España, Argentina y la lógica de los supervivientes: 50 años del golpe

España, Argentina y la lógica de los supervivientes: 50 años del golpe
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España, Argentina y la lógica de los supervivientes: 50 años del golpe

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A 50 años del golpe de Estado en Argentina, la ultraderecha, tanto allí como aquí, exhibe su lógica del odio. La idea de que solo los del ‘bando equivocado’ tenían algo que temer es una falacia, pues cuando se vulneran los derechos y se restringen las libertades, nadie está a salvo.

Un profesor solicitó un texto periodístico improvisado sobre un tema de actualidad, sin apoyo de archivos ni documentación, por lo que debía ser algo de lo que se supiera lo mínimo indispensable para desarrollar algunos párrafos sólidos. La elección fue los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura argentina. No era difícil conocer el tema ni había dudas sobre el enfoque: tras una ley que puso fin a un proceso judicial ejemplar, la impunidad recorría las calles de Buenos Aires. Las mismas calles donde quienes habían sido desaparecidos y torturados podían cruzarse con sus captores.

El texto no fue entregado con el resto de las correcciones. El profesor, periodista de un diario centenario, llamó al despacho y, con una sonrisa condescendiente, preguntó si había alguna “razón personal” para haber elegido ese tema. Había una tensión en el aire que en ese momento desconcertó y hoy estremece. No reprendía, pero juzgaba, ubicando en el bando de quienes tenían interés en revivir un capítulo de la historia que se había cerrado en pos de la concordia.

La única razón para la elección fue una especie de terror heredado por las historias familiares y una curiosa certeza de no haber podido ser: el nombre del padre figuraba en la agenda del compañero *equivocado* de la facultad, y una tarde un grupo de tareas se presentó en casa de los abuelos. Desbarataron el interior sin encontrar nada –tampoco al padre– y se retiraron dejando desorden y miedo.

En casa comentaban que si lo hubieran detenido ese día, podría no haber vuelto, y por tanto nunca habría nacido. La madre contaba con horror el momento en que los militares pararon el autobús y revisaron a punta de pistola si su barriga de embarazada era real. O aquella mañana en que una desconocida tocó la puerta de la casa de la abuela y dejó allí a sus dos hijas pequeñas para huir, porque la perseguían. Siempre se preguntó qué habrá sido de aquella mujer, de aquellas niñas. Si la una estará viva y seguirá siendo madre, si las otras tendrán nombres que sean sus verdaderos nombres.

Al cumplirse 50 años del golpe de Estado en Argentina, se vuelven a escuchar argumentos similares a los que en España resuenan como una letanía, pero cada vez más fuerte: reparto de culpas, reabrir heridas, concordia, no todo era tan malo, al menos había seguridad y bienestar… La idea de que quien no estuviera en el ‘bando equivocado’ no tenía nada que temer es el mellizo *aggiornado* de ese ‘algo habrán hecho’ con el que muchos argentinos *de bien* justificaban los fogonazos que dejaba ver el terrorismo de Estado.

Cómo no ver, medio siglo después, el tamaño de la falacia: cuando se vulneran los derechos, cuando se restringen las libertades, todos pierden y nadie está a salvo.

Los huesos que faltan

Argentina es hoy un país que, derogadas aquellas leyes claudicantes, ha juzgado y condenado –sigue haciéndolo en procesos que continúan abiertos– a los asesinos, a los torturadores, a los violadores, a los colaboracionistas que se lucraron del horror. Y también un país gobernado por una ultraderecha que siembra el odio, que presume de negacionista de los crímenes de la dictadura, que entierra a ritmo de motosierra cualquier idea de justicia social y que se afana en recortar derechos.

Hace unos días se representaba en Madrid la obra teatral *Mi vida anterior*, que relata la compleja historia de una desaparecida que sobrevive. Viéndola, se pensó que este trabajo ha concedido el privilegio de hablar con algunos supervivientes, y ver de cerca el alivio y la culpa de no ser uno más de miles de cadáveres borrados. Con Víctor Basterra, el llamado fotógrafo de la ESMA, se recorrieron los rincones de ese centro de detención ilegal evocando los olores, los gritos, el dolor de los silencios definitivos.

La valentía de Basterra permitió documentar el destino de más de un centenar de personas, muchas de las cuales acabaron arrojadas al mar en los despiadados vuelos de la muerte. Este año, cuando se volvió a visitarlo, los empleados lamentaban la lenta degradación a la que condenan los recortes a un centro de memoria referente en el mundo.

“A pesar de los bastones y las sillas de ruedas, ‘las locas’ seguimos de pie”, dice Tati Almeida, una de las históricas Madres de Plaza de Mayo. Las Madres, las Abuelas, los Hijos, también sobrevivieron. Al dolor, a la ausencia. “Me faltan los huesos”, decía la hija de un desaparecido esta misma semana. Palabras que resuenan como un eco en las historias de las familias españolas que tienen a los suyos en las cunetas, en el osario gigantesco y desvencijado del Valle de los Caídos. “Mi anhelo era abrazar sus huesos”, decía en 2023 Fausto Canales, emocionado a sus 89 años cuando identificaron los restos de su padre, Valerico.

Argentina es una superviviente de su propia historia, igual que España. Y sobrevivir tiene un precio colectivo. Deja heridas permanentes que, sin embargo, con el tiempo parecen menos visibles, que pueden acabar resultando ajenas para quienes no escucharon memorias del horror en la sobremesa. O en la tele. O en la escuela.

De esa desmemoria se alimentan las extremas derechas, que a un lado y otro del Atlántico intentan imponer la lógica del odio. Borrar la huella de los muertos y la voluntad de los que no murieron.

La resistencia es no olvidar. No olvidar ni permitir que se olvide.

Este y todos los días. Nunca más.