “Depende de lo que toco y de cómo”, replicó ella.

Intuición, riesgo y fragilidad

En su música, conviven la intuición y el riesgo, la fragilidad y el vértigo. Heredera de una tradición que remite a Rachmaninov o Horowitz, pero también ajena a cualquier genealogía, no necesita imponerse. “Siempre descubro cosas nuevas en la música.

Es como el amor”, ha dicho en varias ocasiones.

El miedo es una constante en su vida. A veces no quiere salir a tocar, y sus cancelaciones han sido noticia. Su relación con el piano no es la de una intérprete que domina un instrumento, sino la de alguien que se deja arrastrar por él. No busca la seguridad ni la perfección absoluta, sino que acepta la inestabilidad y toca como si cada frase pudiera quebrarse.

Cuando Argerich toca, el tiempo se dilata y surge una urgencia juvenil.

Hay una energía que la hizo célebre y una libertad que parece suspender el discurso, como si la música pudiera detenerse o desviarse en cualquier instante. A pesar de sus 84 años, sobre el escenario rejuvenece, demostrando que, aunque no quiso ser pianista, se ha convertido en una sanadora de almas a través de su música.