TRENES EN LA MIRA: EL ODIO CARLISTA AL FERROCARRIL EN EL SIGLO XIX

TRENES EN LA MIRA: EL ODIO CARLISTA AL FERROCARRIL EN EL SIGLO XIX
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TRENES EN LA MIRA: EL ODIO CARLISTA AL FERROCARRIL EN EL SIGLO XIX

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Durante décadas, los trenes representaron un símbolo de progreso, uniendo territorios y fomentando el crecimiento económico. Sin embargo, la llegada del ferrocarril no fue universalmente celebrada. Para algunos, como los carlistas en España, el tren era una amenaza a su visión del mundo.

El Ferrocarril como Instrumento de Guerra Liberal

Los carlistas, defensores de la tradición y opuestos al liberalismo, veían en el ferrocarril un instrumento al servicio de sus enemigos. Su aversión llegó al extremo de ordenar la destrucción de las líneas ferroviarias y considerar enemigos a quienes trabajaban en ellas.

En diciembre de 1874, el general carlista Antonio Lizárraga emitió un bando en Lucena (Córdoba) ordenando la paralización del servicio ferroviario desde Madrid a Valencia, Alicante, Zaragoza y Cartagena.

La orden era tajante: los empleados ferroviarios encontrados cerca de las vías serían fusilados, y los trenes de mercancías serían incendiados. Los trenes de pasajeros también serían destruidos tras evacuar a sus ocupantes.

La crueldad de Lizárraga equiparaba la vida de los ferroviarios con la de los trenes, buscando borrar todo rastro de ambos. Esta pasión destructiva superaba incluso el afán de los sioux por acabar con las vías férreas, demostrando la profunda hostilidad de los carlistas hacia esta nueva tecnología.

La Respuesta Liberal y la Destrucción de Estaciones

El decreto de Lizárraga fue una reacción a medidas similares tomadas por el bando liberal, liderado por el general Francisco Serrano, quien también había establecido la pena de muerte para quienes dañaran la infraestructura ferroviaria.

Tras la derrota carlista, el tren se convirtió en una herramienta clave para la vertebración del territorio durante la Restauración. Sin embargo, el odio carlista persistió, manifestándose en la destrucción de estaciones.

Se destaca el accionar de la partida del Cura Santa Cruz, que quemó la estación de Irurzun, devastó la de Beasain y cortó la vía entre Vitoria y Bilbao.

Unamuno, en su obra ‘Paz en la guerra’, describe la euforia de los carlistas al destrozar los ferrocarriles, considerándolos una invención de Lucifer y un signo de la decadencia de la civilización.

El odio carlista al ferrocarril fue una manifestación extrema de la resistencia a la modernidad y un reflejo de la profunda división que marcaba la España del siglo XIX.