
El desengaño y la abstención en tiempos de cambio
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Antiguamente, la abstención se consideraba un acto revolucionario. Sin embargo, en la actualidad, en un contexto de creciente auge de las derechas a nivel mundial, abstenerse representa un suicidio político.
Dos formas de afrontar el desengaño
Existen dos maneras distintas de lidiar con el desengaño, el disgusto o la contrariedad: el fatalismo y la autoexclusión. El desengaño puede llevar al desánimo y, en última instancia, al aislamiento. En el ámbito político, se manifiesta en la abstención ante la falta de soluciones imaginativas.
Hubo un tiempo en que no participar era una actitud revolucionaria. Hoy, es un suicidio político en el contexto de la mayor revolución conocida de las derechas a escala mundial. Una revolución que abarca con mucha inteligencia el territorio de lo simbólico, bien anclado en los medios de comunicación, una parte muy activa de la mencionada revolución.
La instrumentalización de lo simbólico
Un ejemplo claro es la Semana Santa, especialmente en Andalucía, que ha sido utilizada como un plató televisivo para promover la figura de Moreno Bonilla, algo que no se veía desde la irrupción de Queipo de Llano en las cofradías sevillanas.
En este contexto, la desactivación del voto progresista no puede ser un triunfo del desengaño ni de la derrota ante la batalla cultural de la reacción. La militancia en redes sociales o las expresiones mediáticas más burdas de la mediocridad no pueden acabar con la política real, con la batalla de la clase trabajadora demócrata contra un oso que sí existe.
Entre tirarse por el acantilado y jugar a la pelota hay resquicios y solo el voto responsable los llena. Abstenerse no es una opción, por mucho desengaño y actitudes miserables que se produzcan. Siempre hay una urna para un demócrata, para un progresista.













