No es necesario opinar de todo

No es necesario opinar de todo
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No es necesario opinar de todo

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Vivimos en una era donde opinar se ha convertido en una forma de identidad pública. Pareciera que, para existir, debemos exhibir nuestras opiniones, incluso si desconocemos el tema en cuestión.

La dictadura de la opinión

En la actualidad, nuestras opiniones parecen definirnos más que nuestras propias acciones. Como dijo Descartes, “opinamos, luego existimos”. Sin embargo, esta necesidad de opinar sobre todo nos lleva a expresar puntos de vista sobre temas que desconocemos, disfrazando nuestra ignorancia.

Las redes sociales y el exceso de tertulias mediáticas contribuyen a este fenómeno. Consumimos información rápidamente, como pipas en un parque, sin la reflexión necesaria.

Mientras que en el periodismo tradicional se espera que los hechos sean sagrados y la opinión libre, en Internet ocurre lo contrario: los hechos son maleables, pero la opinión se convierte en dogma.

Opiniones prefabricadas

El escritor Luis Landero señaló en una entrevista que “la gente no necesita pensar porque ya se lo dan pensado. Hacemos, como en un supermercado, la compra diaria de opiniones”. Según Landero, consumimos ideas y criterios prefabricados, sin dedicar tiempo a elaborar nuestros propios pensamientos.

Esta idea plantea una interrogante crucial: ¿hasta qué punto nuestras opiniones son realmente nuestras? ¿En qué momento dejamos de distinguir entre lo que pensamos y lo que nos han sugerido que deberíamos pensar?

El valor de la incertidumbre

En la actualidad, nos cuesta permanecer como simples espectadores ante un tema, tolerando la incomodidad de no saber qué pensar. Sin embargo, es válido no saberlo todo, no tener una opinión siempre, y aceptar que nuestras opiniones no siempre importan o aportan valor.

A pesar de lo anterior, es importante señalar la hipocresía que supone expresar esta idea desde una columna de opinión.