Antonio Agredano y su miedo a las cucarachas: "De psicóloga, sofá, abrazar un cojín y terapia larga"

Antonio Agredano y su miedo a las cucarachas: "De psicóloga, sofá, abrazar un cojín y terapia larga"
Imagen de archivo: https://www.cope.es/

Antonio Agredano y su miedo a las cucarachas: "De psicóloga, sofá, abrazar un cojín y terapia larga"

Una rata que se coló a través del wc, un murciélago en casa o un mono en un hospital… nuestros Fósforos nos cuentan qué animal se les coló y Antonio Agredano le pone voz y letra.

Tengo miedo a las cucarachas. Un miedo de psicóloga, sofá, abrazar un cojín y terapia larga. Se me acelera el corazón.

Cuando empieza el buen tiempo, antes que en la playa y los chiringuitos, pienso en ellas. Ya mismo están por aquí, las hijas de su madre. Silenciosas y horribles, buscando acomodo en mi baño, haciendo incursiones repugnantes a mi cocina.

Tengo ya la casa llena de trampas. Como un campo de minas que anticipa el conflicto.

Una vez tuve una novia que las mataba sin preocupación ninguna. Que era capaz de sacar botes y platos y perseguirlas en sus escondites improvisados y luego de machacarlas las recogía con un papel y listo. Yo la abrazaba como una princesa a su caballero tras derrotar al dragón.

Pero ella pasó. Y pasaron los pisos y las ciudades.

Pero mi terror se mantuvo impasible. Y ni los años, ni las responsabilidades, me lo han aliviado ni siquiera un poco. Ya no busco ni culpables. Durante un tiempo acusé a mi madre, con la que comparto terror por las malditas curianas.

Pero todo hombre debe hacerse ya responsable de sus propias miserias.

Todo hombre debe aprender a convivir con su pequeñez, con su inconsistencia, con sus temblores. Algunas noches de verano oigo ruidos y doy un respingo. Enciendo la luz. Busco mis zapatillas.

Tengo un bote de flifli siempre a mano. Veo sombras en las paredes, bajo la mesa, detrás de las estanterías. Es imposible librarse de esa amenaza marrón, con antenitas, no más grande que mi dedo pulgar.

Cuando yo me vaya, ellas seguirán aquí, persistentes y oscuras, buscándose la vida detrás del bidé. Si estoy con mis hijos, disimulo.

Para que al menos ellos no hereden este sudor helado, para que las aplasten sin piedad ni duda. Uno no elige sus cobardías, igual que no elige sus valentías. Quizá la vida sólo sea temblar sin que se nos note. O matar cucarachas, llenos de pavor, pero con fingida entereza.

Quizá la madurez no es tener más coraje, sino disimular mejor nuestras debilidades y nuestros miedos