
NUEVO TITULO: Joaquín de Gispert, el impulsor del Gran Teatro del Liceo rescatado del olvido
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Con solo diez años, Joaquín de Gispert empuñó su espada por primera vez para defender Gerona de las tropas napoleónicas durante un asedio que se prolongó durante siete meses y dejó más de 25.000 muertos en ambos bandos. Aquella sería la primera derrota en la vida de un militar y empresario marcado por la resiliencia y el espíritu emprendedor, que años más tarde se convertiría en el gran impulsor de la construcción del Gran Teatro del Liceo.
Su figura, hasta ahora, había permanecido en un segundo plano dentro de la agitada Barcelona del siglo XIX. Sergi Doria lo rescata del olvido en su libro ‘Joaquín de Gispert y el Liceo. Una historia barcelonesa’ (Círculo del Liceo 1847).
El nacimiento del Liceo: de la revuelta popular a símbolo burgués
El origen del Liceo es una historia digna de una película.
Todo comenzó con una revuelta popular tras una mala faena en la plaza de toros El Torín, que provocó que una multitud enfurecida recorriera las ramblas barcelonesas destruyendo los centros religiosos a su paso. El convento de los Trinitarios Descalzos, ubicado en el mismo lugar donde hoy se levanta el Gran Teatro del Liceo, fue uno de los más afectados.
Diez años después, gracias a las desamortizaciones de Mendizábal, la sociedad civil pudo adquirir los terrenos y levantar el coliseo, impulsado principalmente por Joaquín de Gispert. Según Doria, es irónico que aquella derrota ayudara a construir este templo de la ópera.
Doria ha seguido la pista de Gispert a través de escritos inéditos del propio militar y empresario, cedidos por sus herederos. En ellos se revela a un hombre inquieto, ingenioso y capaz de transformar sus derrotas en oportunidades.
Un liberal moderado que se veía obligado a exiliarse cuando gobernaban sus oponentes políticos.
De Gispert compró el solar del convento y colocó la primera piedra del teatro en 1845. Dos años después, la obra fue finalizada a un costo de 365.552 duros de la época, de los cuales Gispert aportó 80.552 de su propio bolsillo.
Los primeros 15 años de la institución fueron turbulentos, marcados por enfrentamientos internos entre los socios de la junta constructora y los propietarios de palcos y lunetas, así como por la difícil tarea de los primeros directores artísticos y la competencia con el Teatro Principal.
La rivalidad con el Teatro Principal
Barcelona, una ciudad amurallada de menos de 200.000 habitantes, no necesitaba dos teatros de ópera. El Teatro de la Santa Cruz, fundado en 1603 y financiado con dinero público y de la iglesia, se enfrentó a la irrupción del Liceo, un coliseo burgués y privado. El Teatro de la Santa Cruz pasó a llamarse Teatro Principal, posicionándose como un centro más centrado en las clases populares, mientras que el Liceo se convirtió en el teatro de la burguesía.
El Liceo favoreció el gusto wagneriano y más elitista, mientras que el Principal optó por la opereta y la lírica italiana con precios más bajos.
Así comenzaron los enfrentamientos entre liceístas y cruzados.
El Círculo del Liceo y el legado de Gispert
En 1861, el primer gran incendio del Liceo destruyó parte de su estructura. A pesar de su avanzada edad, De Gispert se involucró en la reconstrucción, que se llevó a cabo en tiempo récord. Un año después, el escritor Hans Christian Andersen visitó Barcelona y quedó maravillado con los interiores del Liceo.
En el otoño de 1847, De Gispert fundó el Círculo del Liceo, un club social donde los socios del coliseo lírico se reunían antes de las representaciones. La institución, que celebró su 175 aniversario en 2022, impulsó la redacción de esta biografía.
El Círculo nació como respuesta a las peticiones de los socios del Liceo, que buscaban un espacio para socializar más allá de las representaciones. No fue hasta 1890 que se transformó en la joya modernista que conocemos hoy en día, y que milagrosamente se salvó del incendio de 1994. La entrada de mujeres no fue aceptada hasta 2001, después de que Montserrat Caballé solicitara una plaza.













