
UNA VIDA DIGNA
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Kant diferenciaba entre lo que tiene precio y lo que posee dignidad. Aquello que tiene precio puede ser reemplazado por algo equivalente. En cambio, la dignidad es inherente a lo que no tiene precio, a lo insustituible. Para la filosofía, el ser humano, sin importar su condición, posee esta cualidad de ser único: cada persona es un fin en sí mismo, nunca un simple medio.
Esta noción de dignidad, democrática e independiente de la clase social, el género, la nacionalidad, la religión o la raza, es inviolable, aunque constantemente violentada. Es irrenunciable, incluso si actuamos de manera indigna. Por eso, resulta tan complejo emitir una opinión simple y definitiva sobre la eutanasia de Noelia Castillo.
El espectáculo de la vida ajena
La falta de respeto al convertir la vida y la dignidad de otro en un espectáculo es evidente. Una sociedad madura, consciente de las complejidades de la existencia y la convivencia pacífica e igualitaria, debería ser más prudente antes de analizar la intimidad y el dolor ajenos para imponer sus propios valores morales. Difundir bulos, como la acusación de violación por menores no acompañados o el tráfico de órganos, es indecente y criminal. Esto daña a niños y niñas con vidas similares a la de Noelia, a quienes deberíamos proteger, y ataca un sistema de donación que ha sido motivo de orgullo.
¿Hemos fallado como sociedad?
Es legítimo cuestionarnos si hemos fallado como sociedad, si el sistema que debía acompañar y proteger a Noelia no cumplió su función al mitigar su sufrimiento. Sin embargo, no podemos imponer nuestra decisión sobre la suya, amparándonos en su juventud o en que su padecimiento no es mortal. Nuestra buena voluntad o nuestra hipocresía se pondrá a prueba cuando debamos proteger a alguien que busca una vida digna y no encuentra cómo lograrlo sin ayuda.
Desafortunadamente, siempre habrá seres humanos sufriendo, demostrando que no cumplimos con nuestras expectativas morales.
La firme decisión de Noelia
Durante dos años, Noelia demostró ante los tribunales que su decisión era firme, consistente e inamovible. La ley de Eutanasia, aprobada en 2021, es garantista y exige dos solicitudes formales separadas por al menos 15 días, un doble proceso deliberativo con el médico acompañante, un informe de un médico independiente y un informe favorable de la Comisión de Garantía y Evaluación. No todas las solicitudes son aprobadas. Se valora que la enfermedad cause sufrimientos físicos o psíquicos constantes e insoportables sin posibilidad de alivio y que la persona que los padece no tenga mermada su capacidad de decisión. Todo esto fue acreditado en varios tribunales, que deberán establecer jurisprudencia para evitar la intromisión de terceros en el ejercicio de nuestros derechos personalísimos.
El debate se centra en el derecho personal e irrenunciable a decidir sobre la propia vida.
Libertad de decisión en un contexto complejo
Las decisiones no se toman en el vacío. Saber que, en otras circunstancias, habríamos elegido un camino diferente no invalida el libre albedrío ni nuestra libertad de decisión. Como sociedad, podemos trabajar para mejorar el contexto, pero no para imponer nuestras decisiones personales. Noelia ya está fuera de nuestro alcance. El lunes se hablará de otras vidas igualmente dignas y de otras muertes, la mayoría no deseadas ni buscadas con la determinación que tuvo Noelia, y se hará con la misma falta de respeto y ligereza.
Un rato de televisión, un misil que asesina a otra familia como en un videojuego y un post en redes sociales para olvidar que cada muerte constituye una pérdida y un dolor sin sentido y que nuestro compromiso es con los vivos.













