Las cajas de fotos que sobrevivieron a la Guerra Civil: la mirada militante de dos mujeres en el frente de Aragón

Las cajas de fotos que sobrevivieron a la Guerra Civil: la mirada militante de dos mujeres en el frente de Aragón
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Las cajas de fotos que sobrevivieron a la Guerra Civil: la mirada militante de dos mujeres en el frente de Aragón

Foto: Archivo – Todos los derechos reservados

Hay historias que permanecen ocultas no bajo tierra, sino en el interior de cajas. Cajas selladas apresuradamente, trasladadas entre fronteras a toda velocidad, transportadas en camiones que huían del avance bélico y olvidadas durante décadas en depósitos silenciosos. Estas cajas contienen imágenes, pero también decisiones, trayectorias y una particular forma de observar el mundo. Al abrirlas, no solo se revelan fotografías, sino también vidas truncadas.

De ese viaje improbable y de su contenido nace ‘Las Cajas de Ámsterdam. Margaret Michaelis y Kati Horna en la Guerra Civil’, un libro de la historiadora Almudena Rubio que reconstruye el recorrido de un archivo fotográfico y la historia de dos mujeres que hicieron de la cámara una herramienta de compromiso.

Rubio va más allá de ordenar imágenes, busca restituir un sentido. Según ella, en el caso de estas fotógrafas, “vida y obra son inseparables, van de la mano, marcadas por su compromiso político con los anarquistas”. Esta afirmación es el eje central del libro, presentado en la Diputación Provincial de Huesca, ya que la autora no solo muestra lo que fotografiaron, sino también desde dónde lo hicieron. Este punto de partida se sitúa en una Europa que se desmoronaba antes de la Guerra Civil Española.

Paralelismos y matices en las trayectorias

Margaret Michaelis (1902-1985) y Kati Horna (1912-2000) nacieron en familias judías de clase media en Austria y Hungría, respectivamente. Crecieron en un ambiente donde la modernidad artística coexistía con la radicalización política. Sus trayectorias presentan paralelismos sorprendentes: “Son dos fotógrafas de raíz centroeuropea con trayectorias similares”, señala Rubio.

Ambas se formaron en fotografía, pasaron por Berlín a principios de los años treinta, se vincularon a círculos anarquistas y trabajaron para las oficinas de propaganda de la CNT durante la Guerra Civil Española. Sin embargo, sus caminos no fueron idénticos, y es en esos matices donde el libro encuentra su riqueza.

Michaelis se formó en Viena durante años, adquiriendo una sólida base técnica y una sensibilidad marcada por la vanguardia. Posteriormente, se trasladó a Berlín, donde abrió su propio estudio, y luego hizo lo mismo en Barcelona y en Australia, ya en el exilio. Rubio destaca su capacidad de “sobreponerse y empezar de nuevo” en contextos distintos, cambiando de idioma, entorno y clientela sin abandonar la fotografía. Esta experiencia vital se refleja en sus imágenes, encuadres arriesgados y búsqueda de ángulos poco convencionales.

Horna, por su parte, se formó en Budapest, en contacto con círculos obreros que concebían la fotografía como una herramienta crítica. Desde joven frecuentó ambientes donde la imagen se entendía como denuncia social, lo que influyó decisivamente en su obra. Su paso por Berlín intensificó su politización, y en París entró en contacto con las corrientes surrealistas, aunque posteriormente se distanció. Su lenguaje visual es más complejo y cargado de capas simbólicas que el de Michaelis, aunque igualmente comprometido.

Compromiso político en el frente de Aragón

Ambas fotógrafas coincidieron en España en momentos distintos, pero con una misma perspectiva. Michaelis llegó a Barcelona en 1933, huyendo del nazismo, y ya estaba establecida y conectada con los ambientes anarquistas cuando estalló la guerra. Horna, en cambio, aterrizó en enero de 1937, en plena contienda, sin conocer el idioma ni el entorno. Pese a estas diferencias, ninguna de las dos fue una observadora neutral. Según Rubio, “no son fotógrafas que llegan allí y van a tomar fotografías sin posicionarse, se posicionan”. Para ellas, la cámara era una herramienta política.

Su trabajo se desarrolló en el frente de Aragón y en la retaguardia oscense, en lugares como Albalate de Cinca, Banastás, Vicién, Igriés o Grañén. Sus imágenes no solo muestran la guerra en su dimensión más evidente, sino también sus márgenes: la vida cotidiana alterada, los espacios transformados y los cuerpos que resisten lejos del frente. El archivo estudiado por Rubio aporta una perspectiva diferente al imaginario visual de la Guerra Civil, más centrado en la épica del combate. Aquí hay menos heroísmo y más humanidad, menos grandilocuencia y más detalle.

Este conjunto de imágenes “completa y enriquece el legado fotográfico de la guerra conocido hasta ahora”, precisamente porque introduce una mirada que había permanecido dispersa. Frente a nombres canonizados como Robert Capa, Gerda Taro o David Seymour, las fotografías de Michaelis y Horna habían permanecido fragmentadas en distintos archivos, sin una lectura conjunta que las situara en su contexto político y geográfico. El hallazgo de las “Cajas de Ámsterdam” permite, por primera vez, reconstruir ese relato.

El viaje del archivo y su valor personal

El libro también sigue el rastro físico de las cajas, adoptando un tono casi narrativo, ya que el archivo tiene su propia historia, tan accidentada como la de sus creadoras. Rubio recuerda que al comenzar su trabajo todo eran preguntas: “¿Por qué está este archivo aquí?”. La respuesta implica atravesar Europa.

En enero de 1939, ante la inminente derrota republicana, el archivo de las oficinas de propaganda de la CNT-FAI fue empaquetado y evacuado de Barcelona. Las cajas viajaron hasta la frontera francesa en un camión conducido por el anarquista Simón Radowitzky, acompañado de mujeres y niños refugiados. Desde allí pasaron a París, luego a Inglaterra y finalmente a Ámsterdam, al Instituto Internacional de Historia Social. Este recorrido incierto y decisivo logró preservar el material.

Durante décadas, las cajas permanecieron cerradas, hasta después de la muerte de Franco. Cuando finalmente se organizaron en los años ochenta, el archivo reveló miles de negativos, placas de vidrio y fotografías. Sin embargo, la tarea de identificarlos, contextualizarlos y atribuirlos quedó pendiente. Es ahí donde entra el trabajo de Rubio, que durante más de diez años ha ido reconstruyendo piezas dispersas.

Al hacerlo, el libro también recupera la dimensión personal de estas dos mujeres, que fueron “mujeres con una clara voluntad de independencia, de autonomía”, algo poco habitual en los años treinta. Eligieron una profesión, se mantuvieron económicamente, se desplazaron por Europa y tomaron decisiones personales que desafiaban las normas sociales. “Vivieron sus vidas con pasión y con valentía”, una valentía que se manifiesta tanto en sus decisiones personales como en su trabajo en contextos de riesgo.

Rubio advierte que reducir estas imágenes a su valor formal implica despojarlas de su sentido histórico: “Ahogar esta lectura más histórica, más política de sus obras bajo la estética de sus fotografías es no ser justa con ellas”. No se trata de negar su calidad artística, sino de integrarla en una comprensión más amplia.

En ese cruce entre estética y política, el archivo de Ámsterdam adquiere un valor singular. No es solo un conjunto de imágenes, sino un testimonio colectivo en el que conviven distintos fotógrafos y distintas miradas. Junto a Michaelis y Horna aparecen nombres como Antoni Campañà, Badosa o Agustí Centelles, configurando un mosaico que amplía el relato visual de la guerra. Pero incluso en esa diversidad, el libro mantiene el foco en sus dos protagonistas, devolviéndoles una centralidad que había quedado diluida.