
Queremos resolver lo irresoluble: Dilemas morales y la eutanasia de Noelia
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Nos enfrentamos a dilemas morales cotidianos sin solución, anhelando la perfección y la bondad, un ideal inalcanzable que nos condena al fracaso y, a veces, a la autolesión. ¿Quién no se ha visto entre la espada y la pared, obligado a traicionar a un amigo para ser leal a otro? ¿Quién no ha tenido que sopesar cada acción, consciente de que, haga lo que haga, causará dolor a alguien?
La ilusión de la perfección y la eutanasia
La idea de la perfección es infantil, un temor al castigo por obrar mal. La adultez, en cambio, implica aceptar que a veces obrar bien significa obrar mal, sin pureza posible. La pureza, como sueño, es una expresión de insatisfacción.
Esta idea general se aplica a la vida de cada uno: queremos resolver lo irresoluble, solucionar lo que no tiene remedio, arreglarlo todo más allá de nuestras capacidades. Esta semana, reflexioné sobre esto al considerar mis propios dilemas morales cotidianos y al leer, escuchar y atender las opiniones sobre el caso de Noelia y su decisión de recurrir a la eutanasia.
Un fracaso social y personal
Me duele que alguien prefiera quitarse la vida a perseverar, porque considero que la vida, incluso en el dolor, es hermosa y valiosa. Respeto profundamente el derecho a la eutanasia y la muerte digna, y no cuestionaría la voluntad de Noelia ni de otros en su situación. Una eutanasia puede ser, a la vez, un fracaso social, una tragedia y la única forma de dar dignidad y autonomía en la muerte y la enfermedad.
Es un fracaso social porque la soledad es un problema social, porque las familias miserables y maltratadoras no son islas aisladas, porque las instituciones podrían hacer más y la ayuda es insuficiente, y porque somos más egoístas y crueles de lo que nos gustaría admitir. También es un fracaso porque nuestros sistemas morales fallan ante situaciones así.
Contradicciones ideológicas y la irreductibilidad humana
Es comprensible que la derecha española no pueda reconciliar su liberalismo, que convierte a las personas en mercancías, con la herencia moral judeocristiana. Es igualmente comprensible que la izquierda dude entre hablar de la estructura social o adherirse a la herencia liberal que prioriza la autonomía individual.
Sostenemos ideologías y valores contradictorios, complejos y mutables, como cuando la vida nos obliga a elegir entre opciones igualmente malas. A la ilusión de ser perfectos se suma la de ser coherentes, buscando la “mejor” acción posible. La inexistencia de esa mejor acción, y la infinidad de efectos que cada paso puede provocar, demuestran la irreductibilidad de lo humano, su imposibilidad de ser reemplazado por lo maquinal, incluso en la era de la inteligencia artificial.
Renunciar a resolver lo irresoluble
La muerte elegida de Noelia ha expuesto el conflicto entre su derecho y una forma particular de compasión social. Y es bueno que así sea.
Frente a las voces que no querrían vivir con ello, creo que una sociedad madura, como una persona adulta, debe renunciar a resolver lo irresoluble. Asumir que no todo tiene solución, que no hay un *deus ex machina* ni un final de cuento de hadas; aceptar que no hay opción buena y que en la vida se lidia con las cartas que tocan. Escoger es fracasar: quizás el problema de fondo es que asociamos el fracaso con la tragedia. Quizás la solución sea acostumbrarnos a que vivir es fracasar, que sin fracaso no hay vida, y que la vida puede ser la valiosa y hermosa historia de todo aquello en lo que hemos fracasado.













